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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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Subió la escalera de servicio que conducía hasta la cuarta planta y desembocaba en el almacén. La entrega de la tarde acababa de efectuarse, y los empleados andaban atareados abriendo las cajas y comprobando el contenido.

– ¡Eh, Mamoru! -Sato, un compañero suyo, también empleado a media jornada, lo saludó mientras abría una de las cajas con un cúter enorme. Llevaba unos cuantos años trabajando en Laurel y fue él quien enseñó a Mamoru todos los trucos del oficio. Y es que Mamoru se ocupaba de tareas muy variopintas: procesar los albaranes, gestionar los envíos, existencias, entregas y devoluciones. Manipular la mercancía requería una gran fuerza física, de ahí que, de los veinticinco empleados que trabajaban en esa sección, veinte fueran jóvenes y no superasen los treinta años. El resto del equipo lo completaban cuatro mujeres asignadas a las cajas registradoras y el decano de la plantilla, un guarda de seguridad cincuentón que siempre iba vestido de civil.

– Takano dijo que fueras a verlo en cuanto llegases. -Sato entregó su mensaje mientras clasificaba, con suma destreza, los contenidos de las cajas. Desafiando las reglas de la empresa, se había remangado la camisa y alardeaba de unos brazos de un oscuro color tostado. En cuanto Sato lograba ahorrar el dinero suficiente, se marchaba de viaje equipado únicamente con su saco de dormir y mochila, y no regresaba hasta que se quedaba sin blanca.

Hacía un mes que había vuelto de su último viaje. Cuando Mamoru le preguntó dónde había estado esta vez, el chico contestó sin entrar en muchos detalles: «En el desierto de Gobi». Durante sus peculiares escapadas, el resto de empleados especulaba sobre su destino, y les gustaba decir que la superficie de la luna era el único lugar que podían descartar con seguridad. Al menos, de momento.

– ¿Y dónde está Takano?

– Pues supongo que en la oficina. Estará preparándose para la reunión mensual. -Sato señaló con la barbilla una puerta escondida al fondo.

Hajime Takano era el jefe de la Sección de Libros, uno entre tantos otros eslabones de una larga cadena. Solo tenía treinta años. Laurel tenía muy en cuenta las habilidades de sus empleados a jornada completa para promocionarlos y, de hecho, no pocos encargados habían acabado los estudios hacía tan solo unos años.

Otro dato interesante sobre la empresa era que, en contraposición a lo que dictaba la norma en Japón, los empleados no se dirigían los unos a los otros con la deferencia que correspondía al lugar que cada uno ocupaba en la jerarquía. El rango del empleado no determinaba el trato que recibía o daba a los demás. Las funciones de cada trabajador quedaban bien detalladas, y la empresa sometía a la plantilla a frecuentes rotaciones, de modo que los rangos cambiaban a menudo. La compañía tachaba de irrelevante, de pérdida de tiempo y energía que los empleados se esforzaran en asimilar las reglas de subordinación entre compañeros. Del mismo modo, la dirección se dio cuenta de que, desde el punto de vista de los negocios, incluso favorecía las relaciones tanto con los clientes como con los proveedores. Ni siquiera se estipulaba el título del puesto en las tarjetas de identificación. La administración de Laurel priorizaba la supervivencia en la encarnizada competición que se libraba en los grandes almacenes, y cualquier cosa que se alejara de este objetivo quedaba eliminada por considerarse un desperdicio de recursos.

Era cierto que ese sistema les quitaba un peso de encima a los empleados. Mamoru llamó a la puerta de la oficina sin necesidad de adoptar ninguna postura de inferioridad o código formal alguno. Takano tenía las manos llenas a rebosar de los informes de ventas que acababa de imprimir, pero su rostro adoptó un semblante inquieto en cuanto Mamoru se presentó ante él.

– Hola. Me he enterado del accidente. ¿Estás bien? ¿Tienes noticias de tu tío? -Mamoru estuvo a punto de entrar en pánico al contemplar la idea de que, como a Maki le había sucedido, su superior lo sometiera a un duro interrogatorio. Takano prosiguió-: Si hay algo que pueda hacer por ti, dímelo. No dudes en pedirte algún día libre.

Una sensación de alivio lo invadió de inmediato, aunque matizado por una pizca de culpa: llevaba trabajando allí seis meses, el tiempo suficiente para saber que Takano se preocupaba por sus empleados.

– En estos momentos, no podemos hacer gran cosa. Un asesor jurídico está llevando el caso, pero gracias por preguntar. -Mamoru se sentó en un taburete y puso a Takano al tanto de lo sucedido.

– Entonces ¿existen dos versiones de la misma historia? -Takano se recostó en la silla, miró al techo y colocó las manos detrás de la cabeza-. ¿No hay modo de averiguar de qué color estaba el semáforo o que hizo aquella mujer?

– Bueno, nosotros creemos a mi tío. No es que le sirva de mucho, pero en fin…

– Y que los médicos del servicio de urgencias oyeran las palabras que pronunció Yoko Sugano antes de morir tampoco jugará a su favor.

– ¿Te refieres a «Es horrible, horrible. ¿Cómo ha podido?»

Takano descruzó las piernas y se incorporó.

– Sí. No me gustaría estar en el pellejo del policía que llegó a la escena. Supongo que tendría que devanarme los sesos para buscar el significado de esas palabras.

– Más bien no tendrías motivos para poner en tela de juicio las últimas palabras de una moribunda.

– Hum. -Takano alzó la barbilla. Era un gesto recurrente cuando le daba vueltas a la cabeza-. Sí, es muy probable que al escucharlas, las interpretara de la forma que a priori parece más lógica.

– ¿Qué quieres decir?

– Pues eso, que lo más fácil es pensar que aquella chica culpaba a tu tío, pero puede que se refiriera a otra persona.

– Pero estaba sola cuando sucedió todo.

– Eso no lo sabes. Quizás tuvo una pelea con su novio e iba de camino a casa. Puede que algún viejo verde la acosara. En un barrio tan desértico y oscuro como ese, puede pasar cualquier cosa. Y está claro que algo sucedió… Algo que la empujó a atravesar corriendo la intersección con el resultado que conocemos. De ahí que, a punto de fallecer, gimiera: «Es horrible, ¿cómo ha podido?». Tiene sentido ¿no crees?

– Y es de suponer que quienquiera que fuera tras ella huiría al ver el atropello.

– Correcto. Me pregunto si la policía está investigando las circunstancias en las que se encontraba la víctima antes de que pasara todo esto.

– No he oído nada al respecto. -Mamoru sintió un rayo de esperanza ante esa nueva posibilidad. Entonces, recordó la llamada que recibió la noche anterior-. ¿Sabes? He recibido una llamada extraña de un tipo. -Le contó a Takano que dicho desconocido le dio las gracias por haber quitado de en medio a Yoko Sugano que, según decía, «se lo estaba buscando».

– ¿Le has comentado eso al abogado? -Takano frunció sus pobladas cejas.

– Bueno, la verdad es que, hasta ahora, no le he dado mayor importancia.

– Pues tienes que decírselo. Huele mal hasta para tratarse de una broma pesada.

– Pero no sé si merece la pena…

– ¿Y por qué no?

– Hay mucha gente por ahí que disfruta haciendo cosas parecidas cuando ocurre una desgracia. Es más de lo mismo, como cuando mi padre desapareció. Llamadas, cartas, todo calumnias. En algunas de esas cartas anónimas, se atrevieron a insinuar que mi padre residía en otro lugar, e incluso adjuntaban lo que resultaron ser direcciones falsas. Y por si fuera poco, la gente empezó a decir que mi padre no había cometido el delito solo, sino que fue otra persona quien concibió y llevó a cabo el plan. Otra mentira más.

Mamoru se encogió de hombros como para quitar hierro al asunto. Le costaba muchísimo hablar de su padre.

– Por esa razón no quiero tomarme demasiado en serio esa llamada.

– Entiendo.

– Aunque, sí. Es posible que hubiese otra persona presente en el lugar de los hechos. Quizás valga la pena comentárselo al abogado.

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