El susurro del diablo
- Автор: Миябэ Миюки
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
– ¿Maki?
– ¿Qué?
– Lo digo en serio. Las dos tenéis razón.
– ¿Qué quieres decir?
– Tú crees al tío Taizo y no quieres que tu madre se rinda hasta que resuelvan el caso. Y no me negarás que te preocupa que cuente con antecedentes penales.
– Entonces, ¿tú también piensas eso de mí? -Maki lo fulminó con la mirada.
Mamoru se negaba a dar marcha atrás.
– Escúchame, prima, tus padres te necesitan. Has de apoyarlos a los dos por igual. Tu madre está destrozada, le aflige el hecho de que nadie apueste por la inocencia del tío Taizo. Sabes que tiene que hervirle la sangre cuando la policía dice que no soltará a tu padre hasta que aparezcan pruebas exculpatorias.
Entrelazó los dedos y tiró de ambas manos en direcciones opuestas. Se figuraba que aquella debía de ser la sensación que uno experimentaba cuando, en su fuero interno, se debate entre dos emociones antagónicas, dos sentimientos diametralmente opuestos, pero frutos de un mismo corazón. Estaba seguro de que eso fue lo que su madre sintió. Jamás tocó los papeles del divorcio y jamás dijo una mala palabra de su marido del cual, incluso, mantuvo el apellido. Pero Mamoru sabía que, en el fondo, se sintió traicionada.
Maki se puso en pie y sacó una pequeña mochila de su armario. Empezó a meter ropa.
– ¿Te vas?
– Me quedaré en casa de una amiga -dijo, y entonces lanzó una sonrisa que apenas logró el efecto tranquilizador esperado-. Pero volveré.
– ¿Vas a casa de Maekawa?
– No, él vive con sus padres. Las cosas nunca salen como las describen en las novelas románticas. Y… -Maki se mordió la lengua. Mamoru esperó a que prosiguiera pero ella no terminó la frase.
El chico la acompañó hasta la calle y se aseguró de que se montaba en el taxi. Cuando regresó adentro, se sorprendió al encontrar a su tía Yoriko en el salón, fumando un cigarrillo.
– No es la primera vez que hace algo así -dijo con los ojos enrojecidos-. No te preocupes.
Mamoru decidió salir a correr. Cada noche, el mismo rituaclass="underline" una carrera de dos kilómetros. Se atavió con un chándal y cuando bajó la escalera, reparó en que su tía había apagado las luces de la habitación. Sin embargo, al pasar junto a su puerta, oyó un hondo suspiro.
«Me recuerda mucho a mamá», pensó.
Era tarde. Apagó el motor y las luces, y se quedó sentado en el interior del vehículo, mirando por la ventanilla.
Se había detenido junto a la orilla del canal, a los pies del puente. Las farolas arrojaban la más tenue de las luces sobre su coche de color plata.
Esperó.
Sabía que el chico pasaba por allí cada noche y quería verlo. Encendió un cigarrillo y abrió unos centímetros la ventanilla para dejar entrar algo de aire. Se coló una suave fragancia traída por la brisa y el agua.
La ciudad dormía bajo un manto de estrellas.
Se quedó un buen momento absorto en los astros, como si contemplara el firmamento por primera vez. Hacía mucho que se había olvidado de las estrellas.
El agua estancada. Las casas bajas. La maleza y esos hogares anticuados, cubiertos de argamasa, contrastaban con los edificios de estilo occidental. En una de esas casas que quedaba al otro lado de la carretera, alguien se había olvidado de retirar la colada. Divisó una camisa blanca y unos pantalones de niño en la oscuridad.
El chico apareció por fin, unos cuatro cigarrillos más tarde. Dobló la esquina a trote lento, emergiendo en el espejo retrovisor del conductor. Este se apresuró a apagar el cigarrillo y a hundirse en el asiento.
Era más bajito de lo que pensaba. Consideró que todavía no habría dado el estirón. Con aquel chándal de color azul claro parecía un chico limpio, saludable y totalmente indefenso.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Avanzaba a un ritmo constante. No parecía cansado. Se había subido las mangas hasta los codos y sus brazos acompañaban el movimiento de sus piernas.
Se convertiría en un buen atleta. Durante un instante, el hombre se sintió orgulloso. El chico se acercaba. Seguía con la cabeza al frente; no se había percatado de la mirada acechante que lo observaba desde dentro del coche. Tras adelantarlo unos pasos, se detuvo; sus hombros subían y caían. Su silueta llenó el espacio que abarcaba el parabrisas.
Instintivamente, el hombre intentó agacharse aún más, pero no tenía libertad de movimiento. Se tranquilizó al conjeturar que, de todas formas, el chico no podría verle la cara. Estaba bajo la luz que arrojaba la farola y era imposible que pudiera distinguir a alguien agazapado en la oscuridad por más que ese coche desconocido aparcado en la calle hubiese levantado sus sospechas.
El hombre no podía moverse. Tampoco apartar los ojos del chico que, sin darse cuenta, lo atravesaba con la mirada.
El corredor ladeó la cabeza como si algún ruido hubiese captado su atención. Tenía unos rasgos finos, era atractivo y probablemente se convertiría en un hombre apuesto. Se parecía a su madre, pensó la figura al acecho. «A no ser por la firme expresión de su boca que denota un carácter fuerte», matizó en su mente.
Durante ese breve instante, el hombre tuvo que bregar contra el abrumador impulso de abrir la puerta, salir a luz de la farola y dirigirse al joven. Poco importaba lo que le contestara, solo quería oír su voz, escuchar lo que fuera que le dijera, ver cómo cambiaba su semblante. Pero no poseía el valor de hacer algo parecido.
El chico se enderezó, dio media vuelta y retomó la carrera. Cuanto más se alejaba, más blanquecino se veía su conjunto azul. Después, dobló una esquina y desapareció de su vista.
El hombre aflojó su puño húmedo y se quedó un momento paralizado, sin apartar la vista de la esquina.
«¡Soy yo! ¡Soy yo!». Las palabras resonaban sin descanso en su cabeza. Una y otra vez, como martillazos. «¡Soy yo!».
El hombre recapacitó. Tuvo la precaución de no moverse hasta estar seguro de que había superado la tentación de echar a correr tras el chico y gritarle esas mismas palabras. Aspiró una profunda bocanada de aire y se inclinó hacia adelante, buscando algo en el bolsillo interior de la chaqueta.
Se trataba de un diminuto objeto que resplandecía en el hueco de su mano.
Un anillo. Lo había guardado junto con el álbum de fotografías en el que aparecía el chico y su madre. Era el anillo de boda de Toshio Kusaka. Las iniciales quedaban grabadas en el interior y aún eran legibles. Ahora lo llevaba consigo y lo mantenía lo más cerca posible del corazón. Guardó el anillo en el bolsillo, giró la llave y arrancó el coche.
«Te compensaré», se dijo a sí mismo. «Por fin ha llegado mi momento. Mamoru, pronto volveré a verte.»
Capítulo 2
Sospecha
El día siguiente era sábado, y Mamoru solo tenía clases por la mañana. En cuanto hubo acabado, se dirigió hacia Laurel, unos grandes almacenes que quedaban a solo dos paradas de metro. Trabajaba cada sábado por la tarde y cada domingo en la Sección de Libros, ubicada en la cuarta planta del edificio. Entró por la puerta reservada a los empleados, fichó la hora con su tarjeta azul y se encaminó hacia los vestuarios. El uniforme de la plantilla de la Sección de Libros y Audio era de color naranja. La etiqueta de identificación de Mamoru lucía, además, una línea azul que indicaba su estatus de empleado a media jornada.
Antes de incorporarse a su puesto de trabajo, comprobó su reflejo en el espejo. Laurel era algo puntilloso con el aspecto de sus empleados: nada de calzar sandalias ni de llevar melena, y las mujeres hasta tenían que recogerse el pelo y llevar las uñas cortadas y sin pintar.