El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—Liber acephalus… —murmuró Guillermo.
—…Traté de leer la primera pagina, pero en realidad sé muy poco griego, y hubiese necesitado más tiempo. Además, me llamó la atención otro detalle, justamente relacionado con el texto griego. No lo hojeé todo porque no pude: los folios estaban, cómo diría, impregnados de humedad, costaba separar uno de otro. Porque el pergamino era raro… más blando que los otros. El modo en que la primera página estaba gastada, y casi se deshacía, era… en suma, muy extraño.
—Extraño: también Severino usó esa palabra —dijo Guillermo.
—El pergamino no parecía pergamino… Parecía tela, pero muy delgada… —seguía diciendo Bencio.
—Charta lintea, o pergamino de tela —dijo Guillermo—. ¿Era la primera vez que lo veías?
—He oído hablar de él, pero creo que nunca lo he visto. Dicen que es muy caro, y frágil. Por eso se usa poco. Lo fabrican los árabes, ¿verdad?
—Los árabes fueron los primeros. Pero también se fabrica aquí en Italia, en Fabriano. Y también… Pero, ¡claro que sí! —Sus ojos despedían chispas—. ¡Qué revelación tan interesante, Bencio! Muchas gracias. Sí, supongo que aquí, en la biblioteca, la charta lintea es rara, porque no han llegado manuscritos muy recientes. Y además muchos temen que no sobreviva tan bien a los siglos como el pergamino, y quizá tengan razón. Supongamos que aquí querían algo que no fuese más perenne que el bronce… Pergamino de tela, ¿eh? Bueno, adiós. Y quédate tranquilo. No corres peligro.
—¿En serio, Guillermo? ¿Me lo aseguráis?
—Te lo aseguro. Si te quedas en tu sitio. Ya has hecho bastantes desastres.
Nos alejamos del scriptorium dejando a Bencio, si no tranquilo, al menos no tan inquieto.
—¡Idiota! —dijo Guillermo entre dientes mientras salíamos—. Si no se hubiese interpuesto, ya podríamos haberlo resuelto todo.
Encontramos al Abad en el refectorio. Guillermo fue hacia él y le dijo que debía hablarle. Abbone no pudo contemporizar y nos dio cita para poco después en sus habitaciones.
NONA
Las habitaciones del Abad estaban encima de la sala capitular, y por la ventana del salón, amplio y espléndido, donde nos recibió, podían verse, aquel día diáfano y ventoso, más allá del techo de la iglesia abacial, las formas imponentes del Edificio.
Precisamente el Abad, de pie ante la ventana, lo estaba admirando, y nos lo señaló con ademán solemne.
—Admirable fortaleza —dijo—, en cuyas proporciones refulge la misma regla áurea que guió la construcción del arca. Dispuesta en tres plantas, porque tres es el número de la trinidad, tres fueron los ángeles que visitaron a Abraham, los días que pasó Jonás en el vientre del gran pez, los que Jesús y Lázaro permanecieron en el sepulcro; las veces que Cristo pidió al Padre que apartase de él el cáliz amargo, las que se retiró para rezar con los apóstoles. Tres veces renegó Pedro de él, y tres veces apareció ante los suyos después de la resurrección. Tres son las virtudes teologales, tres las lenguas sagradas, tres las partes del alma, tres las clases de criaturas intelectuales, ángeles, hombres y demonios, tres las especies del sonido, vox, flatus y pulsus; tres las épocas de la historia humana, antes, durante y después de la ley.
—Maravillosa armonía de correspondencias místicas —admitió Guillermo.
—Pero también la forma cuadrada —prosiguió el Abad— es rica en enseñanzas espirituales. Cuatro son los puntos cardinales, las estaciones, los elementos, y el calor, el frío, lo húmedo y lo seco, el nacimiento, el crecimiento, la madurez y la vejez, y las especies celestes, terrestres, aéreas y acuáticas de los animales, los colores que constituyen el arco iris y la cantidad de años que se necesita para que haya uno bisiesto.
—¡Oh, sin duda! Y tres más cuatro da siete, número místico por excelencia, y tres multiplicado por cuatro da doce, como los apóstoles, y doce por doce da ciento cuarenta y cuatro, que es el número de los elegidos. —Y a esta última demostración de conocimiento místico del mundo hiperuranio de los números, el Abad ya no pudo añadir nada. Circunstancia que Guillermo aprovechó para entrar en materia—: Deberíamos hablar de los últimos acontecimientos. He reflexionado mucho sobre ellos.
El Abad dio la espalda a la ventana y miró a Guillermo con rostro severo:
—Demasiado, quizá. Debo confesaros, fray Guillermo, que esperaba más de vos. Desde que llegasteis han pasado seis días, cuatro monjes han muerto, además de Adelmo, dos han sido arrestados por la inquisición (fue justicia, sin duda, pero habríamos podido evitar esa vergüenza si el inquisidor no se hubiera visto obligado a ocuparse de los crímenes anteriores), y, por último, el encuentro en que debía actuar de mediador ha tenido unos resultados lamentables, precisamente por causa de todos esos crímenes… No me negaréis que podía esperar un desenlace muy distinto cuando os rogué que investigarais sobre la muerte de Adelmo…
Guillermo calló; estaba molesto. Sin duda, el Abad tenía razón. Ya he dicho, al comienzo de este relato, que a mi maestro le encantaba deslumbrar a la gente con la rapidez de sus deducciones, y era lógico que se sintiese herido en su amor propio al verse acusado —y ni siquiera injustamente— de obrar con excesiva lentitud.
—Es cierto —admitió—, no he satisfecho vuestras expectativas, pero os diré por qué, vuestra excelencia. Estos crímenes no han sido consecuencia de una pelea ni de una venganza entre los monjes, sino de unos hechos que a su vez derivan de acontecimientos remotos en la historia de la abadía.
El Abad lo miró con inquietud:
—¿Qué queréis decir? También yo me doy cuenta de que la clave no está en la desdichada historia del cillerero, que se ha cruzado con otra distinta. Pero esa otra historia, esa otra historia, que quizá no me es desconocida, pero de la que no puedo hablar… Esperaba que vos la descubrieseis, y que me hablaseis de ella.
—Vuestra excelencia piensa en algo que ha conocido a través de la confesión. —El Abad miró hacia otro lado, y Guillermo prosiguió—: Si vuestra excelencia desea saber si yo sé, sin haberlo sabido de boca de vuestra excelencia, que han existido relaciones deshonestas entre Berengario y Adelmo, y entre Berengario y Malaquías, pues bien: eso es algo que todos saben en la abadía.
El Abad se ruborizó violentamente:
—No me parece necesario hablar de este tipo de cosas en presencia de un novicio. Tampoco me parece que, una vez terminado el encuentro, sigáis necesitando un amanuense. Retírate, muchacho —me dijo con tono imperativo.
Humillado, salí. Pero era tal mi curiosidad que me escondí detrás de la puerta del salón, no sin dejarla entreabierta para poder escuchar lo que decían.
Guillermo retomó la palabra:
—Pues bien, esas relaciones deshonestas, aunque hayan existido, no han tenido mucho que ver con estos dolorosos acontecimientos. La clave es otra, y pensaba que no lo ignoraríais. Todo gira alrededor del robo y la posesión de un libro, que estaba escondido in finis Africae, y que ahora ha vuelto allí por obra de Malaquías, sin que por ello, como habéis podido ver, la secuencia de crímenes se haya interrumpido.
Se produjo un largo silencio. Después, el Abad empezó a hablar en forma entrecortada y vacilante, como sorprendido por unas revelaciones inesperadas.
—No es posible… Vos… ¿Cómo sabéis de la existencia del finis Africae? ¿Habéis violado mi interdicción? ¿Habéis penetrado en la biblioteca?
El deber de Guillermo hubiese sido decir la verdad, pero entonces el Abad se habría irritado muchísimo. Era evidente que mi maestro no quería mentir. De modo que prefirió responder con otra pregunta: