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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Me uní a los adioses, a los abrazos fraternos. Después pregunté a Guillermo cuándo partirían los otros, con los prisioneros. Me dijo que hacía media hora que se habían marchado, mientras estábamos en el tesoro, quizá, pensé, mientras yo soñaba.

Por un momento me sentí abatido, pero después me repuse. Mejor así. No habría podido soportar el espectáculo de los condenados (me refiero al pobre infeliz del cillerero, a Salvatore… y, sin duda, también a la muchacha), arrastrados lejos de allí, y para siempre. Y además, aún me encontraba tan perturbado por mi sueño, que hasta los sentimientos se me habían, por decirlo así, congelado.

Mientras la caravana de los franciscanos se dirigía hacia el portalón de salida, Guillermo y yo nos quedamos delante de la iglesia, ambos melancólicos, aunque por razones diferentes. Después decidí contarle mi sueño. Aunque la visión había sido abigarrada e ilógica, la recordaba con extraordinaria claridad, imagen por imagen, gesto por gesto, palabra por palabra. Y así la conté a mi maestro, sin descartar nada, porque sabía que a menudo los sueños son mensajes misteriosos donde las personas doctas son capaces de leer profecías clarísimas.

Guillermo me escuchó en silencio y luego me preguntó:

—¿Sabes qué has soñado?

—Lo que os acabo de contar… —respondí desconcertado.

—Sí, claro. Pero ¿sabes que, en gran parte, lo que me acabas de contar ya ha sido escrito? Has insertado personajes y acontecimientos de estos días en un marco que ya conocías. Porque la trama del sueño ya la has leído en algún sitio, o te la habían contado cuando eras un niño, en la escuela, en el convento. Es la Coena Cypriani.[151]

Por un instante me quedé perplejo. Después recordé. ¡Era cierto! Quizás había olvidado el título, pero ¿qué monje adulto o monjecillo travieso no ha sonreído o reído con las diversas visiones, en prosa o en rima, de esa historia que pertenece a la tradición del rito pascual y de los ioca monachorum?[152] Prohibida o infamada por los maestros más austeros, no existe, sin embargo, convento alguno en que los novicios y los monjes no se la hayan contado en voz baja, resumida y modificada de diferentes maneras, y algunos, a escondidas, la han transcrito, porque, según ellos, tras el velo de la jocosidad, esa historia ocultaba secretas enseñanzas morales. Y otros eran partidarios, incluso, de su difusión, porque, decían, a través del juego los jóvenes podían memorizar con más facilidad los episodios de la historia sagrada. Existía una versión en verso del pontífice Juan VIII, con la siguiente dedicatoria: «Ludere me libuit, ludentem, papa Johannes, accipe. Ridere, si placet, ipse potes.»[153] Y se decía que el propio Carlos el Calvo había hecho representar, a modo de burlesco misterio sagrado, una versión rimada, para amenizar las cenas de sus dignatarios:

Ridens cadit Gaudericus Zacharias admiratur, supinus in lectulum docet Anastasius…[154]

Y cuántas veces nuestros maestros nos habían regañado, a mí y a mis compañeros, por recitar trozos de aquella historia. Recuerdo a un viejo monje de Melk, que decía que un hombre virtuoso como Cipriano no había podido escribir algo tan indecente, una parodia tan sacrílega de las escrituras, más digna de un infiel y de un bufón que de un santo mártir… Hacía años que había yo olvidado aquellos juegos infantiles. ¿Cómo podía ser que aquel día la Coena hubiese reaparecido con tal nitidez durante mi sueño? Siempre había pensado que los sueños eran mensajes divinos, o en todo caso absurdos balbuceos de la memoria dormida, a propósito de cosas sucedidas durante la vigilia. Pero ahora me daba cuenta de que también podemos soñar con libros, y, por tanto, también podemos soñar con sueños.

—Quisiera ser Artemidoro para poder interpretar correctamente tu sueño —dijo Guillermo—. Pero me parece que, incluso sin poseer la ciencia de Artermidoro, es fácil comprender lo que ha sucedido. En estos días, pobre muchacho, has vivido una serie de acontecimientos que parecen invalidar toda regla sensata. Y esta mañana ha aflorado en tu mente dormida el recuerdo de una especie de comedia en la que también, aunque con otras intenciones, el mundo aparecía patas arriba. Lo que has hecho ha sido insertar en ella tus recuerdos más recientes, tus angustias, tus miedos. Has partido de los marginalia de Adelmo para revivir un gran carnaval donde todo parece andar a contramano y, sin embargo, como en la Coena, cada uno hace lo que realmente ha hecho en la vida. Y al final te has preguntado, en el sueño, cuál es el mundo que está al revés, y qué significa andar patas arriba. Tu sueño ya no sabía dónde es arriba y dónde abajo, dónde está la muerte y dónde la vida. Tu sueño ha dudado de las enseñanzas que has recibido.

—Mi sueño, pero yo no —dije con tono virtuoso—. ¡Pero entonces los sueños no son mensajes divinos, sino delirios diabólicos, y no encierran ninguna verdad!

—No lo sé, Adso —dijo Guillermo—. Son ya tantas las verdades que poseemos que si algún día alguien llegase diciendo que es capaz de extraer una verdad de nuestros sueños, ese día sí que estarían próximos los tiempos del Anticristo. Sin embargo, cuanto más pienso en tu sueño, más revelador me parece. Quizá no para ti, sino para mí. Perdona que me apodere de tu sueño para desarrollar mis hipótesis. Sé que es una vileza, y que no debería hacerlo… Pero creo que tu alma dormida ha logrado comprender más de lo que he comprendido yo en seis días, y despierto…

—¿En serio?

—En serio. O quizá no. Tu sueño me parece revelador porque coincide con una de mis hipótesis. Me has ayudado mucho. Gracias.

—¿Qué había en el sueño que tanto os interesa? ¡Carecía de sentido, como todos los sueños!

—Tenía un sentido distinto, como todos los sueños, y visiones. Hay que leerlo alegórica o anagógicamente…

—¡Como las escrituras!

—Un sueño es una escritura, y hay muchas escrituras que sólo son sueños.

SEXTA

Donde se reconstruye la historia de los bibliotecarios y se averigua algo más sobre el libro misterioso.

Guillermo quiso subir de nuevo al scriptorium, de donde acababa de bajar. Pidió a Bencio que le dejara consultar el catálogo y lo hojeó rápidamente.

—Debe de estar por aquí —decía—, hace una hora lo había encontrado… —Se detuvo en una página—. Aquí está, lee este título.

Con una sola referencia (¡finis Africae!) figuraba una serie de cuatro títulos; signo de que se trataba de un solo volumen compuesto por varios textos. Leí:

I. ar. de dictis cujusdam stulti

II. syr. libellus alchemicus aegypt

III. Expositio Magistri Alcofribae de cena beati Cypriani Cartaginensis Episcopi

IV. Liber acephalus de stupris virginum et meretricum amoribus[155]

—¿De qué se trata? —pregunté.

—Es nuestro libro —me respondió Guillermo en voz baja—. Por eso tu sueño me ha sugerido algo. Ahora estoy seguro de que es éste. Y en efecto… —hojeaba aprisa las páginas inmediatas—, en efecto, aquí están los libros en que pensaba, todos juntos. Pero no es esto lo que quería verificar. Oye: ¿tienes tu tablilla? Bueno, debemos hacer un cálculo; trata de recordar tanto lo que nos dijo Alinardo el otro día como lo que nos ha contado Nicola esta mañana. Pues bien, este último nos ha dicho que llegó aquí hace unos treinta años, y que Abbone ya ocupaba el cargo de abad. Su predecesor había sido Paolo da Rimini, ¿verdad? Digamos que la sucesión se produjo hacia 1290, año más, año menos, eso no tiene importancia. Además, Nicola nos ha dicho que cuando llegó, Roberto da Bobbio ya era bibliotecario. ¿Correcto? Después, éste murió y el puesto fue confiado a Malaquías, digamos a comienzos de este siglo. Apunta. Sin embargo, hay un período anterior a la llegada de Nicola, durante el cual Paolo da Rimini fue bibliotecario. ¿Desde cuándo ocupó ese cargo? No nos lo han dicho. Podríamos examinar los registros de la abadía, pero supongo que los tiene el Abad, y por el momento no querría pedirle que me autorizara a consultarlos. Supongamos que Paolo fue elegido bibliotecario hace sesenta años. Apunta. ¿Por qué Alinardo se queja de que, hace cincuenta años, el cargo de bibliotecario, que debía ser para él, pasó, en cambio, a otro? ¿Acaso se refería a Paolo da Rimini?

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151

«la cena de Cipriano».

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152

«chistes de los monjes».

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153

«Me agradó jugar, admite al que juega, papa Juan. Si te gusta, tú mismo puedes reír.»

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154

Ridens cadit Gaudericus [Riendo cae Gauderico], Zacharias admiratur [Zacarías se maravilla], supinas in lectulum [tumbado en el lecho], docet Anastasius [enseña Anastasio…]

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155

I. «De los dichos de un necio.»

II. «Opúsculo de alquimia egipcia.»

III. «Exposición del Maestro Alcofriba sobre la cena del obispo de Cartago, Cipriano.»

IV. «Libro acéfalo de las violaciones de las doncellas y de los amores de las meretrices».

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