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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Era como para asombrarse: cuando sólo le quedaban unas pocas horas, la decisión de irse a descansar no parecía la más sabia. Pero ya conocía a mi maestro: cuanto más relajado estaba su cuerpo, mayor era la efervescencia de su mente.

ENTRE VÍSPERAS Y COMPLETAS

Donde en pocas páginas se describen largas horas de zozobra.

Me resulta difícil contar lo que sucedió en las horas siguientes, entre vísperas y completas.

Guillermo no estaba. Yo deambulaba por la parte de los establos, sin advertir nada anormal. Los mozos estaban guardando los animales, inquietos por el viento. Pero, salvo eso, no había signos de intranquilidad.

Entré en la iglesia. Ya estaban todos en sus asientos, pero el Abad notó la ausencia de Jorge. Hizo una señal para que no empezase aún el oficio. Llamó a Bencio con la intención de enviarlo en su busca. Bencio no estaba. Alguien sugirió que probablemente estaba disponiendo el scriptorium para el cierre. Molesto, el Abad dijo que se había decidido que Bencio no cerrase nada porque no conocía las reglas. Aymaro d’Alessandria se levantó de su asiento:

—Si vuestra paternidad lo permite, voy yo a llamarlo…

—Nadie te ha pedido nada —dijo el Abad con brusquedad, y Aymaro regresó a su sitio, no sin antes lanzar una mirada indefinible a Pacifico da Tivoli.

El Abad llamó a Nicola, que tampoco estaba. Le recordaron que estaba vigilando la preparación de la cena, y tuvo un gesto de fastidio, como si le molestase que todos vieran que estaba inquieto.

—¡Quiero a Jorge aquí! —gritó—. ¡Buscadlo! Ve tú —ordenó al maestro de los novicios.

Otro monje le señaló que también Alinardo faltaba.

—Lo sé —dijo el Abad—, está enfermo.

Yo estaba cerca de Pietro da Sant’Albano y oí que le decía algo a su vecino, Gunzo da Nola, en una lengua vulgar del centro de Italia, que en parte yo era capaz de comprender:

—Ya lo creo. Cuando salió de la reunión de esta tarde, el pobre viejo estaba muy alterado. ¡Abbone se está comportando como la puta de Aviñón!

Los novicios estaban desorientados: a pesar de ser niños, sentían, como yo, la tensión que reinaba en el coro. Transcurrieron largos momentos de silencio e incomodidad. El Abad ordenó que se recitaran algunos salmos, y señaló tres al azar, que la regla no prescribía para el oficio de vísperas. Todos se miraron entre sí, y después empezaron a rezar en voz baja. Regresó el maestro de los novicios seguido de Bencio, quien se dirigió a su sitio con la cabeza gacha. Jorge no estaba en el scriptorium ni en su celda. El Abad ordenó que empezase el oficio.

Al final, antes de que todos se dirigiesen al refectorio, fui a buscar a Guillermo. Estaba acostado en su lecho, vestido e inmóvil. Dijo que no pensaba que fuese tan tarde. En pocas palabras le conté lo que había sucedido. Movió la cabeza.

En la puerta del refectorio vimos a Nicola, que pocas horas antes había acompañado a Jorge. Guillermo le preguntó si el viejo había entrado en seguida en las habitaciones del Abad. Nicola dijo que había tenido que esperar mucho tiempo delante de la puerta, porque en el salón estaban Alinardo y Aymaro d’Alessandria. Después, Jorge había entrado y se había quedado un rato dentro, y él lo había esperado. Al concluir la entrevista le había pedido, una hora antes de vísperas, que lo condujera a la iglesia, aún desierta.

El Abad nos vio hablando con el cillerero.

—Fray Guillermo —dijo con tono severo—, ¿seguís indagando?

Luego, le indicó que se sentara a su mesa, como de costumbre. La hospitalidad benedictina es sagrada.

La cena fue más silenciosa que de costumbre, y triste. El Abad comía sin ganas, abrumado por sombríos pensamientos. Al final dijo a los monjes que se dieran prisa para asistir a completas.

Alinardo y Jorge seguían ausentes. Los monjes señalaban el sitio vacío del ciego y hacían comentarios por lo bajo. Al final del oficio, el Abad los invitó a todos a recitar una plegaria especial por la salud de Jorge de Burgos. No estuvo claro si se refería a la salud corporal o a la salud eterna. Todos comprendieron que una nueva desgracia estaba por abatirse sobre la comunidad. Después, el Abad ordenó que se dieran más prisa que la acostumbrada en dirigirse a sus respectivas celdas. Nadie —ordenó haciendo hincapié en la palabra— debía circular fuera del dormitorio. Asustados, los novicios fueron los primeros en salir, con la capucha sobre el rostro, la cabeza gacha, sin intercambiar las chanzas, los codazos, las sonrisitas, las zancadillas maliciosas y disimuladas que solían practicar (porque el novicio, aunque monjecillo, sigue siendo un niño, y de poco valen las reprimendas de su maestro, quien muchas veces no puede impedir que se comporte como un niño, según lo impone su tierna edad).

Cuando salieron los adultos, fui, haciéndome el distraído, tras el grupo que para entonces había identificado como el de los «italianos». Pacifico le estaba diciendo por lo bajo a Aymaro:

—¿Crees que de verdad el Abad ignora dónde está Jorge?

Y Aymaro respondía:

—Podría ser que lo supiera, y que además supiera que de ese sitio ya no regresará. Quizá el viejo ha querido demasiado, y Abbone ya no lo quiere…

Mientras Guillermo y yo fingíamos retiramos al albergue de los peregrinos, divisamos al Abad, que volvía a entrar en el Edificio por la puerta del refectorio, aún abierta. Guillermo juzgó oportuno que esperásemos un poco; luego, una vez que la explanada hubo quedado desierta, me invitó a seguirlo. Atravesamos aprisa los espacios vacíos y entramos en la iglesia.

DESPUÉS DE COMPLETAS

Donde, casi por casualidad, Guillermo descubre el secreto para entrar en el finis Africae.

Nos apostamos, como dos sicarios, cerca de la entrada, detrás de una columna, desde donde podía observarse la capilla de las calaveras.

—Abbone ha ido a cerrar el Edificio —dijo Guillermo—. Una vez haya atrancado las puertas por dentro, tendrá que salir por el osario.

—¿Y entonces?

—Entonces veremos qué hace.

No pudimos saber qué estaba haciendo. Una hora más tarde seguía sin aparecer. Ha ido al finis Africae, dije. Quizá, respondió Guillermo. Ya habituado a formular muchas hipótesis, añadí: O quizás ha vuelto a salir por el refectorio y ha ido a buscar a Jorge. Y Guillermo: También es posible. Quizá Jorge ya esté muerto, seguí suponiendo. Quizás esté en el Edificio, quizás esté matando al Abad. Quizá los dos estén en otra parte y alguien les haya tendido una trampa. ¿Qué querían los «italianos»? ¿Por qué tenía tanto miedo Bencio? ¿No sería una máscara que se había puesto en el rostro para engañarnos? ¿Por qué se había demorado en el scriptorium durante vísperas, si no sabía cómo cerrar ni cómo salir? ¿Acaso quería probar el camino del laberinto?

—Todo es posible —dijo Guillermo—. Pero sólo una cosa sucede, ha sucedido o está sucediendo. Y, además, la misericordia divina nos está obsequiando una certeza patente.

—¿Cuál? —pregunté lleno de esperanza.

—La de que fray Guillermo de Baskerville, que ahora tiene la impresión de haberlo comprendido todo, sigue sin saber cómo entrar en el finis Africae. A los establos, Adso, a los establos.

—¿Y si nos encuentra el Abad?

—Fingiremos ser dos espectros.

No me pareció una solución practicable, pero callé. Guillermo se estaba poniendo nervioso. Salimos por la puerta septentrional y atravesamos el cementerio, mientras el viento soplaba con fuerza. Rogué al Señor que no hiciera que fuésemos nosotros quienes nos topáramos con dos espectros, porque aquella noche no había precisamente penuria de almas en pena en la abadía. Llegamos a los establos y escuchamos a los caballos, cada vez más inquietos por la furia de los elementos. En el portón principal había, a la altura del pecho de un hombre, una gran reja de metal por la que podía mirarse hacia adentro. Divisamos en la oscuridad el perfil de los caballos; reconocí a Brunello porque era el primero de la izquierda. A su derecha el tercer animal de la fila alzó la cabeza cuando advirtió nuestra presencia, y relinchó. Sonreí:

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