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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Y entonces Jorge, después de quitarse los vitra ad legendum, encendió una zarza ardiente con leña que había traído Sara, que Jefté había recogido, que Isaac había descargado, que José había cortado, y, mientras Jacob abría el pozo y Daniel se sentaba junto al lago, los sirvientes traían agua; Noé, vino; Agar, un odre; Abraham, un ternero, que Raab ató a un poste mientras Jesús sostenía la cuerda y Elías le ataba las patas. Después, Absalón lo colgó del pelo, Pedro tendió la espada, Caín lo mató, Herodes derramó su sangre, Sem arrojó sus vísceras y excrementos, Jacob puso el aceite, Molesadón puso la sal, Antíoco lo puso al fuego, Rebeca lo cocinó y Eva fue la primera en probarlo, y buen chasco se llevó. Pero Adán decía que no había que preocuparse, y le daba palmadas en la espalda a Severino, que aconsejaba añadirle hierbas aromáticas. Después Jesús partió el pan y distribuyó pescados, y Jacob gritaba porque Esaú se le había comido todas las lentejas, Isaac estaba devorando un cabrito al horno, Jonás una ballena hervida y Jesús guardó ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches.

Entre tanto, todos entraban y salían llevando exquisitas piezas de caza, de todas formas y colores, y las partes más grandes eran siempre para Benjamín, y las más buenas para María, mientras que Marta se quejaba de ser la que siempre lavaba los platos. Después cortaron el ternero, que a todo esto se había puesto enorme, y a Juan le tocó la cabeza, a Absalón la cerviz, a Aarón la lengua, a Sansón la mandíbula, a Pedro la oreja, a Holofernes la testa, a Lía el culo, a Saúl el cuello, a Jonás la barriga, a Tobías la hiel, a Eva la costilla, a María la teta, a Isabel la vulva, a Moisés la cola, a Lot las piernas y a Ezequiel los huesos. Mientras tanto, Jesús devoraba un asno, San Francisco un lobo, Abel una oveja, Eva una morena, el Bautista una langosta, Faraón un pulpo (por supuesto, dije para mí, pero, ¿por qué?) y David comía cantárida y se arrojaba sobre la muchacha nigra sed formosa,[148] mientras Sansón hincaba el diente en el lomo de un león, y Tecla huía gritando, perseguida por una araña negra y peluda.

Era evidente que todos estaban borrachos, y algunos resbalaban sobre el vino, otros caían dentro de las cacerolas y sólo sobresalían las piernas, cruzadas como dos palos, y Jesús tenía todos los dedos negros y repartía folios de un libro diciendo cogedlos y comedlos, son los enigmas de Sinfosio, incluido el del pez que es hijo de Dios y salvador vuestro. Y todos a beber, Jesús vino rancio, Jonás mársico, Faraón sorrentino (¿por qué?), Moisés gaditano, Isaac cretense, Aarón adriano, Zaqueo arbustino, Tecla quemado, Juan albano, Abel campano, María signino, Raquel florentino.

Adán estaba echado de espaldas, las tripas le gruñían y por la costilla manaba vino, Noé maldecía en sueños a Cam, Holofernes roncaba sin darse cuenta de nada, Jonás dormía como un tronco, Pedro vigilaba hasta que cantase el gallo, y Jesús se despertó de golpe al oír que Bernardo Gui y Bertrando del Poggetto estaban organizando la quema de la muchacha; y gritó: «¡Padre, si es posible, aparta de mí ese cáliz!» Y unos escanciaban mal, otros bebían bien, unos morían riendo, otros reían muriendo, unos tenían sus propios frascos, otros bebían del vaso de los demás. Susana gritaba que nunca entregaría su hermoso y blanco cuerpo al cillerero y a Salvatore por un miserable corazón de buey, Pilatos se paseaba como alma en pena por el refectorio pidiendo agua para sus manos, y fray Dulcino, con la pluma en el sombrero, se la traía, y luego se abría la túnica y con una mueca sarcástica mostraba las partes pudendas rojas de sangre, mientras Caín se burlaba de él y abrazaba a la bella Margherita da Trento. Entonces Dulcino se echaba a llorar e iba a apoyar su cabeza en el hombro de Bernardo Gui, y lo llamaba papa angélico, y Ubertino lo consolaba con un árbol de la vida, Michele da Cesena con una bolsa de oro, las Marías lo cubrían de ungüentos y Adán lo convencía de que hincase el diente en una manzana recién arrancada del árbol.

Y entonces se abrieron las bóvedas del Edificio y Roger Bacon descendió del cielo en una máquina voladora, unico homine regente. Después David tocó la cítara, Salomé danzó con sus siete velos, y cada vez que caía un velo tocaba una de las siete trompetas y mostraba uno de los siete sellos, hasta que quedó sólo amicta sole. Todos decían que nunca se había visto una abadía tan alegre, y Beregario le levantaba la ropa a todo el mundo, hombres y mujeres, y les besaba el trasero. Y empezó una danza: Jesús vestido de maestro, Juan de guardián, Pedro de reciario, Nemrod de cazador, Judas de delator, Adán de jardinero, Eva de tejedora, Caín de ladrón, Abel de pastor, Jacob de ujier, Zacarías de sacerdote, David de rey, Jubal de citarista, Santiago de pescador, Antíoco de cocinero, Rebeca de aguador, Molesadón de idiota, Marta de criada, Herodes de loco de atar, Tobías de médico, José de carpintero, Noé de borracho, Isaac de campesino, Job de hombre triste, Daniel de juez, Tamar de prostituta, María de ama que ordenaba a sus criados que trajeran más vino porque el insensato de su hijo no quería transformar el agua.

Fue entonces cuando el Abad montó en cólera porque, decía, había organizado una fiesta tan bonita y nadie le daba nada. Y entonces todos empezaron a rivalizar en ofrecerle regalos: los tesoros más preciados, un toro, una oveja, un león, un camello, un ciervo, un ternero, una yegua, un carro solar, la barbilla de San Eobán, la cola de Santa Morimonda, el útero de Santa Arundalina, la nuca de Santa Burgosina, cincelada como una copa a los doce años, y una copia del Pentagonum Salomonis. Pero el Abad se puso a gritar que con aquello trataban de distraer su atención mientras saqueaban la cripta del tesoro, donde ahora estábamos todos, y que había desaparecido un libro preciosísimo que hablaba de los escorpiones y de las siete trompetas, y llamaba a los arqueros del rey de Francia para que revisasen a todos los sospechosos. Y para vergüenza de todos a Agar se le encontró una pieza de brocado multicolor, a Raquel un sello de oro, a Tecla un espejo de plata en el seno, a Benjamín un sifón de bebidas debajo del brazo, a Judith una manta de seda entre las ropas, a Longino una lanza en la mano y a Abimelec una mujer ajena entre los brazos. Pero lo peor fue cuando le encontraron un gallo negro a la muchacha, negra y bellísima como un gato del mismo color, y la llamaron bruja y seudo apóstol, y entonces todos se arrojaron sobre ella para castigarla. El Bautista la decapitó, Abel la degolló, Adán la cazó, Nabucodonosor le escribió signos zodiacales en el pecho con una mano de fuego, Elías la raptó en un carro ígneo, Noé la sumergió en el agua, Lot la transformó en una estatua de sal, Susana la acusó de lujuria, José la traicionó con otra, Ananías la metió en un horno de cal, Sansón la encadenó, Pablo la flageló, Pedro la crucificó cabeza abajo, Esteban la lapidó, Lorenzo la quemó en la parrilla, Bartolomé la desolló, Judas la denunció, el cillerero la quemó, y Pedro negaba todo. Después todos se arrojaron sobre aquel cuerpo cubriéndolo de excrementos, tirándole pedos en la cara, orinando sobre su cabeza, vomitándole en el pecho, arrancándole los cabellos, golpeándole la espalda con teas ardientes. El cuerpo de la muchacha, antes tan bello y agradable, se estaba descarnando, deshaciendo en fragmentos que se dispersaban por los cofres y relicarios de oro y cristal que había en la cripta. Mejor dicho: no era el cuerpo de la muchacha el que iba a poblar la cripta, sino más bien los fragmentos de la cripta los que empezaban a girar en torbellino hasta componer el cuerpo de la muchacha, convertido ya en algo mineral, para luego volver a dispersarse hasta convertirse en el polvillo sagrado de aquellos segmentos acumulados con insensata impiedad. Ahora era como si un solo cuerpo inmenso se hubiese disuelto a lo largo de milenios hasta sus componentes más minúsculos, y como si éstos hubiesen colmado la cripta, más esplendente pero similar al osario de los monjes difuntos, y como si la forma sustancial del cuerpo mismo del hombre, obra maestra de la creación, se hubiese fragmentado en multitud de formas accidentales y distintas entre sí, convirtiéndose en imagen de su contrario, forma ya no ideal sino terrena, polvos y esquirlas nauseabundas, que sólo podían significar muerte y destrucción…

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«negra pero hermosa» (Cantar de los Cantares).

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