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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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De pronto, se volvió hacia el mago y alzó las manos. Con un crujido ensordecedor, de sus dedos partió un rayo azul en dirección a Zedd. Instantáneamente, el mago levantó un reluciente escudo semejante al cristal. El rayo de Shota impactó en el escudo con estrépito de trueno y rebotó contra un enorme roble, cuyo tronco partió, levantando una lluvia de astillas. El árbol se desplomó con estruendo y el suelo tembló.

Zedd ya había levantado de nuevo las manos, y de sus dedos curvados brotó fuego mágico. El fuego hendió el aire con un alarido de furia.

—¡No! —gritó Richard.

La bola de fuego líquido bañó con una intensa luz azul y amarilla el área en penumbra.

¡Richard no podía permitirlo! ¡Shota era la única que podía decirles dónde hallar la caja! ¡Ella era su única oportunidad para detener a Rahl!

El fuego ululaba a medida que se expandía, avanzando directamente hacia Shota. Pero ésta permanecía inmóvil.

—¡No! —Richard desenvainó con gesto brusco la espada y se puso de un salto delante de la bruja. El joven sostuvo la espada horizontalmente, con una mano aferrando la empuñadura, y la otra la punta. Así, con la espada en alto y los brazos entrelazados, sujetaba la espada frente a él como si fuera un escudo.

La magia corría por todo su ser. La ira lo invadió. El fuego se le venía encima; su rugido resonaba en sus oídos. Richard volvió la cabeza, cerró los ojos, contuvo la respiración y apretó los dientes. Sabía que podía morir, pero no tenía elección. La bruja era su única oportunidad. No podía permitir que muriera.

El impacto lo hizo retroceder un paso, tambaleándose. El joven sintió el calor. Incluso con los ojos firmemente cerrados podía ver la luz. El fuego del mago aullaba, furioso, cuando chocó contra la espada y explotó alrededor de Richard.

Y, entonces, silencio. El Buscador abrió los ojos. El fuego mágico había desaparecido. Zedd no perdió el tiempo; ya estaba lanzando un puñado de polvo mágico, que centelleaba en el aire. Richard vio algo que se acercaba por su espalda; era polvo mágico que había lanzado la bruja. El polvo titilaba como cristales de hielo, apagó el centelleo del polvo de Zedd y envolvió al mago.

Zedd se quedó paralizado, inmóvil, con una mano levantada.

—¡Zedd!

No hubo respuesta. Richard giró sobre sus talones para encararse con la bruja. Ahora ya no era su madre. Shota llevaba un vaporoso y holgado vestido de gasa con multitud de tonos grises, cuyos pliegues ondeaban en la suave brisa. Tenía una abundante melena ondulada color caoba y un cutis perfecto. Sus ojos almendrados se iluminaron al posarse en el joven. Shota era tan hermosa como su palacio y el valle en el que se encontraban. Era tan atractiva que, de no ser por la cólera que sentía, Richard se hubiera quedado sin aliento.

—Mi héroe —dijo Shota con una voz que ya no era la de su madre, sino sedosa, clara y natural. Sus labios carnosos esbozaron una astuta sonrisa—. Era completamente innecesario, pero lo que importa es la intención. Estoy impresionada.

—¿Quién se supone que eres ahora? ¿Otra alucinación mía? ¿O eres la Shota real? —preguntó Richard, enfurecido. Era perfectamente consciente de la furia de la espada, pero decidió no envainarla.

—¿Es éste tu aspecto real? —remedó ella—. ¿O es algo que llevas temporalmente, con un propósito determinado?

—¿Cuál es el propósito de quien eres ahora?

Shota alzó las cejas.

—Pues complacerte, Richard. Nada más.

—¡Con una ilusión!

—No. —La bruja suavizó la voz—. Lo que ves no es ninguna ilusión, sino cómo me muestro a mí misma, al menos, casi siempre. Esto es real.

Haciendo caso omiso de su respuesta, Richard señaló con la espada hacia la elevación en el camino.

—¿Qué le has hecho a Zedd?

La bruja se encogió de hombros y apartó la vista, a la vez que sonreía con recato.

—Simplemente he impedido que me hiciera daño. Está perfectamente, de momento, al menos. —Cuando lo miró, sus ojos almendrados chispearon—. Lo mataré más tarde, cuando tú y yo hayamos hablado.

—¿Y Kahlan? —Richard aferró la espada con más fuerza.

La mirada de Shota se posó entonces en Kahlan, la cual permanecía quieta, lívida y con la boca temblando, sin perder de vista los movimientos de la bruja. Richard sabía que Kahlan temía a Shota mucho más que a las serpientes. La bruja frunció el entrecejo, pero cuando volvió a mirar a Richard ya sonreía de nuevo, coqueta.

—Es una mujer muy peligrosa. —En los ojos de la bruja centelleaba un conocimiento que nadie con los años que ella aparentaba podía tener—. Es más peligrosa incluso de lo que ella cree. Tengo que protegerme de ella. —Shota se encogió de hombros otra vez y, hábilmente, cogió el borde de uno de los vaporosos pliegues del vestido. Al hacerlo, el resto del vestido se quedó quieto, como si ya no soplara ni pizca de brisa—. Por eso tuve que inmovilizarla. Si se mueve, las serpientes la morderán. Pero, si se está quieta, no le harán nada. También a ella la mataré después —declaró la bruja tras un momento de reflexión. Su voz sonaba demasiado suave y amable para haber pronunciado aquellas palabras.

Richard sopesó la posibilidad de usar la espada para cortar la cabeza a la bruja. La cólera que sentía lo impulsaba a hacerlo. El joven imaginó la acción en su mente, esperando que Shota también la percibiera. Entonces, aplacó un poco su ira, aunque sin bajar la guardia.

—¿Y yo? ¿A mí no me temes?

—¿A un Buscador? —Shota lanzó una breve carcajada. Acto seguido se llevó los dedos a la boca, como para ocultar una sonrisa—. No, creo que no.

—Tal vez deberías —replicó Richard, conteniéndose a duras penas.

—Tal vez. Tal vez en una época normal. Pero ésta no es una época normal. ¿Por qué, si no, estarías tú aquí? ¿Para matarme? Acabas de salvarme. —Shota le dirigió una mirada que le decía que debería avergonzarse de haber dicho algo tan estúpido, tras lo cual dio una vuelta completa a su alrededor. Richard giró con ella, manteniendo la espada entre ambos, aunque a ella no parecía inquietarla—. Ésta es una época que exige extrañas alianzas, Richard. Sólo los fuertes son suficientemente sabios para darse cuenta. —La mujer se detuvo, se cruzó de brazos y lo examinó con una reflexiva sonrisa—. Mi héroe. Vaya, ni siquiera recuerdo la última vez que alguien quiso salvarme la vida. Ha sido un acto muy galante. De veras que sí. —Mientras hablaba, Shota se inclinó hacia él y le pasó un brazo alrededor de la cintura. Richard quería detenerla, pero, por alguna razón, no pudo.

—No te emociones demasiado. Tenía mis motivos. —Richard encontraba la espontánea manera de ser de la bruja irritante y, al mismo tiempo, irresistiblemente atractiva. Sabía que no tenía ninguna razón para sentirse atraído por ella. Shota acababa de declarar que iba a matar a dos de sus mejores amigos y, por el modo de comportarse de Kahlan, sabía que no era una simple fanfarronada. Y lo peor de todo era que tenía desenvainada la espada, es decir, que la cólera de la espada estaba desatada. El joven se dio cuenta de que la bruja había hechizado incluso la magia de la Espada de la Verdad. Se sentía como si se estuviera ahogando y, para su sorpresa, encontraba la experiencia placentera.

La sonrisa de la bruja se hizo más amplia y sus ojos almendrados chispearon.

—Como ya he dicho, sólo los fuertes son suficientemente sabios para darse cuenta. El mago no lo fue y trató de matarme. Ella tampoco es sabia, pues también lo intentaría. Solamente tú eres suficientemente sabio para ver que esta época exige una alianza como la nuestra.

Richard tuvo que esforzarse para mantener su indignación.

—Yo no formo ninguna alianza con aquellos que quieren matar a mis amigos.

—¿Aunque ellos traten de matarme primero? ¿No tengo derecho a defenderme? ¿Tengo que dejarme matar sólo porque sean tus amigos? Richard —añadió, sacudiendo la cabeza, ceñuda aunque con una sonrisa en los labios—, piensa en lo que dices. Míralo con mis ojos.

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