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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Y otras cosas que no eran reliquias pero que también eran testimonio de prodigios y de seres prodigiosos de tierras lejanas, y que habían llegado a la abadía traídas por monjes que habían viajado hasta los más remotos confines del mundo: un basilisco y una hidra embalsamados; un cuerno de unicornio, un huevo que un eremita había encontrado dentro de otro huevo, un trozo del maná con que se alimentaron los hebreos en el desierto, un diente de ballena, una nuez de coco, el húmero de una bestia antediluviana, el colmillo de marfil de un elefante, la costilla de un delfín. Y además otras reliquias que no reconocí, quizá no tan preciosas como sus relicarios. Algunas de ellas (a juzgar por las cajas en que estaban depositadas, hechas de plata, ya ennegrecida) antiquísimas: una serie infinita de fragmentos de huesos, de tela, de madera, de metal y de vidrio. Y frascos con polvos oscuros, uno de los cuales, según supe, contenía los restos quemados de la ciudad de Sodoma, y otro cal de las murallas de Jericó. Todas cosas, incluso las más humildes, por las que un emperador habría entregado más de un feudo, y que constituían una reserva no sólo de inmenso prestigio, sino también de verdadera riqueza material para la abadía de cuya hospitalidad estábamos gozando.

Seguí dando vueltas sin salir de mi asombro, mientras Nicola dejaba de explicarnos la naturaleza de aquellos objetos (que, por lo demás, llevaban cada uno una tarjeta con una inscripción aclaratoria), libre ya de vagabundear casi a mi antojo por aquella reserva de maravillas inestimables, admirándolas a veces a plena luz y a veces entreviéndolas en la penumbra, cuando los acólitos de Nicola se desplazaban con sus antorchas hacia otra parte de la cripta. Estaba fascinado por aquellos cartílagos amarillentos, místicos y repugnantes al mismo tiempo, transparentes y misteriosos, por aquellos jirones de vestiduras de épocas inmemoriales, descoloridos, deshilachados, a veces enrollados dentro de un frasco como un manuscrito descolorido, por aquellas materias desmenuzadas que se confundían con el paño que les servía de lecho, detritos santos de una vida que había sido animal (y racional) y que ahora, apresados dentro de edificios de cristal o de metal, que en sus minúsculas dimensiones imitaban la audacia de las catedrales de piedra, con sus torres y agujas, parecían haberse transformado también ellos en sustancia mineral. ¿De modo que así era como los cuerpos de los santos esperan sepultos la resurrección de la carne? ¿Con aquellas esquirlas se reconstruirían los organismos que, como escribía Piperno, en el fulgor de la visión divina serían capaces de percibir hasta las más mínimas differentias odorum?[146]

De esas meditaciones me arrancó de pronto Guillermo con un leve golpe en el hombro:

—Me marcho. Subo al scriptorium, todavía debo consultar algo allí.

—No podréis pedir libros —dije—. Bencio tiene órdenes…

—Sólo debo examinar los libros que estaba leyendo el otro día, y aún están todos en el scriptorium, en la mesa de Venancio. Si lo deseas, puedes quedarte. Esta cripta es un bello epítome de los debates sobre la pobreza que has presenciado en estos días. Y ahora ya sabes por qué se degüellan tus hermanos cuando está en juego el acceso a la dignidad abacial.

—Pero ¿pensáis que es cierto lo que ha insinuado Nicola? ¿Creéis que los crímenes tienen que ver con una lucha por la investidura?

—Ya te he dicho que por ahora no quiero arriesgar hipótesis en voz alta. Pero me voy a seguir otra pista. O quizá la misma, pero por otro extremo. Y tú no te deslumbres demasiado con estos relicarios. Fragmentos de la cruz he visto muchos, en otras iglesias. Si todos fuesen auténticos, Nuestro Señor no habría sido crucificado en dos tablas cruzadas, sino en todo un bosque.

—¡Maestro! —exclamé escandalizado.

—Es cierto, Adso. Y hay tesoros aún más ricos. Hace tiempo, en la catedral de Colonia, vi el cráneo de Juan Bautista cuando tenía doce años.

—¿De verdad? —exclamé admirado. Pero añadí, presa de la duda—. ¡Pero si el Bautista murió asesinado a una edad más avanzada!

Yo no sabía nunca cuándo estaba bromeando. En mi tierra, cuando se bromea, se dice algo y después se ríe ruidosamente, para que todos participen de la broma. Guillermo, en cambio, sólo reía cuando decía cosas serias, y se mantenía serísimo cuando se suponía que estaba bromeando.

TERCIA

Donde, mientras escucha el «Dies irae», Adso tiene un sueño o visión, según se prefiera.

Guillermo se despidió de Nicola y subió para ir al scriptorium. Por mi parte, ya había visto suficiente, de modo que también decidí subir y quedarme en la iglesia para rezar por el alma de Malaquías. Nunca había querido a aquel hombre, que me daba miedo, y no he de ocultar que durante mucho tiempo había creído que era el culpable de todos los crímenes. Ahora comprendía que quizá sólo había sido un pobre hombre, oprimido por unas pasiones insatisfechas, vaso de loza entre vasos de hierro, malhumorado por desorientación, silencioso y evasivo por conciencia de no tener nada que decir. Sentía cierto remordimiento por haberme equivocado y pensé que rezando por su destino sobrenatural podría aplacar mi sentimiento de culpa.

Ahora la iglesia estaba iluminada por un resplandor tenue y lívido, dominada por los despojos del infeliz, habitada por el susurro uniforme de los monjes que recitaban el oficio de difuntos.

En el monasterio de Melk había asistido varias veces a la defunción de un hermano. Era una circunstancia que no puedo calificar de alegre, pero que, sin embargo, me parecía llena de serenidad, rodeada por un aura de paz, regida por un sentido difuso de justicia. Íbamos alternándonos en la celda del moribundo, diciéndole cosas agradables para confortarlo, y en el fondo del corazón cada uno pensaba en lo feliz que era el moribundo porque estaba a punto de coronar una vida virtuosa, y pronto se uniría al coro de los ángeles para gozar del júbilo eterno. Y parte de aquella serenidad, la fragancia de aquella santa envidia, se comunicaba al moribundo, que al final tenía un tránsito sereno. ¡Qué distintas habían sido las muertes de aquellos últimos días! Finalmente, había visto de cerca cómo moría una víctima de los diabólicos escorpiones del finis Africae, y sin duda así habían muerto también Venancio y Berengario, buscando alivio en el agua, con el rostro consumido como el de Malaquías…

Me senté al fondo de la iglesia, acurrucado sobre mí mismo para combatir el frío. Sentí un poco de calor, y moví los labios para unirme al coro de los hermanos orantes. Los iba siguiendo sin darme casi cuenta de lo que mis labios decían; mi cabeza se bamboleaba y los ojos se me cerraban. Pasó mucho tiempo; creo que me dormí y volví a despertarme al menos tres o cuatro veces. Después el coro entonó el Dies irae… La salmodia me produjo el efecto de un narcótico. Me dormí del todo. O quizá, más que un letargo, aquello fue como un entorpecimiento, una caída agitada y un replegarme sobre mí mismo, como una criatura que aún siguiera encerrada en el vientre de su madre. Y en aquella niebla del alma, como si estuviese en una región que no era de este mundo, tuve una visión o sueño, según se prefiera.

Por una escalera muy estrecha entraba en un pasadizo subterráneo, como si estuviese accediendo a la cripta del tesoro, pero, siempre bajando, llegaba a una cripta más amplia que era la cocina del Edificio. Sin duda, se trataba de la cocina, pero en ella no sólo funcionaban hornos y ollas, sino también fuelles y martillos, como si también se hubiesen dado cita allí los herreros de Nicola. Todo era un rojo centelleo de estufas y calderos, y cacerolas hirvientes que echaban humo mientras que a la superficie de sus líquidos afloraban grandes burbujas crepitantes que luego estallaban haciendo un ruido sordo y continuo. Los cocineros pasaban enarbolando asadores, mientras los novicios, que se habían dado cita allí, saltaban para atrapar los pollos y demás aves ensartadas en aquellas barras de hierro candentes. Pero al lado los herreros martillaban con tal fuerza que la atmósfera estaba llena de estruendo, y nubes de chispas surgían de los yunques mezclándose con las que vomitaban los dos hornos. No sabía si estaba en el infierno o en un paraíso como el que podía haber concebido Salvatore, chorreante de jugos y palpitante de chorizos. Pero no tuve tiempo de preguntarme dónde estaba porque una turba de hombrecillos, de enanitos con una gran cabeza en forma de cacerola, entró a la carrera y, arrastrándome a su paso, me empujó hasta el umbral del refectorio, y me obligó a entrar.

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146

«diferencias de olores».

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