La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Ubaid había permanecido arrodillado a los pies del caballo del marqués, tratando de mantener su orgullo, hasta que oyó la voz de Brahim, momento en que volvió la cabeza lo justo para recibir una fuerte patada en la boca.
– ¡Perro! ¡Cerdo marrano! ¡Hijo de mala puta!
Aisha y Fátima, envuelta ésta en la sucia y áspera manta con que la había cubierto Brahim, intentaron observar la escena entre el baile de sombras originado por el fuego de los hachones, los hombres y los caballos: ¡Ubaid!
Brahim había acariciado mil distintas formas de disfrutar con la lenta y cruel muerte que reservaba al arriero de Narila, pero la mueca de desprecio con la que éste le respondió desde el suelo, con la boca ensangrentada, le irritó de tal manera que olvidó todas aquellas torturas con las que había soñado. Temblando de ira, desenvainó el alfanje y descargó un golpe sobre el cuerpo del monfí, acertando en su estómago sin originarle la muerte. Tan sólo el marqués permaneció quieto en su sitio; los demás se apartaron presurosos de un hombre enloquecido que, al tiempo que gritaba insultos casi incomprensibles, se ensañaba con Ubaid, aovillado, golpeándolo con su alfanje una y otra vez: en las piernas, en el pecho, en los brazos o en la cabeza.
– Ya está muerto -señaló el marqués desde su caballo, aprovechando un momento en que Brahim paró para coger aire-. ¡Ya está muerto! -gritó al comprobar que el corsario hacía ademán de descargar otro golpe.
El corsario se detuvo, jadeando, temblando todo él, y rindió el alfanje para permanecer quieto junto al cadáver destrozado de Ubaid. Sin mirar a nadie, se arrodilló, y con el muñón de su mano derecha volteó en el amasijo de carne en busca de lo que había sido su espalda. Muchos de aquellos hombres, incluido el marqués por más que su embozo no lo revelara, avezados en los horrores de la guerra, apartaron la mirada cuando Brahim dejó caer el alfanje y empuñó una daga con la que sajó el costado del monfí en busca de su corazón. Luego hurgó en el interior del cuerpo hasta arrancárselo y de rodillas, lo miró: el órgano aún parecía palpitar cuando escupió sobre él y lo arrojó a la tierra.
– Partiremos al amanecer -dijo Brahim dirigiéndose al marqués. Se había levantado, empapado en sangre.
El noble se limitó a asentir. Entonces Brahim se dirigió hacia donde estaba Fátima y la agarró del brazo. Todavía tenía que cumplir una parte de sus sueños. Sin embargo, antes la empujó hasta donde se encontraba Aisha.
– ¡Mujer! -Aisha alzó el rostro-. Dile a tu hijo el nazareno que lo espero en Tetuán. Que si quiere recuperar a sus hijos tendrá que venir a buscarlos a Berbería.
Mientras el corsario daba media vuelta tirando de Fátima, Aisha cruzó su mirada con la de su amiga, que negó de manera casi imperceptible. «¡No lo hagas! ¡No se lo digas!», le suplicaron sus ojos.
Hasta que el cielo empezó a cambiar de color nadie molestó a Brahim, que se había encerrado con Fátima en la habitación superior de la venta.
41
El amanecer, cuando las espaldas de las comitivas de Brahim y del marqués se perdieron en la distancia, Aisha abandonó la venta del Montón de la Tierra. Atrás quedaba el cadáver de Ubaid, que los lacayos del marqués habían enterrado cerca de la venta para borrar todo rastro. Aisha había pasado la noche acurrucada en un rincón, junto a Shamir y sus nietos, intentando tranquilizarlos, luchando por contener las lágrimas. Sabía que estaba a punto de perder a otro hijo… ¿Qué tendría Dios reservado para él?
Antes de partir, Brahim descendió de su habitación, satisfecho, seguido a unos pasos por Fátima que andaba dolorida y tapada con la manta desde la cabeza a los pies; sólo se le veían los ojos, a través de un hueco que mantenía entrecerrado con sus manos.
Los hombres del marqués preparaban los caballos y el ajetreo en el patio era considerable.
– Tú eres Shamir, ¿no? -preguntó Brahim acercándose a su hijo. Aisha percibió en su esposo un atisbo de ternura. El niño, con la mirada escondida, permitió que el corsario le tocara la cabeza. El pequeño no sabía quién era; para él, tal y como decidieron Aisha y Fátima, su padre había muerto en las Alpujarras-. ¿Sabes quién soy yo?
Shamir negó con la cabeza y Brahim atravesó a Aisha con la mirada.
– Mujer -masculló en su dirección-, tienes suerte de que necesite que des el mensaje que te encargué ayer; de no ser por eso, te mataría ahora mismo.
Luego alzó el rostro de Shamir por el mentón hasta que los ojos del niño se clavaron en él.
– Escúchame bien, muchacho: yo soy tu padre y tú eres mi único hijo varón. -Ante esas palabras, Francisco se acercó a Shamir, aguijoneado por la curiosidad-. ¡Apártate! -le espetó Brahim empujándolo con el muñón y tirándolo al suelo.
– ¡No le pegues! -saltó Shamir librándose de la mano que le sostenía el mentón y lanzándose contra su padre, que estalló en carcajadas mientras soportaba los golpes que el niño le propinaba en la barriga.
Le dejó hacer hasta que decidió librarse de él con una bofetada. Shamir fue a caer junto a Francisco.
– Me gusta tu carácter -rió Brahim-. Pero mientras te empeñes en defender al hijo del nazareno -añadió como si fuera a escupir a Francisco-, correrás su misma suerte. En cuanto a la otra -añadió con referencia a Inés-, atenderá como esclava a mis dos hijas. Y el día que el nazareno se presente en Tetuán…
Sola en el camino a Córdoba, arrastrando los pies, Aisha volvió a sentir el mismo escalofrío que le recorrió el cuerpo en el patio de la venta al solo recuerdo de aquella frase que Brahim dejó flotar en el aire: el día que el nazareno se presente en Tetuán… Fátima también se había estremecido debajo de la manta. Las dos mujeres cruzaron la que, presentían, iba a ser su última mirada, y Aisha percibió la misma súplica que le hiciera la noche anterior: ¡No se lo digas! ¡Lo matará!
¡Lo matará! Con esa certeza, Aisha accedió a Córdoba por la puerta del Colodro. Pero esta vez, a diferencia de lo ocurrido años atrás, cuando recorrió ese mismo camino con Shamir en brazos después de que Brahim la obligara a seguirlo a la sierra, consiguió ocultarse a la vigilancia de los alguaciles. Cruzó la puerta a escondidas, como un alma en pena, con los pies sangrantes y sólo vestida con la camisola de dormir. Llegó a la calle de los Barberos, donde la visión de la puerta del zaguán y la cancela de reja que daba al patio abiertas de par en par, la espabiló. El postigo de la ventana de un balcón se cerró de repente a pesar de que era de día y una de sus vecinas, dos casas más allá, que en aquel momento iba a pisar la calle, se echó atrás y volvió a entrar. Aisha accedió a la casa y entendió el porqué: sus vecinos cristianos la habían saqueado durante la noche. Nada quedaba en su interior, ¡ni siquiera los tiestos! Aisha miró hacia la fuente: no habían podido robarles el agua que manaba de ella; luego desvió la mirada al lugar donde, bajo una loseta, escondían sus ahorros. La loseta estaba levantada. Observó la siguiente: en su sitio. Hernando tenía razón. Una melancólica sonrisa apareció en sus labios al recordar las palabras de su hijo.
– Debajo de ésta guardaremos los dineros. -Entonces había dispuesto la loseta en forma tal que cualquier observador, por poco sagaz que fuese, llegara a darse cuenta de que había sido removida. Bajo la que estaba justo al lado de aquélla, bien afianzada, escondió el Corán y la mano de Fátima-. Si alguien entra a robar -afirmó al final-, encontrará los dineros y será difícil que imagine que en la otra también se esconde un tesoro, nuestro verdadero tesoro.
Pero Hernando pensaba en la Inquisición o la justicia cordobesa, nunca en sus vecinos.
– ¿Qué ha sucedido, Aisha? ¿Y Fátima y los niños?
Aisha se volvió para encontrarse con Abbas, parado junto a la cancela de hierro.
– No… -Balbuceó abriendo las manos-. No sé…
– Dice la gente que anoche, Ubaid y sus hombres…