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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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¿Fea? ¡Nada de eso! Era muy exótica y hermosa. Pelirroja y con ojos verdes; pero las dos cosas de matiz oscUro; y con· un cutis claro y perfecto. ¡Y qué ojos! ¡Jamás había visto nada parecido! ¡ Era una preciosidad! Pompeyo se enamoró nada más verla sin que mediara palabra.

No era de extrañar, pues, que apenas se diera cuenta de las demás personas que había en la habitación, aun después de hacerse las presentaciones. Acercó una silla a la de Mucia Tercia y cogió su serena mano entre las suyas.

– Dice Sila que tienes que casarte conmigo – dijo, sonriéndole con sus blancos dientes y sus ojos azules.

– Es la primera noticia -replicó ella, notando inmediatamente que su antipatía cedía; se le notaba realmente feliz, y realmente era muy atractivo.

– Ah, bueno, ya sabes cómo es Sila -añadió él, conteniendo la felicidad que le embargaba-. Pero hay que admitir que se preocupa de todo corazón por los intereses ajenos.

– Es natural que tú pienses así -terció Julia con frialdad.

– ¿De qué te quejas? A ti no te hizo tanto mal en comparación con otras viudas de proscritos -replicó el enamorado Pompeyo, sin delicadeza alguna, mirando arrobado a su futura esposa.

Julia estuvo a punto de replicar que Sila era el responsable de la muerte de su único hijo, pero optó por callar; era bien sabido que aquel bobalicón era partidario de Sila y no entendería otro punto de vista.

Y César, sentado en un rincón, se dedicó a observar detalladamente a Cneo Pompeyo Magnus sin que éste se diera cuenta. Con mirarle se veía que no era un verdadero romano, eso era evidente; los rasgos galos del picentino eran notorios en su ancho rostro y su barbilla hendida. Y oyéndole, se corroboraba la impresión, pues era pasmosa su total carencia de sutileza. El Joven Carnicero. Buen apodo.

– ¿Qué te parece? -preguntó Aurelia a César por el camino de vuelta al Subura bajo el calor del mediodía.

– Más adecuado sería preguntárselo a Mucia.

– Oh, a ella le gusta a rabiar. Mucho más de lo que le gustaba el hijo de Mario.

– No le vendrá mal, mater.

– No.

– Y tía Julia se encontrará sola sin ella.

– Sí, pero encontrará más cosas en que ocuparse.

– Lástima que no tenga nietos.

– ¡Culpa de su hijo Mario! -replicó Aurelia con aspereza.

Estaban ya casi en el vicus Patricius antes de que César reanudara la conversación.

– Mater, tengo que volver a Bitinia -dijo.

– ¿A Bitinia? Hijo, eso es poco prudente.

– Lo sé; pero di mi palabra al rey.

– ¿Una de las nuevas reglas de Sila para el Senado no es que los senadores deben pedir permiso para salir de Italia?

– Sí.

– Pues menos mal -añadió Aurelia-. Debes decir sinceramente en la cámara a dónde piensas ir. Y llevarte a Euticus y a Burgundus.

– ¿A Euticos? -inquirió César, deteniéndose y mirándola-. ¡Si es tu mayordomo! ¿Qué harías sin él? ¿Y por qué habría de llevármelo?

– Me las arreglaré sin él. Él es de Bitinia, hijo. Debes decir en el Senado que tu liberto, que sigue siendo mayordomo, tiene necesidad de viajar a Bitinia por asuntos comerciales y tienes que acompañarle, como es de rigor en todo buen amo.

César se echó a reír.

– ¡Sila tiene toda la razón! ¡Hubieras debido nacer hombre! ¡ Muy romano y sutil! Decirles claramente mi destino en lugar de fingir que voy a Grecia y que luego descubran que voy a Bitinia. Sí, las mentiras siempre se saben. Hablando de sutileza -añadió, al venirle una idea a la cabeza-, ese Pompeyo carece totalmente de ella. Me dieron ganas de pegarle cuando le dijo lo que le dijo a la pobre tía Julia. ¡Y por los dioses, qué fanfarrón es!

– Sin tasa, me imagino -añadió Aurelia.

– Me alegro de haberle conocido -dijo César-, porque así me ha dado a entender un buen motivo por el que mi baldón puede ser una buena cosa.

– ¿Qué quieres decir?

– A él no ha habido manera de situarle en su sitio. Tiene su lugar, pero no tan alto e intocable como él cree. La concatenación de circunstancias ha hecho que su engreimiento alcance límites insospechados. Todo lo que ha querido hasta ahora se lo han dado; hasta una esposa mejor de lo que merece. Y se ha acostumbrado a pensar que siempre va a ser así. Y está claro que no; algún día las cosas le irán muy mal y no podrá soportarlo. Yo al menos he aprendido ya la lección.

– ¿De verdad crees que Mucia es muy superior a lo que merece?

– ¿Tú no? -inquirió César, sorprendido.

– No, yo no. Aquí poco importa su alcurnia. Ha sido esposa del hijo de Mario, y lo fue porque su padre la dio conscientemente al hijo de un hombre nuevo. A Sila no se le olvidan esas cosas. Ni las perdona. A ese simplón le ha deslumbrado hablándole de su linaje, pero no le ha dicho los motivos por los que la daba a alguien inferior a ella.

– ¡Astuto!

– Sila es un zorro, como todos los pelirrojos desde Ulises.

– Entonces, mejor que me marche de Roma.

– ¿Después de que Sila renuncie al poder?

– Después de que Sila renuncie al poder. Dice que será después de haber supervisado la elección de los cónsules del año siguiente al próximo; dentro de unos once meses, si las supuestas elecciones se celebran en julio. Los del año que viene van a ser Servilio Vatia y Apio Claudio, pero no sé en quién habrá pensado para el otro. En Catulo probablemente.

– ¿No correrá peligro si renuncia al poder?

– En absoluto -contestó César.

Cuarta parte.

OCTUBRE DEL 80 A. DE J.C. – MAYO DE 79 A. J.C.

– Tienes que ir a Hispania -dijo Sila a Metelo Pío-. Quinto Sertorio se está apoderando del país.

Metelo Pío miró al dictador con gesto de reprobación.

– Ni mucho menos -replicó sin amilanarse-. Tiene a… ami… gos entre los lusitanos y es fuerte al oeste del Betis, pe… pe… pero cuentas con buenos gobernadores en las dos provincias hispanas.

– ¿Tú crees? -replicó Sila con gesto despectivo-. ¡Ya no! Acabo de recibir noticia de que Sertorio ha derrotado a Lucio Fufidio, pues este estúpido se arriesgó a presentarle batalla. ¡Cuatro legiones, y no ha sido capaz de derrotar a siete mil soldados de Sertorio, de los que sólo un tercio eran romanos!

– Se lle… lle… vó los romanos de Mauritania en primavera, claro -dijo Metelo Pío-. El resto son lusitanos.

– ¡Salvajes, querido Meneitos! Gentes que no valen un clavo de la suela de la caliga romana! Pero capaces de vencer a Fufidio.

– ¡Oh… Edepol!

Por algún motivo que el Meneitos no acertaba a imaginar la suave interjección provocó una risotada en Sila, y transcurrió un momento hasta que el dictador pudiese volver al lamentable tema de Quinto Sertorio.

– Mira, Meneítos, conozco hace tiempo a Quinto Sertorio. ¡Y tú también! Si Carbón hubiese podido conservarlo en Italia, tal vez no hubiera yo ganado la batalla de la puerta Colina por la simple razón de que me habrían derrotado mucho antes. Sertorio es como Cayo Mario, y la Hispania su coto privado. Cuando Lúculo le expulsó de allí el año pasado, esperaba que ese maldito degenerase convirtiéndose en un mercenario mauritano y que nunca más nos molestase. Pero me equivocaba de cabo a rabo. Primero conquistó Tingis al rey Ascalis, luego mató a Paciano y se quedó con sus tropas romanas, y ahora ha vuelto a la Hispania Ulterior y está transformando a esos lusitanos en aguerridos soldados. Tendrás que ir tú a la Hispania Ulterior de gobernador… y a principios del nuevo año, no en primavera -dijo, cogiendo una hoja y entregándosela con entusiasmo-. ¡Puedes llevarte ocho legiones! Así serán ocho legiones menos para buscarles tierras. Y si partes a últimos de diciembre, puedes hacer el viaje por mar directamente a Gades.

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