Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
Cuando todos estuvieron sentados, el doctor Monygham, que había cogido la manía de detestar cordialmente a todo el que se acercaba a la señora de Gould con cierta intimidad, se apartó a un lado, fingiendo estar sumido en honda meditación. Una frase más alta de Antonia le hizo levantar la cabeza.
– ¿Cómo podemos abandonar gimiendo en la opresión a los que hasta hace sólo unos cuantos años han sido nuestros compatriotas, y que lo son aún? -decía la señorita Avellanos. -¿Cómo hemos de permanecer ciegos, sordos y sin entrañas ante las crueles vejaciones sufridas por nuestros hermanos? Hay un remedio.
– Sí, anexionar el resto de Costaguana al orden y prosperidad de Sulaco -saltó el doctor. -No hay otro remedio.
– Estoy convencida de ello, señor doctor -replicó Antonia con grave calma de una resolución incontrastable-; esa fue desde el principio la intención del pobre Martín.
– Sí, pero los intereses materiales no dejarán poner en peligro su desenvolvimiento por una idea de piedad y de justicia -musitó el doctor con acritud. -Y tal vez esa consideración sea tan valedera como la de remediar la opresión.
El cardenal-arzobispo enderezó su humanidad estirada y huesuda.
– Hemos trabajado por esos intereses materiales de los extranjeros; los hemos creado -aseveró el último de los Corbelanes en tono profundo y acusador.
– ¡Y sin ellos ustedes no son nada! -exclamó el doctor desde su apartado asiento. -No se lo consentirán a ustedes.
– Qué se guarden muy bien si no quieren que el pueblo, contrariado en sus aspiraciones, se levante reclamando su parte de riqueza y su parte de poder! -declaró el popular cardenal-arzobispo de Sulaco con acento significativo y amenazador.
Siguió un silencio, durante el cual Su Eminencia miró fijamente al suelo con frente ceñuda, mientras Antonia reflejaba en la calma de su continente una firmeza inalterable de convicciones. La conversación giró sobre asuntos particulares, recayendo sobre la visita de los Goulds a Europa. El cardenal-arzobispo, durante su permanencia en Roma, había padecido de jaqueca constantemente. Era el clima…, el aire malsano.
Poco después tío y sobrina se retiraron; los sirvientes cayeron nuevamente de rodillas, y el viejo portero, contemporáneo de Enrique Gould, ahora casi ciego e impotente, se arrastró a besar la mano extendida de Su Eminencia. El doctor Monygham, siguiéndoles con la vista, pronunció una sola palabra:
– ¡Incorregibles!
La señora de Gould alzó los ojos, y dejó caer negligentemente en el seno las blancas manos, brillantes con el oro y la pedrería de los anillos.
– Ya están conspirando. ¡Sí! -dijo el doctor. -La última Avellanos y el último Corbelán conspiran con los refugiados procedentes de Santa Marta, que afluyen aquí después de cada revolución. El Café Lombroso del rincón de la plaza está lleno de ellos; y puede usted oír su charloteo, al través de la calle, semejante al ruido de una pajarera de papagayos. Conspiran para invadir a Costaguana. Y ¿sabe usted adonde van a buscar el nervio y la fuerza necesarios? A las sociedades secretas de los emigrantes y naturales del país, en las que Nostromo -o, por mejor decir, el capitán Fidanza- es el gran hombre. ¿A qué debe esa situación? ¿Quién lo sabe? ¿Al talento? Lo tiene sin duda. Hoy su ascendiente entre el populacho es superior al de antes. Parece poseer algún poder secreto, algún medio misterioso para sostener su popularidad. Celebra conferencias con el arzobispo, como en los antiguos días que usted y yo recordamos. Barrios está descartado por inútil; pero tienen un jefe militar en el piadoso Hernández. Y pueden sublevar al país al nuevo grito: "¡La riqueza para el pueblo!"
– ¿Es que nunca habrá paz? ¿No habrá descanso? -musitó la señora de Gould. -Creí que nosotros…
– ¡No! -interrumpió el doctor. -No hay paz ni descanso en el desenvolvimiento de intereses materiales. Esos intereses tienen su ley y su justicia; pero una ley y justicia inhumanas que se fundan en la aplicación de los medios más prácticos para conseguir su fin, sin rectitud, sin la continuidad y la fuerza que sólo puede hallarse en un principio moral. Se acerca el tiempo, señora, en que todo lo que representa la Concesión Gould gravitará tan pesadamente sobre el pueblo como la barbarie, la crueldad y el desgobierno de algunos años atrás.
– ¿Cómo puede usted decir eso, doctor Monygham? -exclamó la señora, herida al parecer en lo más sensible de su alma.
– No digo más que la pura verdad -insistió obstinadamente el doctor. -Los intereses de la Concesión harán sentir su peso opresor y provocarán odio, derramamiento de sangre y venganza, porque los hombres han cambiado. ¿Cree usted que hoy los obreros de la mina marcharían contra la ciudad para salvar al señor administrador? ¿Cree usted eso?
Doña Emilia se oprimió los ojos con el reverso de las manos enlazadas y murmuró con hondo desencanto:
– ¿Y para venir a parar aquí hemos trabajado tanto?
El doctor bajó la cabeza y siguió desenvolviendo interiormente el silencioso pensamiento de su interlocutora. ¿Para eso su vida había sido despojada de las felicidades íntimas que procuran el mutuo amor de cada día con sus ternuras, tan necesarias para la vida del alma como el aire para la vida del cuerpo? Y el doctor, indignándose contra la ceguera de Carlos Gould, mudó a toda prisa de conversación.
– De Nostromo es de quien quería hablarle yo a usted. ¡Ah! Ese individuo sí que posee la estabilidad y la fuerza. Nada acabará con él. Pero no importa eso. Está ocurriendo algo inexplicable, o tal vez demasiado fácil de explicar. Usted sabe que Linda es prácticamente la torrera del faro de la Gran Isabel. El garibaldino no puede ya con sus años. Su labor se reduce a limpiar las lámparas y hacer la cocina de la familia; pero le es imposible subir las escaleras. La ojinegra linda duerme todo el día y vela durante la noche entera. No todo el día, sin embargo. Se levanta a eso de las cinco por la tarde, cuando Nostromo, siempre que se halla en el puerto con su goleta, va a cortejarla remando en un bote.
– ¿No están casados aún? -preguntó la señora de Gould. -La madre, según mis noticias, pensaba en esa boda desde que Linda era una niña. Cuando las dos muchachas estuvieron recogidas aquí durante la guerra de Separación, esa extraordinaria Linda solía decir con la mayor naturaleza que iba a ser la esposa de Gian Battista.
– No están casados aún -afirmó secamente el doctor. -He velado un poco por el bienestar de sus protegidas.
– Gracias, querido doctor Monygham -replicó la señora, con una sonrisa juvenil de afable malicia que hizo brillar sus menudos dientes iguales bajo de la sombra de los grandes árboles. -La gente no conoce el gran fondo de bondad que hay en usted. No la deja usted traslucir, como para molestarme a mí que desde hace tiempo tengo puesta mi confianza en su buen corazón.
El doctor, contrayendo el labio superior con la expresión de morder, se inclinó rígidamente en la silla. En su condición de hombre enteramente embargado por un amor tardío, que se le presentaba no como la ilusión más espléndida, sino como una revelación desgraciada y de un valor inmenso, la vista de aquella mujer (de la que había carecido durante un año) le sugería ideas de adoración, de besar la orla de su vestido. Y este exceso de sentimiento se tradujo naturalmente en un aumento de mordacidad irónica.