Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
Vio la montaña de Santo Tomé dominando sobre el Campo, sobre todo el país, temida, odiada, opulenta; más tétrica que cualquier tirano, más implacable y autocrática que el peor gobierno; dispuesta a aplastar innumerables vidas en la expansión de su grandeza. Él no lo veía, no podía verlo. No tenía la culpa. Era intachable, intachable; pero nunca podía tenerle para sí misma. Nunca: ¡ni por una breve hora, enteramente para ella, en esta casa española que tan amada le era!
Incorregible el último de los Corbelanes, la última Avellanos, había dicho el doctor; pero ella vio claramente la mina de Santo Tomé, poseyendo, consumiendo, abrasando la vida del último de los Goulds de Costaguana; dominando el alma enérgica del hijo, como había dominado la debilidad lamentable del padre. Éxito terrible para el último de los Goulds. ¡El último! Ella había esperado por largo, largo tiempo, que tal vez… Pero ¡no! No habría más. Una desolación inmensa, y el miedo de la prolongación de su propia vida se apoderó de la primera señora de Sulaco. Con visión política se contempló sobreviviendo sola a la degradación de su joven ideal de vida, de amor, de trabajo -del todo sola en la Tesorería del Mundo. En su semblante con los ojos cerrados, se fijó la expresión honda, ciega, atormentada, de un sueño doloroso. Y con la voz indistinta del que duerme en desgracia, víctima inerte de una pesadilla implacable, murmuró inconsciente las palabras:
– ¡Intereses materiales!
Capítulo XII
Nostromo había ido enriqueciendo con suma lentitud; pero era sólo un efecto de su prudencia. Ni aun en las circunstancias más anormales y trastornadoras perdía el dominio de sí mismo. Llegar a ser esclavo de un tesoro con plena conciencia de ello, es una ocurrencia rara y de gran eficacia para perturbar el juicio. El comportamiento de Nostromo tenía, además, por causa en gran parte la dificultad de dar a la riqueza, de que era dueño, una forma utilizable. El mero hecho de irla sacando de la isla poco a poco estaba rodeado de graves obstáculos a causa del peligro inminente de ser descubierto. Tenía que visitar secretamente la Gran Isabel entre sus viajes a lo largo de la costa, que eran la fuente ostensible de su fortuna. Hasta de la tripulación de su goleta necesitaba guarecerse, porque podían espiar los pasos ocultos de su temido capitán. No se atrevía a prolongar demasiado su permanencia en el puerto. No bien había descargado su goleta, emprendía a toda prisa otro viaje, recelando despertar sospechas aun con la demora de un solo día. A veces, después de invertir en la carga y descarga una semana o más, sólo podía hacer una visita al tesoro, y el resultado de ella era un par de lingotes. Nada más. El temor de ver sorprendido su secreto le atormentaba tanto como la necesidad de proceder con tarda y recelosa cautela. Hacer las cosas furtivamente le humillaba, y, sobre todo, padecía por tener su pensamiento concentrado en el tesoro.
Una falta grave, un crimen, que penetren en la vida de un hombre, la roen como un tumor maligno, la consumen como la fiebre. Nostromo había perdido la paz; la índole genuina de sus cualidades estaba destruida. Él mismo lo echaba de ver y a menudo maldecía la mina de Santo Tomé. Su valor, su esplendidez, sus diversiones, su trabajo, todo seguía como antes; pero todo era una vergonzosa ficción. Únicamente el tesoro conservaba su realidad. Apegóse a él con mayor tenacidad mental, y, con todo eso, odiaba el contacto de los lingotes. A veces, después de ocultar un par de ellos en su camarote -fruto de una secreta expedición nocturna a la Gran Isabel-, se miraba fijamente a los dedos, sorprendiéndose de no verlos manchados de un tizne indeleble.
Había hallado medio de negociar las barras de plata en puertos distantes, adentrándose en tierra muchas millas, y esto alargaba la duración de sus viajes costeros, haciendo que sus visitas a la familia Viola fueran raras.
A pesar de eso, estaba destinado a hallar en ella su futura esposa, y así se lo había dicho una vez al mismo Giorgio. Pero el garibaldino había eludido tratar el asunto con un majestuoso gesto de su mano, poniéndose en la boca la negra y medio carbonizada pipa de agavanzo. Había tiempo de sobra: él no era hombre que impusiera marido a sus hijas.
Con el transcurso del tiempo Nostromo descubrió su preferencia por la más joven de las dos hermanas. Entre la rubia y él existían ciertas semejanzas de carácter, necesarias para que la confianza e inteligencia mutuas sean completas, sin que importen nada otras posibles diferencias de temperamento, bien marcadas, ya que sólo servirían para ejercer su especial fascinación por vía de contraste. La que fuera su esposa debería conocer su secreto, y cuando no, la vida sería imposible. Sentíase atraído por Gisela, muchacha de mirar ingenuo y nívea garganta, dócil, callada, ávida de emociones en medio de su apacible indolencia. Y al contrario Linda, con su rostro de intensa y apasionada palidez, carácter enérgico, fogosidad de lenguaje, resabios de melancolía y desdén, astilla del viejo tronco, verdadera hija del austero republicano, aunque con la voz de Teresa, le inspiraba una profunda desconfianza. Por otra parte, la pobre muchacha no podía disimular su amor a Gian Battista. Éste veía que era violento, exigente, suspicaz, sin reservas, como su alma. Pero Gisela, por su belleza blonda y cálida, exterior placidez de su genio, prenda de dócil sumisión, y por el encanto de su misteriosa condición aniñada, excitaba su pasión y aliviaba sus temores para lo venidero.
Sus ausencias de Sulaco eran largas. Al regresar del viaje más prolongado, descubrió varios lanchones cargados con bloques de piedra al pie del acantilado de la Gran Isabel; grúas y andamios encima del peñasco, y figuras de obreros, que se movían de una parte a otra, junto a una pequeña torre de faro emergiendo de sus cimientos sobre la calva del peñón.
A vista de aquella novedad sorprendente, imprevista, no soñada, se creyó perdido irremisiblemente. ¿Qué podría librarle de ser descubierto? ¡Nada! Sintióse embargado de medrosa estupefacción ante aquel fatal capricho del destino que iba a encender una luz visible a una gran distancia sobre el único rincón secreto de su vida; aquella vida, cuya verdadera esencia, valor y realidad dependían de su reflejo en los admirados ojos de los hombres. Toda su vida, menos aquel secreto, inaccesible al conocimiento de la generalidad, que se alzaba entre él y el poder propicio a escuchar y poner por obra las maldiciones auguradoras de desgracias. En aquella región de su vida reinaba la noche, tan cerrada como pocos hombres la habían visto jamás. Y allí iban a encender una luz. ¡Una luz! La vio brillar sobre su desgracia, pobreza, abyección. Alguno estaba seguro de… Tal vez alguno había ya…
El incomparable Nostromo, el capataz, el respetado y temido capitán Fidanza, el indiscutible protector de sociedades secretas, republicano como Giorgio y revolucionario de corazón (aunque de otra manera), estuvo a punto de saltar desde cubierta por encima de la borda de su propia goleta. Aquel hombre, infatuado hasta la locura, miró deliberadamente el suicidio cara a cara. Pero no llegó a perder el juicio. Le detuvo el pensamiento de que el suicidio no era una solución. Se imaginó muerto, sin que por eso la desgracia y la afrenta dejaran de seguir su camino. O, hablando con mayor propiedad, no podía imaginarse muerto. De tal modo le dominaba la idea de su propia existencia, concebida como una cosa de duración infinita en sus cambios, que en su cerebro no cabía la noción de acabamiento. La tierra gira sin término.