Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
– Temo verme abrumado por tanta gratitud. -Pero, hablando en serio, esa gente me interesa. Me he llegado varias veces al faro de la Gran Isabel para cuidar al viejo Viola.
En realidad el objeto de tales visitas -y eso no se lo dijo a la señora de Gould- fue hallar, en ausencia de ésta, el consuelo de una atmósfera de sentimientos concordes con los suyos en la austera admiración del garibaldino a la "signora inglesa -la bienhechora"; en la afección voluble, torrencial, apasionada de la ojinegra Linda por "nuestra doña Emilia -aquel ángel"; en los ojos de la rubia Gisela, vueltos al cielo expresando adoración de su protectora, ojos que después se volvían a él con una mirada de soslayo, medio ingenua, medio coqueta, que hacía exclamar al doctor mentalmente: "Si no fuera viejo y feo, creería que esa picaruela pretende enamorarme. Y tal vez sea así. Juraría que coquetea con todo el mundo".
El doctor Monygham no dijo nada de eso a la señora de Gould, providencia de la familia Viola, y en cambio volvió a lo que él llamaba "nuestro gran Nostromo".
– Lo que deseaba referir a usted es lo siguiente: Por espacio de algunos años nuestro gran Nostromo no ha hecho gran caso del viejo Viola ni de sus hijas. Verdad es también que ha estado ausente en sus viajes costeros diez meses de los doce del año. Ha venido haciendo su fortuna, según me dijo el capitán Mitchell en una ocasión, y parece que lo ha logrado a las mil maravillas. Era de esperar. Es un hombre que posee innumerables arbitrios, lleno de confianza en sí mismo, dispuesto a aprovechar todas las ocasiones y a desafiar toda clase de peligros. Recuerdo que, estando yo un día en el despacho de Mitchell, entró en él con el aire tranquilo y grave que le es peculiar. Había pasado, según dijo, una temporada lejos de esta costa, negociando en el golfo de California; y añadió, mirando a la pared, como suele, por encima de nosotros, que se alegraba de ver a su regreso el nuevo faro en construcción sobre el peñón de la Gran Isabel. Se alegraba mucho, repitió. Mitchell explicó que la Compañía O.S.N. lo construía por consejo suyo a fin de asegurar y facilitar el servicio de los vapores correos. El capitán Fidanza tuvo la amabilidad de decir que era un consejo excelente. Me parece estar viéndole retorcerse el bigote y mirar todo alrededor de la cornisa de la habitación, antes de proponer que se nombrara al viejo Giorgio torrero del faro.
– Me hablaron de ello, y me pidieron entonces mi parecer -dijo la señora de Gould. -Por cierto que indiqué mis dudas sobre la conveniencia de encerrar a las niñas en aquella isla, como en una prisión.
– Al viejo garibaldino -prosiguió el doctor- le agradó la oferta de aquel empleo. En cuanto a Linda, cualquier lugar le parecía amable y delicioso con tal que hubiera sido indicado por Nostromo. Allí como en otro sitio podría gozar de ver y hablar a su Gian Battista. Mi opinión es que siempre estuvo enamorada del incorruptible capataz. Pero hay otra cosa. Tanto el padre como la hija mayor anhelaban vivamente alejar a Gisela de las atenciones de un tal Ramírez.
– ¡Ah! -exclamó sorprendida y curiosa, la señora de Gould. -¿Ramírez? ¿Qué clase de hombre es ése?
– Un mozo de la ciudad, hijo de un cargador. De muchacho anduvo vagando, encanijado y harapiento, por el muelle, hasta que Nostromo le sacó de su miseria y le hizo un hombre. Cuando tuvo algunos años más, le puso al servicio de una gabarra, y en breve le confió la del núm.3, precisamente la que transportó la plata, señora de Gould. Nostromo la eligió por ser la más velera y fuerte de toda la flota de la Compañía. El joven Ramírez fue uno de los cinco obreros encargados de trasladar el tesoro desde la Aduana en aquella famosa noche. Al irse a pique, Nostromo, en el momento de dejar el servicio de la compañía, se le recomendó al capitán Mitchell para sucesor suyo. Le habían instruido perfectamente en todos los pormenores del oficio, y de este modo Ramírez pasó a ser, de un hambriento vagabundo, al capataz de los cargadores de Sulaco.
– Gracias a Nostromo -comentó la señora de Gould con calurosa aprobación.
– Gracias a Nostromo -repitió el doctor Monygham. -A fe mía, la influencia y el valimiento de ese prójimo me asustan siempre que pienso en ello. Nada tiene de extraño que el pobre viejo Mitchell se aviniera con gusto a nombrar a cualquier conocedor del oficio, para ahorrarse molestias. Pero lo admirable es que los cargadores de Sulaco aceptaran a Ramírez por jefe, sencillamente porque así se le había antojado a Nostromo. Por supuesto, no sirve para descalzarle a éste, ni tiene su prestigio, aunque él soñara con igualarle; pero, así y todo, alcanzó un puesto de bastante consideración. Esto le envalentonó para aspirar a Gisela Viola, que, como usted sabe, está reconocida por una belleza en la ciudad. Pero el viejo garibaldino le cobró una aversión violenta, no sé por qué. Quizá porque no era un modelo de perfección, como su Gian Battista, verdadera encarnación del valor, de la fidelidad y del honor "del pueblo". El signor Viola tiene en poco a los naturales de Sulaco. Así, pues, el viejo de espartanas virtudes y la cariblanca Linda, de labios carmíneos y ojos de azabache, vigilaban con feroz solicitud a la rubia. Se previno a Ramírez que se abstuviera de hablarle, y según me han dicho, Viola llegó a amenazarle una vez con la escopeta.
– Y de la misma Gisela ¿qué me dice usted? -inquirió la señora de Gould.
– Que es algo coqueta, a lo que creo -respondió el doctor. -Me parece que ha de importarle poco seguir o dejar las relaciones con Ramírez. Por supuesto, le gustan las atenciones de los hombres. Ramírez no ha sido el único novio, permítame usted decírselo, señora de Gould. También ha habido un maquinista del ferrocarril a quien se ha intimidado con la escopeta alejarse de la muchacha. El viejo Viola no permite que se juegue con su honor. Desde la muerte de su mujer se ha vuelto irritable y suspicaz. Por eso se alegró en el alma de sacar de la ciudad a la muchacha. Pero repare usted en lo que ocurre, señora. Al honrado pretendiente Ramírez, enamorado hasta los tuétanos, se le ha prohibido poner los pies en la isla. Perfectamente. El hombre respeta la prohibición, pero, como es natural, vuelve con frecuencia los ojos a la Gran Isabel. Hasta ha dado en la manía de pasarse la mayor parte de la noche mirando al faro. Y es el caso que durante esas vigilias sentimentales ha descubierto que Nostromo, o sea, el capitán Fidanza, regresa muy tarde de sus visitas a los Viola. A veces a medianoche.
El doctor se detuvo y miró significativamente a la señora de Gould.
– Sí. Pero no comprendo-balbuceo ella con airé de perplejidad.
– "Ahora viene lo más curioso -continuó el doctor Monygham. -Viola, que manda como rey y señor en la isla, no consiente visitante alguno en ella después de oscurecer. El mismo capitán Fidanza tiene que ausentarse de allí en cuanto Linda ha subido a encender y cuidar la luz. Y Nostromo parte, obedeciendo puntualmente. Pero ¿qué sucede después? ¿Qué hace en el golfo entre seis y media y medianoche? Se le ha visto más de una vez en esa hora avanzada remando tranquilamente en el puerto.
"Ramírez está devorado de celos. No se atrevió a llegarse al viejo Viola para explicarle lo que ocurría: pero se armó de valor para desahogar su rabia con Linda un domingo por la mañana, con ocasión de haber venido la muchacha a tierra firme para oír misa y visitar el sepulcro de su madre. Hubo una pelotera en el muelle entre los dos, y yo la presencié.
"Era todavía muy temprano. Sin duda él la había estado esperando de intento. Yo estuve allí por la singular coincidencia de haber sido llamado con urgencia para una consulta por el médico de la cañonera alemana que estaba en el puerto. La muchacha lanzó contra Ramírez furiosos insultos y desprecios; el enamorado parecía haber perdido el juicio. Fue una escena extraña, señora, en la soledad del largo muelle, con su rabioso cargador, ceñido de faja encarnada, y la joven toda de negro, ambos en el extremo de aquél; el puerto reposando en la quietud de la madrugada del domingo a la sombra de las montañas; una o dos canoas moviéndose entre los barcos anclados y el esquife de la cañonera alemana que venía por mí.