El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Samuel emitió una especie de gorgoteo, que Richard se tomó por risa.
—Ama no miedo del Buscador.
Se aproximaba el amanecer cuando, al llegar al borde de una pendiente que descendía hacia un oscuro bosque, Samuel señaló hacia abajo con uno de sus largos brazos.
—Fuentes del Agaden. Ama —anunció la criatura, lanzando una sonrisa burlona.
En el bosque reinaba un calor opresivo. Richard se quitó la capa y se la guardó en la bolsa, tras lo cual hizo lo propio con la de Kahlan. Samuel lo dejó hacer sin protestar. Parecía feliz y seguro de sí mismo por haber regresado a su casa. Richard fingió que era capaz de ver adónde se dirigían, pues no quería que Compañero supiera que apenas distinguía nada en la densa oscuridad del bosque. Cogido a la cuerda, se dejaba guiar como si estuviera ciego. Samuel brincaba por el bosque como si se encontraran bajo el sol de mediodía. Cada vez que volvía su calva cabeza hacia su captor, sus ojos amarillos refulgían como dos faroles.
A medida que la luz del alba fue bañando lentamente el bosque, Richard empezó a distinguir a su alrededor enormes árboles cubiertos por musgo, marjales de cenagosas aguas negras que emanaban vapores, así como ojos parpadeantes que lo acechaban en las sombras. En medio de la neblina y los vapores resonaban gritos apagados. Mientras avanzaba cuidadosamente por la maraña de raíces, Richard pensó que aquel lugar le recordaba el pantano Sierpe. Desde luego, en el aire flotaba el mismo olor de podredumbre.
—¿Falta mucho?
—No —repuso Samuel con una sonrisa burlona.
Richard tensó la cuerda.
—Recuerda, si algo va mal tú serás el primero en morir.
La sonrisa se esfumó de aquellos labios exangües.
De vez en cuando, Richard distinguía huellas en el barro; las mismas que descubriera en la nieve. Kahlan seguía caminando. Unas formas oscuras que se ocultaban en las sombras y la densa maleza los seguían, lanzando de vez en cuando gritos y aullidos. Muy inquieto, Richard se preguntó si serían más seres semejantes a Samuel. O algo peor. Algunas figuras los seguían desde las copas de los árboles, manteniéndose fuera de su vista. Pese a los esfuerzos que hacía para conservar la calma, no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el espinazo.
Samuel se apartó del camino para no tropezar con raíces retorcidas de un árbol achaparrado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Richard, tirando de la cuerda para detener a Compañero.
—Mira —contestó Samuel con una amplia sonrisa. La criatura cogió una rama resistente, tan gruesa como su muñeca, y la arrojó por lo bajo hacia las raíces del árbol. Las raíces salieron disparadas y se enrollaron alrededor de la rama, a la que luego engulleron bajo la maraña. Richard oyó cómo crujía al romperse. Samuel se rió profiriendo gorgoteos.
A medida que el sol ascendía en el horizonte, los bosques de las Fuentes del Agaden parecían sumirse en la negrura. Por encima de sus cabezas se entrelazaban ramas muertas y, de vez en cuando, la neblina invadía el camino. A ratos, Richard ni siquiera lograba ver a Samuel al otro extremo de la húmeda cuerda. Pero no cesaba de oír extraños sonidos: arañazos, ruido de garras, silbidos, seres invisibles que lanzaban chasquidos. A veces, la neblina se arremolinaba y giraba sobre sí misma cuando diversas criaturas pasaban a todo correr a su lado, sin ser vistas.
Richard recordó la afirmación de Kahlan: podían darse por muertos. El joven trató de desterrar esa idea de su mente. Kahlan le había dicho que no conocía personalmente a la bruja, que todo lo que sabía de ella era de oídas. Pero lo que había oído contar la aterrorizaba. Quienes se acercaban a su cubil nunca regresaban. Ni siquiera un mago podía ir a las Fuentes del Agaden, había declarado Kahlan. No obstante, el suyo era un conocimiento de segunda mano, pues no había visto nunca a Shota. A lo mejor lo que se contaba sobre la bruja era exagerado. Aunque tal vez no, se dijo Richard mientras sus ojos escudriñaban el bosque amenazante e intimidador.
Allí delante, entre la maraña de árboles, se veía luz, sol y el sonido de un curso de agua. Cuanto más avanzaban, más luz había. Pronto llegaron a la linde del tenebroso bosque, donde la senda iba a morir. Samuel gorgoteó de alegría.
Al bajar la mirada Richard contempló un largo valle, verde, brillante y bañado por la luz del sol, rodeado por enormes picos recortados que se elevaban hacia lo alto. Entre los bosquecillos de robles, hayas y arces, que exhibían sus suntuosos colores otoñales, los campos de hierba dorada se mecían por efecto de la brisa. Situado en el borde del oscuro bosque, el joven se sentía como si se encontrara en plena noche y mirara al día. Junto a ellos, el agua caía en cascada de las rocas y desaparecía silenciosamente hasta llegar a los estanques y arroyos transparentes del valle, a los que se unía con un audible rugido. El vapor de agua los rodeaba y les humedecía el rostro.
—Ama —anunció Samuel, señalando al valle.
Richard asintió y lo apremió para que siguiera adelante. Samuel lo guió por un laberinto de maleza, densas arboledas y peñas cubiertas de helechos, hasta un lugar que Richard jamás hubiera encontrado solo: una senda oculta detrás de rocas y plantas trepadoras, al borde del precipicio, y que conducía al fondo del valle. Mientras descendían, desde la senda podía gozarse de hermosas vistas del valle. Suaves lomas salpicadas de las manchas verdes de los grupos de árboles, corrientes de agua que serpenteaban entre los campos y taludes, y un brillante cielo azul.
En el centro de aquel paisaje, situado en medio de una alfombra formada por grandiosos árboles, se levantaba un palacio de impresionante gracia y esplendor. Delicadas agujas buscaban el cielo, tenues puentes salvaban el abismo que mediaba entre las torres, y las escaleras caracoleaban en torno a las torretas. En todos los puntos elevados ondeaban al viento coloridos estandartes y banderines, emitiendo un quedo sonido. El magnífico palacio parecía alzarse jubiloso hacia el cielo.
Richard se quedó sin habla, con la boca abierta, incapaz de dar crédito a sus ojos. El joven amaba la ciudad del Corzo, donde había nacido, pero nada era comparable a lo que estaba contemplando. Era, simplemente, el lugar más bello que hubiera visto en toda su vida. Ni en sueños hubiera imaginado que existiera un lugar de tan exquisita belleza.
Captor y prisionero se pusieron de nuevo en marcha, descendiendo hacia el valle. En algunos tramos había escalones, miles de ellos, labrados en la roca, que descendían describiendo eses, atravesando la roca y girando hacia abajo. A veces volvían a subir en espiral sobre sí mismos. Samuel bajaba los escalones saltando, como si ya lo hubiera hecho centenares de veces. Era evidente que se sentía feliz por estar de nuevo en casa, cerca de la protección de su ama.
En el fondo la luz del sol bañaba un camino que atravesaba colinas salpicadas por árboles y cálidos campos de hierba. Samuel caminaba dando saltos a su extraño modo, sin cesar de gorgotear. De vez en cuando Richard tiraba de la cuerda para recordarle que seguía sosteniendo el otro extremo.
A medida que cruzaban el valle hacia el palacio, siguiendo durante un rato un arroyo de aguas cristalinas, los árboles fueron haciéndose más y más numerosos. Cada uno de ellos era un magnífico espécimen que protegía el camino o un campo del brillante sol. El camino ascendía suavemente. En la cumbre de una elevación, los árboles parecían reunirse para rodear y proteger un determinado lugar. Entre las ramas superiores Richard divisó las agujas del palacio.
Así se internaron en una tranquila, sombreada y envolvente catedral de árboles. Richard oía el suave murmullo del agua, que fluía entre musgosas rocas. Algunas serpentinas brumosas de luz solar lograban penetrar en la silenciosa y tranquila zona. En el aire flotaba el dulce aroma de la hierba y las hojas.
Samuel extendió el brazo para señalar. Richard miró adonde señalaba: el corazón del valle, resguardado por los árboles. Había una roca de cuyo centro borboteaba el agua de un manantial, que luego fluía por los costados de la roca para unirse a un arroyuelo salpicado de brillantes piedras verdes por el musgo. Una mujer ataviada con un largo vestido blanco y con el pelo castaño claro estaba sentada en el borde de la roca, de espaldas a ellos, con los dedos hundidos en el agua transparente. La escena aparecía iluminada por manchas de sol. Aunque estaba de espaldas, a Richard se le antojó vagamente familiar.