El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—¿Quién es tu ama?
—¡Ama! —La criatura temblaba, suplicando que su ama fuera a rescatarlo—. Ama es Shota.
Richard echó ligeramente la cabeza hacia atrás.
—¿Tu ama es la bruja Shota?
La criatura asintió vigorosamente.
—¿Por qué se ha llevado a la hermosa señora? —quiso saber el joven, aferrando con más fuerza la empuñadura del arma.
—No sé. Quizá para jugar con ella. Quizá para matarla. Quizá para cogerte a ti —añadió, levantando la mirada hacia Richard.
—Date media vuelta —le ordenó el joven. La criatura se estremeció—. ¡Obedece o te atravieso con la espada!
La criatura obedeció al punto, temblando como una hoja. Richard apoyó una bota encima de la parte baja de su espalda, debajo de las angulosas protuberancias de la columna. Entonces rebuscó en su bolsa, de la que sacó una cuerda. A continuación hizo un lazo con ella y la anudó alrededor del cuello de la criatura.
—¿Tienes un nombre?
—Compañero. Soy compañero de ama. Samuel.
Richard tiró de él para levantarlo. En la piel grisácea del pecho se le habían quedado adheridas unas hojas.
—Bueno, Samuel, vamos a buscar a tu ama. Tú me guiarás. Si haces un solo movimiento en falso, te rompo el cuello con esta cuerda. ¿Entendido?
Samuel se apresuró a asentir con la cabeza y, luego, echando una mirada de soslayo a la cuerda, asintió más lentamente.
—Fuentes del Agaden. Compañero te lleva. ¿Tú matarme?
—Si me guías hasta allí, hasta tu ama y la hermosa señora, no. No te mataré.
Richard tensó la cuerda para hacer saber a su prisionero quién mandaba, y se guardó la espada.
—Toma, tú llevarás la mochila de la hermosa señora.
Samuel arrebató la mochila de manos de Richard, exclamando: «¡Mía! ¡Dame!». Inmediatamente se puso a hurgar dentro con sus manazas.
Richard dio un tirón seco a la cuerda.
—Eso no te pertenece. ¡Fuera las manos de la mochila!
Unos ojos amarillos saltones llenos de odio lo miraron.
—Cuando ama te mate, Samuel te comerá.
—Eso si no te como yo antes —se mofó Richard—. Tengo bastante hambre. Tal vez tomaré uno o dos filetes de Samuel por el camino.
La mirada de odio se tornó en una amarilla mirada de terror.
—¡No, por favor! ¡No matar! Samuel te guiará hasta ama y hermosa señora. Prometo. —La criatura se echó la mochila a la espalda y dio unos pocos pasos, hasta que la cuerda se tensó—. Sigue a Samuel. Deprisa —apremió al joven, empeñado en demostrarle lo útil que le sería vivo—. No cocinar a Samuel, por favor —masculló una y otra vez, mientras avanzaba por la senda.
Richard no tenía ninguna idea de qué tipo de criatura podía ser Samuel. Había algo familiar en él, algo perturbador. No era muy alto, pero sí de complexión robusta. La mandíbula aún le dolía por el revés que le había propinado Samuel, y la cabeza y el cuello le palpitaban por haber sido golpeados contra el suelo.
Samuel tenía unos brazos extremadamente largos, que casi le llegaban al suelo y caminaba con un extraño contoneo, sin dejar de mascullar que no quería acabar en la cazuela. Su única ropa eran unos pantalones cortos de color oscuro, que se sujetaba con tirantes. Tenía una barriga redonda y repleta de algo que Richard prefería no imaginarse. No le quedaba ni un solo pelo en el cuerpo y la palidez de su piel sugería que no le había dado el sol en años. De vez en cuando, Samuel recogía una ramita o una piedra y exclamaba: «¡Mía! ¡Dame», sin dirigirse a nadie en particular. Pero enseguida perdía todo el interés y las soltaba.
Vigilando atentamente tanto el bosque como a Samuel, Richard siguió a Compañero, incitándolo a que fuera más rápido. Temía por Kahlan y estaba furioso consigo mismo. El Viejo John, o el calthrop, fuera lo que fuese, lo había engañado como a un niño de pecho. No podía creer lo estúpido que había sido. Se había tragado aquella historia porque deseaba creer, deseaba con todas sus fuerzas volver a ver a Zedd. Era precisamente lo que siempre había dicho a los demás que debían evitar. Y, encima, había proporcionado al monstruo la información que éste le había repetido como prueba de que no mentía. Richard se sentía furioso consigo mismo por haber cometido tamaña estupidez. Y también se sentía avergonzado.
La gente cree lo que quiere creer, había dicho a Kahlan, pero él había caído en el mismo error y ahora la bruja la tenía a ella. Por su estupidez Richard había bajado la guardia y había ocurrido lo que Kahlan más temía. Parecía que cada vez que él bajaba la guardia, Kahlan pagaba las consecuencias. Richard se juró a sí mismo que si la bruja hacía algún daño a Kahlan, él le demostraría de qué era capaz la cólera de un Buscador.
Una vez más se increpó a sí mismo. Estaba dejando volar su imaginación. Si Shota hubiera querido matar a Kahlan, lo habría hecho allí mismo. No se la habría llevado a las Fuentes del Agaden. Pero ¿por qué se la llevaba a su cubil? La única explicación era que, como decía Samuel, quisiera jugar con ella. Richard trató de apartar ese pensamiento de su mente. Seguramente lo quería a él y no a Kahlan. Probablemente por eso el calthrop había huido tan súbitamente; porque la bruja lo había ahuyentado.
Al llegar a la bifurcación por la que habían pasado antes, Samuel tomó inmediatamente la senda de la izquierda. Aunque ya anochecía, Compañero no aflojó el paso. La trocha se hizo muy empinada. Muy pronto dejaron atrás los árboles para seguir una vereda abierta en terreno rocoso que trepaba sin tregua hacia los picos recortados, cubiertos de nieve.
En la nieve, iluminada por la luna, Richard distinguió dos series de huellas, una de las cuales pertenecía a Kahlan. «Una buena señal —pensó—. Esto significa que aún sigue viva». Al parecer, Shota no pretendía matarla, al menos, no enseguida.
Richard y Samuel avanzaban penosamente por las laderas de aquellas montañas nevadas, por una senda cubierta por los últimos flecos de una nieve húmeda y pesada. Richard se dio cuenta de que, sin Compañero que lo guiara, le hubiera costado varios días llegar a los picos. El viento gélido, que soplaba entre los huecos que dejaban las peñas, los azotaba y arrastraba sus gélidos alientos. Samuel temblaba. Richard se puso la capa y después sacó la de Kahlan de la mochila que llevaba Samuel.
—Esta capa pertenece a la hermosa señora. Te la presto, de momento, para que te protejas del frío.
Samuel le arrebató la capa, a la vez que repetía su ya habitual cantinela: «¡Mía! ¡Dame!».
—Si es así como vas a comportarte, no dejaré que la lleves. —Richard tensó la cuerda y recuperó la capa.
—Por favor —suplicó Compañero—. Samuel frío. Por favor. ¿Puedo llevar capa de hermosa señora?
Richard se la volvió a dar. Esta vez Compañero la cogió lentamente y se cubrió los hombros con ella. A Richard se le ponía la piel de gallina cuando contemplaba a aquel pequeño ser. Cogió un pedazo de pan de tava y lo fue comiendo mientras caminaban. Samuel no dejaba de echarle vistazos por encima del hombro, para ver cómo Richard comía. Cuando éste ya no pudo soportarlo por más tiempo, le ofreció un trozo.
—¡Mío! ¡Dame! —exclamó Samuel, extendiendo sus manazas. Richard puso el pan fuera de su alcance, ante lo cual unos suplicantes ojos amarillos alzaron la vista hacia él a la luz de la luna—. Por favor. —Cautamente, Richard dejó el trozo de pan en las ávidas manos de Compañero.
Samuel iba parloteando mientras avanzaban con dificultad por la nieve. Se había comido el pan de un bocado. Richard sabía que, si le daba la oportunidad, le cortaría el pescuezo sin pensarlo dos veces. No parecía poseer ninguna virtud que pudiera redimirlo.
—Samuel, ¿por qué Shota te mantiene junto a ella?
Samuel le lanzó una mirada de desconcierto por encima del hombro, y repuso:
—Samuel Compañero.
—¿Y no se enfadará tu ama por llevarme hasta ella?