El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—¿También se marchará Bernardo con sus prisioneros? —pregunté con un hilo de voz.
—Seguramente. Aquí ya no tiene nada que hacer. Querrá llegar a Aviñón antes que Michele, pero cuidando de que la llegada de este último coincida con el proceso del cillerero, franciscano, hereje y asesino. La hoguera del cillerero será la antorcha propiciatoria que alumbrará el primer encuentro de Michele con el papa.
—¿Y qué le sucederá a Salvatore… y a la muchacha?
—Salvatore acompañará al cillerero, porque tendrá que ser testigo en su proceso. Puede ser que a cambio de ese servicio Bernardo le perdone la vida. Quizá lo deje huir y luego lo haga matar. También podría ser que lo dejara realmente en libertad, porque alguien como Salvatore no interesa para nada a alguien como Bernardo. Quizás acabe asesinando viajeros en algún bosque del Languedoc…
—¿Y la muchacha?
—Ya te he dicho que es carne de hoguera. Pero la quemarán antes, por el camino, para edificación de alguna aldea cátara de la costa. He oído decir que Bernardo tendrá que encontrarse con su colega Jacques Fournier (recuerda este nombre; por ahora quema albigenses, pero apunta más alto), y una hermosa bruja sobre un montón de leña servirá muy bien para acrecentar el prestigio y la fama de ambos…
—¿Pero no puede hacerse algo para salvarlos? —grité—. ¿No puede interceder el Abad?
—¿Por quién? ¿Por el cillerero, que es un reo confeso? ¿Por un miserable como Salvatore? ¿O acaso piensas en la muchacha?
—¿Y si así fuese? —me atreví a responder—. En el fondo, es la única inocente de los tres. Sabéis bien que no es una bruja…
—¿Y crees que después de lo que ha sucedido el Abad estaría dispuesto a arriesgar el poco prestigio que le queda para salvar a una bruja?
—¡Asumió la responsabilidad de la fuga de Ubertino!
—Ubertino era uno de sus monjes, y no estaba acusado de nada. Además, qué tonterías me estás diciendo: Ubertino era una persona importante. Bernardo sólo hubiese podido atacarlo por la espalda.
—De modo que el cillerero tenía razón: ¡los simples siempre pagan por todos, incluso por quienes hablan a favor de ellos, incluso por personas como Ubertino y Michele, que con sus prédicas de penitencia los han incitado a la rebelión!
Estaba desesperado; ni siquiera se tenía en cuenta que la muchacha no era una hereje de los fraticelli, seducida por la mística de Ubertino. Era una campesina, y pagaba por algo que no tenía nada que ver con ella.
—Así es —me respondió tristemente Guillermo—. Y si lo que estás buscando es una esperanza de justicia, te diré que algún día, para hacer las paces, los perros grandes, el papa y el emperador, pasarán por encima del cuerpo de los perros más pequeños que han estado peleándose en su nombre. Y entonces Michele o Ubertino recibirán el mismo trato que hoy recibe tu muchacha.
Ahora sé que Guillermo estaba profetizando, o sea razonando sobre la base de principios de filosofía natural. Pero en aquel momento ni sus profecías ni sus razonamientos me brindaron el menor consuelo. Lo único cierto era que la muchacha sería quemada. Y yo me sentía en parte responsable de su suerte, porque de algún modo en la hoguera expiaría también el pecado que yo había cometido con ella.
Sin ningún pudor estallé en sollozos, y corrí a refugiarme en mi celda. Pasé toda la noche mordiendo el jergón y gimiendo impotente, porque ni siquiera me estaba permitido lamentarme —como había leído en las novelas de caballería que compartía con mis compañeros de Melk— invocando el nombre de la amada.
Del único amor terrenal de mi vida no sabía, ni supe jamás, el nombre.
SEXTO DÍA
MAITINES
Bajamos para ir a maitines. Aquella última parte de la noche, ya casi la primera del nuevo día, era aún neblinosa. Mientras atravesábamos el claustro, la humedad se me metía hasta los huesos, molidos por la mala noche que acababa de pasar. Aunque la iglesia estuviese fría, lancé un suspiro de alivio cuando pude arrodillarme bajo sus bóvedas, al abrigo de los elementos, reconfortado por el calor de los otros cuerpos y de la oración.
A poco de empezar el canto de los salmos, Guillermo me señaló un sitio vacío en los asientos que había frente a nosotros entre el sitio de Jorge y el de Pacifico da Tivoli. Era el asiento de Malaquías. En efecto, éste siempre se sentaba junto al ciego. No éramos los únicos que habíamos advertido su ausencia. De una parte, sorprendí la mirada inquieta del Abad que ya sabía muy bien qué sombrías noticias anunciaban aquellas ausencias. Y de otra parte percibí una extraña agitación en el viejo Jorge. La oscuridad casi no dejaba ver su rostro, tan indescifrable por lo común debido a los ojos blancos privados de luz, pero sus manos estaban nerviosas e inquietas. En efecto, varias veces tanteó a su lado, como para controlar si el sitio seguía vacío. A intervalos regulares repetía este ademán, como si esperase que el ausente reapareciera en cualquier momento, pero al mismo tiempo temiese que ya no volviera a aparecer.
—¿Dónde estará el bibliotecario? —pregunté a Guillermo en un susurro.
—Ahora —respondió Guillermo—, Malaquías es el único que tiene acceso al libro. Si no es el culpable de los crímenes, quizás ignore los peligros que ese libro encierra…
Era todo lo que podía decirse por el momento. Sólo quedaba esperar. Y esperamos: nosotros; el Abad, cuya vista seguía clavada en la silla vacía; y Jorge, que no dejaba de interrogar la sombra con las manos.
Cuando acabó el oficio, el Abad recordó a los monjes y a los novicios que debían prepararse para la gran misa de Navidad, y que, como era habitual, el tiempo que faltaba hasta laudes se dedicaría a probar el ajuste de la comunidad en la ejecución de algunos de los cantos previstos para dicha ocasión. En efecto, aquella escuadra de hombres devotos estaba armonizada como un solo cuerpo y una sola voz, y a través de los años había llegado a reconocerse unida en el canto, como una sola alma.
El Abad invitó a entonar el Sederunt:
Me pregunté si el Abad no habría decidido que se cantara aquel gradual precisamente aquella noche, en que aún asistían al oficio los enviados de los príncipes, para recordar que desde hacía siglos nuestra orden estaba preparada para hacer frente a la persecución de los poderosos apoyándose en su relación privilegiada con el Señor, Dios de los ejércitos. Y en verdad el comienzo del canto produjo una impresión de inmenso poder.
Con la primera sílaba, se, comenzó un lento y solemne coro de decenas y decenas de voces, cuyo sonido grave inundó las naves y aleteó por encima de nuestras cabezas, aunque al mismo tiempo pareciese surgir del centro de la tierra. Y mientras otras voces empezaban a tejer, sobre aquella línea profunda y continua, una serie de solfeos y melismas, aquel sonido telúrico no se interrumpió: siguió dominando y se mantuvo durante el tiempo que necesita un recitante de voz lenta y cadenciosa para repetir doce veces el Ave Maria. Y como liberadas de todo temor, por la confianza que aquella sílaba obstinada, alegoría de la duración eterna, infundía a los orantes, las otras voces (sobre todo las de los novicios), apoyándose en aquella pétrea e inconmovible base, erigían cúspides, columnas y pináculos de neumas licuescentes que sobresalían unos por encima de los otros. Y mientras mi corazón se pasmaba de deleite por la vibración de un climacus o de un porrectus, de un torculus o de un salicus,[145] aquellas voces parecían estar diciéndome que el alma (la de los orantes, y la mía, que los escuchaba), incapaz de soportar la exuberancia del sentimiento, se desgarraba a través de ellos para expresar la alegría, el dolor, la alabanza y el amor, en un arrebato de suavísimas sonoridades. Mientras tanto, el obstinado empecinamiento de las voces atónicas no cejaba, como si la presencia amenazadora de los enemigos, de los poderosos que perseguían al pueblo del Señor, no acabara de disiparse. Hasta que, por último, aquel neptúnico tumulto de una sola nota pareció vencido, o al menos convencido, y atrapado, por el júbilo aleluyático que lo enfrentaba, y se resolvió en un acorde majestuoso y perfecto, en un neuma supino.
144
Sederunt principes, [se sentaron los príncipes] et adversus me, [y contra mí] loquebantur, iniqui. [hablaban, los malvados.] Adjuva me, Domine, [Ayúdame, Señor] Deus meus salvum me fac, [Dios mío, hazme salvo] propter magnam misericordiam tuam, [por tu gran misericordia,] (Salmos 118,23,86 y 117,25).
145
«vibración o tono graduado o ascendente, llano o extendido, torcido o apretado, saltarino o impulsivo». Estas interpretaciones respecto de la calidad de las vibraciones musicales son, por mi parte, sólo aproximativas de la realidad que el autor quiere señalar seguramente al anunciar estos vocablos de raíz latina indudable.