El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Al llegar al sendero principal redujo la marcha y esperó hasta que los guardias le dieron la espalda. La muñeca mágica estaba ahí, justo donde Giller había dicho. Se metió la cerilla en el bolsillo y abrazó la muñeca con todas sus fuerzas antes de esconderla en su espalda. Rachel le susurró que estuviera callada. Ardía en deseos de llegar al pino hueco y contarle lo mala que había sido la princesa Violeta al ordenar que cortaran la cabeza a ese hombre. La niña escrutó la oscuridad que la rodeaba.
Nadie miraba, nadie la había visto coger la muñeca. Había hombres patrullando el camino de ronda del muro exterior y guardias de la reina en la puerta, muy tiesos en sus armaduras. Sobre ésta llevaban elegantes uniformes —túnicas rojas sin mangas con el escudo de la reina en el pecho: la cabeza de un lobo negro—. Al llegar junto a ellos, levantaron la pesada barra de hierro y dos de ellos empujaron la chirriante puerta para dejarla salir, sin siquiera mirar qué llevaba a la espalda. Cuando oyó el ruido de la barra al ser colocada de nuevo en su sitio, se dio la vuelta para mirar las espaldas de los guardias en el muro y, finalmente, sonrió y echó a correr; aún le quedaba un largo trecho.
Unos ojos oscuros la vigilaban desde una alta torre, la vieron cruzar los puestos de guardia sin levantar la más mínima sospecha ni interés, como un soplo de brisa que pasara entre los colmillos de una bestia; después atravesar la puerta del jardín abierta en el muro exterior, que impedía que ejércitos enemigos entraran y los traidores salieran; cruzar el puente donde cientos de enemigos habían caído en batalla; y, finalmente, correr entre los campos, descalza, desarmada, inocente, hasta llegar al bosque. A su lugar secreto.
Zedd golpeó furioso la fría chapa de metal con la mano. Lentamente, la maciza puerta de piedra se cerró con un chirrido. El mago tuvo que pasar por encima de los cuerpos de los guardias de D’Hara para llegar al muro bajo. Sus dedos descansaron sobre la familiar y lisa piedra, mientras él se inclinaba hacia adelante y contemplaba la ciudad dormida a sus pies.
Desde la muralla, que se alzaba en la ladera de una montaña, la ciudad ofrecía un aspecto pacífico. Pero el mago ya se había deslizado por sus oscuras calles y había visto tropas por todas partes. Esas tropas habían costado muchas vidas, en ambos bandos.
Pero eso no era lo peor.
Rahl el Oscuro debía de haber estado allí. Zedd estrelló el puño contra la piedra. Tenía que ser él quien se lo hubiera llevado.
La intrincada red de escudos debería haber aguantado, sin embargo no había sido así. Había tardado demasiados años en volver. Había sido un tonto.
—No hay nada sencillo —susurró.
30
—Kahlan —preguntó Richard—, cuando estábamos con la gente barro y ese hombre dijo que Rahl había llegado montado en un demonio rojo, ¿sabes a qué se refería?
Tras abandonar a la gente barro, caminaron durante tres días por la llanura acompañados por Savidlin y sus cazadores. Al despedirse le habían prometido que removerían cielo y tierra en busca de Siddin. El hombre barro los había mirado con ojos tristes. La siguiente semana se la pasaron ascendiendo por las montañas Rang’Shada, la vasta cresta rocosa que, tal como Kahlan le había explicado, ocupaba el nordeste de la Tierra Central y cuyo corazón albergaba las Fuentes del Agaden. Era éste un lugar rodeado por picos recortados que formaban algo así como una corona de espinas destinada a mantener alejado a todo el mundo.
—¿No lo sabes? —contestó ella, algo sorprendida.
Al ver que el joven negaba con la cabeza, Kahlan se dejó caer sobre un montículo de rocas para descansar. Richard se desprendió de la pesada mochila con un gruñido, se desplomó en el suelo y apoyó la espalda contra una peña. Acto seguido se tumbó y colocó los brazos sobre la peña para desentumecerlos. Sin el barro negro y blanco que le embadurnaba el rostro, veía a Kahlan distinta. Durante aquellos tres días se había llegado a acostumbrar a verla con ese aspecto.
—¿A qué se refería? —insistió.
—Hablaba de un dragón.
—¡Un dragón! ¿Hay dragones en la Tierra Central? Nunca creí que fuesen criaturas reales.
—Pues lo son. Pensé que ya lo sabías —dijo ella, mirándolo con el ceño fruncido. Richard sacudió la cabeza una sola vez—. Bueno, supongo que es normal, pues en la Tierra Occidental la magia no existe y los dragones son seres mágicos. Creo que es así como vuelan, con la ayuda de la magia.
—Yo pensaba que los dragones eran sólo una leyenda, cuentos de viejas. —Richard lanzó un guijarro y miró cómo rebotaba contra una peña.
—Quizá sean cuentos que se cuentan al amor de la lumbre, pero se basan en recuerdos. En cualquier caso, los dragones son muy reales. —Kahlan se levantó el pelo de la nuca con los pulgares para refrescarse un poco, a la vez que cerraba los ojos—. Hay diferentes tipos de dragones: grises, verdes, rojos, y otros menos comunes. Los grises son los más pequeños y bastante tímidos. Los mayores y más inteligentes son los rojos. En la Tierra Central algunas personas tienen un dragón gris como mascota y para la caza, pero nadie tiene dragones verdes; son bastante tontos, tienen muy mal genio y pueden ser peligrosos. —La mujer abrió un poco los ojos y ladeó la cabeza para mirar a Richard con las cejas arqueadas—. Los rojos son un tema aparte; son capaces de freírte y comerte en un abrir y cerrar de ojos. Y, además, son muy listos.
—¡Comen personas! —Richard se presionó los ojos con el borde de las palmas de las manos y lanzó un gruñido.
—Sólo si tienen mucha hambre o están enfadados. No les servimos para saciar su enorme apetito. —Cuando Richard apartó las manos de los ojos y los abrió, se encontró con los ojos verdes de la mujer, que lo miraban—. Lo que no entiendo es qué está haciendo Rahl con un rojo.
Richard recordó la figura roja en el cielo que sobrevolaba el bosque Alto Ven, justo antes de ver por primera vez a Kahlan. Entonces, arrojó otro guijarro contra la peña.
—Supongo que así es como consiguen salvar distancias tan grandes —aventuró.
—No —comentó Kahlan—, lo que quiero decir es que no entiendo por qué un dragón rojo se somete a él. Los rojos son ferozmente independientes, no toman partido en los asuntos de los humanos. De hecho, les importan un ardite. Prefieren morir antes que someterse, y créeme que no mueren sin luchar con todas sus fuerzas. Como ya he dicho, son criaturas mágicas, e incluso Rahl el Oscuro las pasaría moradas para vencer a una de ellas. Aunque su magia amenazara con matar a los dragones rojos, a ellos no les importaría; preferirían morir antes que ser dominados. Lucharían hasta matar o morir. —Kahlan se inclinó ligeramente hacia Richard y bajó la voz para añadir—: Me cuesta imaginarme a Rahl volando a lomos de un dragón rojo. Nadie puede dominarlos.
La mujer observó al joven un instante, tras lo cual se enderezó y empezó a arrancar el liquen que crecía sobre una roca.
—¿Representan los dragones rojos una amenaza para nosotros? —Richard se sintió estúpido por preguntar si un dragón era peligroso.
—No es probable. He visto a rojos de cerca muy pocas veces. En una ocasión, yo caminaba tranquilamente por un sendero cuando uno descendió en picado sobre un campo colindante y atrapó dos vacas. Se las llevó a las dos, una en cada garra. Si nos encontráramos con uno, y estuviera de malas pulgas, nos veríamos en un brete. Pero no es probable que suceda.
—Ya nos hemos encontrado con uno —le recordó Richard con voz serena— y nos causó muchos problemas.
Kahlan no respondió. Por su expresión, era obvio que ese recuerdo le dolía tanto como a él.