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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Sobre todo echo de menos a mi hermano —dijo la niña a la muñeca—. Dicen que murió —le confesó en voz baja, apartando la mirada.

Rachel se había pasado casi todo el día contándole a la muñeca sus cuitas, todas las que se le ocurrían. Cuando se echó a llorar, la muñeca le dijo que la quería, y la niña se sintió mejor. A veces, también la hacía reír.

Rachel añadió otra ramita al fuego. Era tan agradable estar caliente y tener luz… Sin embargo, mantenía el fuego bajo, tal como Giller la había aconsejado. Gracias al fuego, no tenía tanto miedo en el bosque, especialmente por la noche. Pronto anochecería. A veces, en la oscuridad del bosque se oían ruidos que la asustaban y la hacían llorar. Pero era mejor estar sola en medio del bosque que estar encerrada en la caja.

—Eso era cuando vivía en ese otro lugar del que te he hablado, antes de que la reina viniera y me escogiera. Me gustaba mucho más vivir con los otros niños que con la princesa. Eran amables conmigo. —La niña miró a la muñeca para comprobar si estaba escuchando—. Había un hombre, Brophy que venía de vez en cuando. La gente decía cosas malas de él, pero con nosotros, los niños, era muy bueno. Era amable como Giller. También él me dio una muñeca, pero la reina no dejó que la llevara conmigo cuando fui a vivir al castillo. A mí no me importó, estaba muy triste porque había muerto mi hermano. Oí que algunas personas decían que había sido asesinado. Sé que eso quiere decir que alguien lo mató. ¿Por qué la gente mata a los niños?

La muñeca se limitó a sonreír. Rachel le devolvió la sonrisa.

La niña pensó en el niño nuevo, al que había visto que la reina encerraba. Pese a que hablaba raro y también tenía un aspecto extraño, su presencia le recordaba a su hermano. Eso era porque parecía estar muy asustado. Su hermano también solía asustarse. Rachel se daba cuenta de que estaba asustado porque no podía estarse quieto. La niña sentía lástima por el nuevo niño; ojalá ella fuera importante y pudiera ayudarlo.

La niña acercó las manos al fuego para calentarse un poco, tras lo cual se llevó una al bolsillo. Tenía hambre. No había podido encontrar otra cosa para comer que unas bayas. Ofreció una de las grandes a la muñeca, pero ésta no parecía tener hambre, por lo que se la comió ella. Después hizo lo mismo con todas las demás. Cuando se las acabó todavía tenía hambre, pero no quería salir afuera a buscar más. El lugar donde crecían estaba lejos y empezaba a oscurecer. No quería que la noche la sorprendiera en medio del bosque. Se quedaría dentro del pino, con su muñeca, junto al fuego y la luz.

—Tal vez la reina será más amable cuando firme la alianza, sea lo que sea eso. Sólo sabe hablar de cuánto desea la alianza. Quizás entonces será más feliz y no ordenará cortar más cabezas. La princesa me obliga a acompañarla, ¿sabes?, pero a mí no me gusta mirar y cierro los ojos. Ahora también la princesa Violeta ordena cortar cabezas. Cada día que pasa se vuelve más mala. Tengo miedo de que un día me corte a mí la cabeza. Ojalá pudiera escapar —confesó mirando a la muñeca—. Ojalá pudiera marcharme y no volver nunca más. Y te llevaría conmigo.

La muñeca sonrió.

—Te quiero, Rachel —dijo.

La niña cogió a la muñeca, la abrazó con fuerza y luego le dio un beso en la cabeza.

—Pero si me escapo, la princesa Violeta mandará a los soldados que me persigan y a ti te tirará al fuego. No quiero que te tire al fuego. Te quiero.

—Te quiero, Rachel.

La niña se abrazó a la muñeca y luego se introdujo bajo el heno, con la muñeca a su lado. Al día siguiente tenía que regresar, y la princesa volvería a ser mala con ella. No podría llevar consigo a la muñeca, o acabaría en las llamas.

—Eres la mejor amiga que he tenido nunca. Y Giller también.

—Te quiero, Rachel.

La niña empezó a preocuparse por lo que podría pasarle a la muñeca cuando se quedara sola en el pino. Seguramente se sentiría muy sola. ¿Y si la princesa no la echaba fuera del castillo nunca más? ¿Y si averiguaba que Rachel quería que la echara? ¿Y si decidía que se quedara siempre dentro para castigarla?

—¿Qué debo hacer? —preguntó a la muñeca, mientras contemplaba la luz de las llamas, que parpadeaba en el interior del árbol.

—Ayuda a Giller —contestó la muñeca.

Rachel rodó sobre un codo y miró la muñeca.

—¿Que ayude a Giller?

—Sí. Ayuda a Giller —repitió la muñeca.

Los rayos del sol poniente se reflejaban en la capa de hojas, iluminando y dando lustre al camino que discurría entre oscuras masas de árboles. Richard oía el ruido de las botas de Kahlan al pisar las rocas ocultas bajo la colorida alfombra. En el aire flotaba un leve tufo de corrupción; el de las hojas caídas que empezaban a pudrirse en los lugares umbríos, así como el de las ramas que el viento había arrastrado entre las rocas.

Aunque empezaba a refrescar, ni Richard ni Kahlan llevaban capas, pues estaban acalorados por el esfuerzo que debían realizar para mantener el ritmo del Viejo John. Richard trataba de pensar en Zedd, pero el hilo de sus pensamientos se interrumpía cada vez que debía acelerar para mantener el paso. Al darse cuenta de que se estaba quedando sin resuello, apartó todo pensamiento de Zedd fuera de su cabeza. Pero había un pensamiento que no lo abandonaba: la intuición de que algo iba mal.

Finalmente, permitió que la semilla del recelo echara raíces. ¿Cómo era posible que un anciano caminara a ese ritmo y pareciera fresco y relajado? Richard se llevó una mano a la frente y se preguntó si acaso estaría enfermo o tendría fiebre. Pero no estaba caliente. Tal vez no se sentía bien; tal vez le pasaba algo. Llevaban muchos días de gran esfuerzo, pero nada como lo de ahora. No, a él no le pasaba nada; simplemente estaba agotado.

Durante un rato contempló a Kahlan, que caminaba delante de él. A ella también le estaba costando mucho mantener el ritmo. La mujer tuvo que retirar otra telaraña que se le había adherido al rostro y después trotar para alcanzar al anciano. El joven se dio cuenta de que, al igual que él, Kahlan jadeaba. Por alguna razón el recelo que sentía se iba convirtiendo en un mal presentimiento.

De pronto le pareció ver algo a su izquierda, en el bosque, que los seguía. «Seguramente es un animal pequeño», se dijo. Pero parecía más bien algo con los brazos muy largos, que corría rozando el suelo. Un momento después había desaparecido. Richard notó que tenía la boca seca e intentó convencerse de que era sólo producto de su imaginación.

Su atención volvió a centrarse en el Viejo John. En algunos trechos, el sendero era bastante ancho, pero en otros era estrecho y las ramas de los árboles casi lo invadían. Tanto Kahlan como él pasaban rozando las ramas, o tenían que apartarlas, pero el anciano permanecía siempre en el centro del sendero, evitaba todas las ramas y se arropaba en la capa.

El joven se fijó en una telaraña que cruzaba el sendero de un lado al otro y cuyos hilos parecían de oro a la luz del ocaso. Kahlan la rompió con un muslo cuando la atravesó.

Instantáneamente, el sudor se le heló en el rostro. ¿Cómo era posible que el Viejo John no hubiera roto la telaraña?

Richard alzó la vista y vio una rama cuya punta invadía el camino. El anciano no pudo esquivar su punta. Ésta atravesó el brazo del anciano como si fuera de humo.

Con la respiración entrecortada, miró las huellas que Kahlan había dejado en una zona de suelo blando. No había ninguna huella del Viejo John.

Sin perder tiempo, agarró a Kahlan por la blusa y tiró de ella hacia atrás. La mujer gritó de sorpresa. El joven la empujó detrás de él, a la vez que con la mano derecha desenvainaba la espada.

Al oír el sonido metálico, el Viejo John se paró y empezó a darse la vuelta.

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