El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Miró en derredor con sus fulgurantes ojos y fue construyendo mentalmente un esquema, imaginándose cómo podría ser.
Las dos amplias viviendas de la planta baja diferían en tamaño, pues el propietario constructor del inmueble había puesto gran esmero en su propia vivienda. En comparación con la mansión Cota del Palatino, era muy pequeña; de hecho, la mansión de su tío era mayor que la planta baja entera de aquella insula, con sus tiendas y la taberna de la intersección.
Aunque en el comedor cabrían sólo las tres camillas habituales y el despacho era más pequeño que el de cualquier casa particular, los techos eran altos; el tabique entre ambos era más bien una divisoria que no llegaba al techo para que la luz y el aire del patio llegaran al comedor y al estudio que estaba detrás. El pequeño recibidor (no se le podía realmente llamar atrium) tenía un buen piso de cerámica y bonitas paredes con frescos, y las dos columnas del centro eran de madera maciza pintada imitando el mármol; el aire y la luz entraban a través de una gran reja de la fachada, entre una tienda y la escalera de los pisos superiores. Después del recibidor había tres cubículos de dormir, carentes de ventanas como era habitual, y otros dos después del despacho, uno de ellos más grande. Había un cuartito que ella podía dedicar a su sala de estar, y entre éste y el hueco de la escalera, un cuarto más pequeño que podría usar Cardixa. Pero lo mejor era que había un cuarto de baño y una letrina, pues, como el agente señaló con júbilo, la insula se hallaba sobre uno de los principales colectores de Roma y tenía suministro oficial de agua.
– Hay una letrina pública enfrente, en el Subura Minor, y los baños del Subura están al lado -dijo el agente inmobiliario-. Por el agua no hay problema. Estáis a una altura ideaclass="underline" lo bastante bajo para recibir un buen caudal de los depósitos de las murallas y lo bastante alto para no temer las crecidas del Tíber; la toma de agua es mayor que las que hacen ahora, ¡y eso suponiendo que una casa nueva pueda conectarse a la red! Naturalmente, el propietario anterior se reservó el suministro de agua y el desagüe al colector, porque los inquilinos lo tienen resuelto a la puerta misma en el cruce y enfrente con las letrinas y los baños.
Aurelia le escuchaba sin perder palabra, porque le habían dicho que en su nuevo estilo de vida no dispondría de agua corriente y letrina; si algo la deprimía por el hecho de vivir en una insula era la circunstancia de no tener su propio cuarto de aseo y su retrete. Ninguno de los otros inmuebles que habían visto tenía agua ni letrina, pese a que algunos estaban en barrios mejores. Si antes no había sabido decidir si aquella insula era la mejor, ahora estaba segura.
– ¿Cuál es la renta que se percibe? -inquirió el joven César.
– Diez talentos al año; un cuarto de millón de sestercios.
– ¡Bien, bien! -dijo Cota, asintiendo con la cabeza.
– Los gastos de mantenimiento del edificio son mínimos porque su construcción es de primera calidad -dijo el agente-. Lo que, por otra parte, significa que siempre está alquilado al completo. Muchas de estas edificaciones se caen o se abarquillan como el corcho. ¡Esta no! Tiene dos fachadas y la tercera da a una bocacalle más ancha de lo habitual, lo que quiere decir que hay menos probabilidades de que se propague un incendio cercano. Sí, es un inmueble tan sólido como un barco de Granius. Puedo asegurarlo.
Como era absurdo circular por el Subura en una litera o una silla portátil, Cota y el joven César habían traído al par de galos como escolta suplementaria y ellos acompañaron a Aurelia a pie. No es que existiera gran peligro, porque era mediodía y todos los que llenaban las calles estaban más interesados en sus cosas que en molestar a la hermosa Aurelia.
– ¿Qué te ha parecido? -inquirió Cota conforme descendían la leve cuesta de Fauces Subura hasta el Argiletum y se disponían a cruzar el extremo inferior del Foro Romano.
– ¡Oh, sí, creo que es ideal! -contestó ella, volviéndose a mirar al joven César-. ¿Estáis de acuerdo, Cayo Julio?
– Sí, creo que nos convendrá -dijo él.
– Pues entonces, de acuerdo. Esta tarde cerraré el trato. Por noventa y cinco talentos es una buena compra, aunque no sea una ganga. Y os quedan cinco talentos para los muebles.
– No -dijo con firmeza el joven César-, de los muebles me encargo yo. No creáis que me falta dinero; mis tierras de Bovillae me dan una buena renta.
– Lo sé, Julio César -replicó Cota pacientemente-. ¿No recordáis que me lo dijisteis?
No lo recordaba. Aquellos días, en lo único que pensaba el joven César era en Aurelia.
Se casaron en abril, un día espléndido de primavera, con todos los auspicios favorables; incluso Cayo Julio César mejoró un poco.
Rutilia y Marcia lloraron; la una porque Aurelia era el primero de sus hijos que se casaba, y la otra porque era el último hijo el que se le casaba. Asistieron también Julia y Julilla, y Claudia, esposa de Sexto, pero no fue ningún marido. Mario y Sila seguían en Africa y Sexto César estaba reclutando tropas en Italia y no consiguió permiso del cónsul Cneo Malio Máximo.
Cota quiso alquilar una casa en el Palatino para que la pareja pasara el primer mes de casados.
– Primero habituaros a estar casados y luego acostumbraos a vivir en el Subura -dijo, preocupado por su única hija.
Pero la pareja se negó con firmeza, así que el recorrido del cortejo nupcial fue muy largo y la novia fue aclamada, por así decirlo, por todo el Subura. El joven César se alegró enormemente de que el velo cubriese el rostro de su amada y supo aguantar animoso las bromas obscenas, sonriente y saludando con inclinaciones de cabeza durante la marcha.
– Es nuestro nuevo vecindario y más vale que sepamos llevarnos bien con él -dijo-. No escuches.
– Yo más bien los disolvería -dijo Cota, que quería haber alquilado gladiadores de escolta; la abigarrada masa y el índice de criminalidad le asqueaban profundamente. Y no menos aquel lenguaje.
Cuando llegaron a la insula de Aurelia llevaban a la zaga una buena multitud, animada por la idea de que habría vino para todos y dispuesta a participar en la fiesta. Sin embargo, cuando el joven César abrió la puerta principal y cogió a su esposa en brazos para cruzar el umbral, Cota, Lucio Cota y los dos galos contuvieron a la multitud para que los recién casados pudieran entrar y cerrar la puerta a sus espaldas. Entre gritos de protesta, Cota se alejó del Vicus Patricii con la cabeza muy alta.
Dentro sólo estaba Cardixa; Aurelia había decidido emplear el dinero que le quedaba para comprar servidores, pero lo había dejado para después de la boda, porque quería hacerlo ella misma, sin tener que aguantar la presencia de su madre o de su suegra. El joven César también tenía que comprar criados -mayordomo, escanciador, secretario, empleado y un ayuda de cámara-, pero más necesitaba Aurelia: dos criadas para la limpieza, una lavandera, un cocinero y un pinche, dos doncellas y un forzudo. No era una vivienda enorme, pero bastaría.