El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Querida, te he encontrado esposo -dijo sin preámbulos, muy contento por su decisión.
La noticia era un sobresalto para ella, pero supo mantenerse lo bastante impasible; luego se humedeció los labios y preguntó:
– ¿Quién, Marco Livio?
– ¡Un muchacho inmejorable y muy buen amigo! -respondió él, entusiasmado-. Quinto Servilio hijo.
Su rostro se contrajo en un gesto de auténtico horror y abrió los labios para hablar sin poder hacerlo.
– ¿Qué sucede? -inquirió el hermano, sorprendido.
– No puedo casarme con él -musitó Livia Drusa.
– ¿Por qué?
– ¡Es repulsivo… repugnante!
– ¡No seas absurda!
Livia Drusa comenzó a mover la cabeza con enérgica vehemencia.
– ¡No me casaré con él, no lo haré!
Una siniestra idea acudió a la mente de Druso, pensando en su madre; se puso en pie, dio la vuelta a la mesa y se plantó ante su hermana.
– ¿Has estado viéndote con alguno?
Livia Drusa dejó de mover la cabeza y alzó la vista, ofendida.
– ¿Yo? ¿Cómo voy a conocer a nadie, encerrada en esta casa toda mi vida? ¡Los únicos hombres que he visto son los que traes tú, y ni siquiera tengo ocasión de hablar con ellos! ¡Si los invitas a cenar y a mí no me dejas sentarme a la mesa… Sólo en las ocasiones en que viene a cenar ese horrible Quinto Servilio hijo!
– ¡Cómo te atreves! -replicó él montando en cólera; no le cabía en la cabeza que alguien juzgase a su mejor amigo de forma distinta a la suya.
– ¡No me casaré con él! -gritó ella-. ¡Antes la muerte!
– Ve a tu habitación -dijo él, impertérrito.
Ella se puso en pie y se dirigió a la puerta que daba a la columnata.
– No a tu sala de estar, Livia Drusa; a tu dormitorio. Y no salgas hasta que entres en razón.
Ella le dirigió una mirada de ira, pero dio media vuelta y salió por la puerta del atrium.
Druso permaneció junto a la silla en la que había estado sentada su hermana, procurando dominar su indignación. ¡Qué absurdo! ¡Cómo se atrevía a rebelarse!
Al cabo de un rato logró dominar su genio y coger por los cuernos aquella irritación, aunque sin saber qué hacer con ella. En toda su vida nadie le había llevado la contraria; nadie le había puesto en una situación en la cual le resultara imposible ver una salida lógica. Acostumbrado a que le obedeciesen y a ser tratado con una deferencia y un respeto poco frecuentes para una persona tan joven como él, no sabía qué hacer. De haber conocido mejor a su hermana -y no tenía más remedio que admitir que no la conocía en absoluto-, si viviera su padre… si su madre… ¡Vaya apuro! ¿Qué haría?
Doblegarla un poco, se dijo. Y mandó venir al mayordomo.
– La señora Livia Drusa me ha ofendido -dijo con admirable calma y sin mostrar ira-, y le he ordenado que no salga de su dormitorio. Hasta que puedas ponerle cerrojo, ten a alguien de guardia constante en la puerta. Envíale una mujer a quien no conozca para que la atienda y bajo ningún concepto la dejes salir del cuarto. cEstá claro?
– Perfectamente, Marco Livio -respondió el mayordomo, impasible.
Y así comenzó la pugna. Livia Drusa quedó confinada en una prisión más reducida de lo que ella estaba acostumbrada, aunque no tan oscura y sin ventilación como la mayoría de las celdas de dormir, porque estaba pared por medio del porche y tenía una reja cerca del techo. Pero no dejaba de ser una sombría prisión. Cuando pidió libros para leer y papel para escribir, descubrió lo siniestra que era porque se lo negaron. Cuatro paredes que configuraban un espacio cuadrado de dos metros y medio de lado, con una cama, un orinal y comidas monótonas e insípidas que le traía en una bandeja una mujer desconocida: ésa fue la suerte de Livia Drusa.
Mientras tanto, Druso no tuvo más remedio que ocultar a su mejor amigo la actitud de su hermana y no perder un solo minuto. Después de ordenar el encierro de su hermana, volvió a revestirse de la toga y se dirigió a la cercana casa de Cepio hijo.
– ¡Ah, bien! -dijo Cepio hijo, sonriendo como un bendito.
– He creído conveniente volver a hablar contigo -dijo Druso, sin mostrar intención de sentarse y sin tener idea de lo que iba a hablar con él.
– Bien, antes ve a ver a mi hermana, Marco Livio, ¿te parece? Está deseando verte.
Al menos eso era buena señal; habría recibido la noticia del compromiso, si no con alegría, sí con ecuanimidad, pensó el desilusionado Druso.
Estaba en la sala de estar, y no cabía duda de que había aceptado bien la propuesta, porque se puso en pie de un salto nada más entrar él y se le echó al pecho, para su gran disgusto.
– ¡Oh, Marco Livio! -exclamó, alzando los ojos hacia él con ávida adoración.
¿Por qué no le habría mirado Aurelia así? Pero desechó resueltamente aquella reflexión y dirigió una sonrisa a la estremecida Servilia Cepionis. No era una beldad y tenía las piernas cortas de su familia, pero al menos se había librado de la congénita tendencia a los granos -igual que su hermana Livia- y tenía unos ojos preciosos, de dulce y tierna expresión, bastante grandes, oscuros y brillantes. Aunque no la amaba, pensaba que con el tiempo llegaría a quererla, y siempre le había gustado.
Le dio, pues, un beso en la boca, al que, para su sorpresa, ella correspondió cumplidamente, y estuvo un rato charlando con ella.
– ¿Y vuestra hermana, Livia Drusa, está contenta? -preguntó Servilia Cepionis cuando él se disponía a dejarla.
– Muy contenta -respondió Druso, hierático-. Desgraciadamente no se encuentra bien en este momento -añadió.
– ¡Oh, qué lástima! Bien, decidle que cuando se encuentre en condiciones de recibir visitas pasaré a verla. Vamos a ser doblemente cuñadas, pero prefiero que seamos amigas.
– Gracias -contestó él con una sonrisa.
Cepio hijo aguardaba impaciente en el despacho de su padre, que él utilizaba ahora que su progenitor se hallaba ausente.
– Estoy encantado -dijo Druso, tomando asiento-. A tu hermana le complace la unión.
– Ya te dije que le gustabas -replicó Cepio hijo-. ¿Y cómo ha recibido Livia Drusa la noticia?
– Encantada -contestó Druso, decidido ya a mentir descaradamente-. Desgraciadamente la he encontrado en cama con fiebre. Ya había venido el médico y está algo preocupado. Parece ser que hay complicaciones y teme que pueda ser algo contagioso.
– ¡Por los dioses! -exclamó Cepio hijo, palideciendo.
– Ya veremos -dijo Druso para tranquilizarle-. ¿Te gusta mucho mi hermana, verdad, Quinto Servilio?
– Mi padre dice que es el mejor partido a que puedo aspirar, que he tenido muy buen gusto. ¿Tú le has dicho a ella que me gusta?
– Sí -siguió mintiendo Druso-. Es una cosa evidente desde hace ya un par de años.
– Hoy ha habido carta de mi padre; ya estaba en casa cuando yo volví. Dice que Livia Drusa es tan rica como noble y que a él también le complace -dijo Cepio hijo.
– Bien, en cuanto se encuentre mejor, cenaremos juntos y hablaremos de la boda. A primeros de mayo, ¿no? Antes de la época de mala suerte -dijo Druso poniéndose en pie-. No puedo quedarme, Quinto Servilio; tengo que volver a casa a ver cómo sigue mi hermana.
Tanto Cepio hijo como Druso habían sido elegidos tribunos militares y tenían que ir a la Galia Ulterior con Cneo Malio Máximo, pero la alcurnia, la riqueza y la influencia política mandaban, y mientras que el relativamente modesto Sexto César ni siquiera conseguía permiso de sus tareas de reclutamiento para asistir a la boda de su hermano, a Cepio y a Druso aún no los habían obligado a incorporarse a su destino. Evidentemente, Druso no preveía dificultad alguna en organizar un doble enlace para primeros de mayo, pese a que por entonces los dos novios habrian debido estar cumpliendo sus deberes militares, y aun cuando el ejército estuviera camino de la Galia, siempre podían alcanzarlo.
Dictó órdenes a toda la servidumbre para el caso de que viniesen Cepio hijo o su hermana preguntando por el estado de Livia, y redujo la dieta de ésta a pan ácimo y agua. Durante cinco días la dejó totalmente sola y luego mandó traerla al despacho.