El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
– Es la pura verdad -respondió el joven Cayo-. ¡Pero, perded cuidado, pienso casarme con ella!
– Si tu inclinación por ella es cierta, vas a buscarte un mal futuro -dijo César, muy serio-. Las beldades de ese tipo no son buenas esposas, Cayo. Resultan mimadas, caprichosas, veleidosas y respondonas. Déjala para otro y elige una muchacha más humilde -añadió con gesto más relajado-. Afortunadamente no eres nadie en comparación con Lucio Licinio Orator o Cneo Domicio hijo, aunque seas patricio. Marco Aurelio no te hará caso, estoy seguro. Así que no entregues a esa muchacha tu corazón sin pensar en otras.
– ¡Se casará conmigo, tata, ya verás!
Ante semejante argumento, Cayo Julio César no tuvo fuerzas para hacer cambiar de opinión a su hijo y dejó que le ayudase a ir hasta el lecho que ocupaba él solo, dado lo agitado y escaso que era su sueño.
Aurelia iba tumbada boca abajo en la litera perfectamente cerrada por cortinas, que avanzaba bamboleándose por las colinas entre la casa de su tío Publio y la de su tío Marco. ¡Cayo Julio César hijo! ¡Qué estupendo, era ideal! Pero ¿querría casarse con ella? ¿Qué habría pensado Cornelia, madre de los Gracos?
Cardixa, que compartía la litera con su ama, la miraba con suma atención. Era una Aurelia desconocida. Erguida en un rincón, sosteniendo con cuidado un candil de alabastro para que la litera no fuese totalmente a oscuras, resultaban evidentes los síntomas de un profundo cambio. Veía aquel cuerpo nervioso y tenso de Aurelia ahora relajado y distendido, no apretaba tanto los labios y sus pestañas apenas celaban un destello en sus ojos. Como era muy inteligente, Cardixa sabía perfectamente el motivo del cambio: aquel joven tan bien parecido que Publio Rutilio había ofrecido casi como plato principal. ¡El viejo zorro! Pues si, Cayo Julio César hijo era un hombre estupendo; ideal para Aurelia; había algo que se lo decía.
Independientemente de lo que Cornelia, madre de los Gracos, hubiera hecho en similares circunstancias, cuando se levantó por la mañana, Aurelia ya sabía lo que tenía que hacer. Lo primero fue enviar a Cardixa a casa de los César con un billete para el joven.
"Pídeme en matrimonio", decía escuetamente.
Luego, ya no hizo nada. Se quedó en su estudio y apareció en las comidas, haciéndose notar lo menos posible, consciente de que había cambiado, y evitando que sus padres lo notaran antes de decidirse a actuar.
Al día siguiente aguardó a que Marco Cota terminara de despachar tranquilamente con sus clientes, porque el secretario le había comunicado que no tenía que asistir a ninguna sesión del Senado ni de la plebe y pensaba quedarse en casa un par de horas más.
– Padre.
Cota levantó la vista de los papeles del escritorio.
– Ah, hoy toca padre, ¿no? Pasa, hija, pasa -dijo sonriéndole con afecto-. ¿Quieres que venga tu madre?
– Sí, por favor.
– Pues ve a buscarla.
La muchacha salió para regresar al poco con Rutilia.
– Sentaos, señoras.
Ambas se sentaron una al lado de otra en un diván.
– Bien, Aurelia, dinos.
– ¿Ha habido algún nuevo pretendiente? -preguntó ella sin más.
– Pues, sí. Ayer vino a verme el joven Cayo Julio César, y como nada tengo contra él, le apunté en la lista. Con lo que ahora son treinta y ocho.
Aurelia se ruborizó. Cota la miraba fascinado, porque nunca la había visto perder la continencia. Vio asomar la punta de su lengua rosada, que humedecía los labios, y advirtió que Rutilia, igualmente intrigada por aquel rubor, se había girado en el diván para mirar a su hija.
– Ya me he decidido -dijo la muchacha.
– ¡Estupendo! ¿Quién es? -instó Cota.
– Cayo Julio César hijo.
– ¿Qué? -exclamó Cota sin salir de su asombro.
– ¿Quién? -inquirió Rutilia, igualmente pasmada.
– Cayo Julio César hijo -repitió Aurelia pacientemente.
– ¡Vaya, vaya! -dijo Cota, sonriente-. El último caballo inscrito gana la carrera.
– ¡La apuesta de mi hermano! -exclamó Rutilia-. ¡Por los dioses que es listo! ¿Cómo se le ocurriría?
– Es un hombre extraordinario -dijo Cota a su esposa-. Conociste al joven Cayo anteayer -añadió dirigiéndose a Aurelia- en casa de tu tío… ¿Era la primera vez que le veías?
– Sí.
– Y quieres casarte con él.
– Si.
– Querida niña, es un hombre relativamente pobre -dijo la madre-. No tendrás ningún lujo siendo esposa de Cayo Julio, ¿lo sabes?
– Una no se casa para vivir en el lujo.
– Me alegro de que tengas sentido común para darte cuenta de eso, hija. Sin embargo, no es el hombre que yo te habría elegido -añadió Cota, no muy contento.
– Quisiera saber por qué, padre -replicó Aurelia.
– Son una familia rara. Demasiado… heterodoxa. Y están vinculados ideológicamente, y familiarmente, a Cayo Mario, un hombre que yo detesto profundamente -respondió Cota.
– Al tío Publio le agrada Cayo Mario -replicó Aurelia.
– Tu tío Publio a veces se deja llevar por mal camino -contestó Cota, ceñudo-. No obstante, no está tan embrutecido como para votar contra su propia clase en el Senado a favor de Cayo Mario, mientras que no puedo decir lo mismo de los Julios de la rama de los Cayos. Tu tío Publio ha combatido con Cayo Mario muchos años y es comprensible que eso cree un vínculo. Pero Cayo Julio César padre recibió a Cayo Mario con los brazos abiertos y ha influido para que toda la familia le estime.
– ¿Y no se casó Sexto Julio con una de las Claudias más humildes, no hace mucho? -inquirió Rutilia.
– Eso creo.
– Bien, pues es una unión irreprochable. Tal vez los hijos no estimen tanto a Cayo Mario como tú crees.
– Son cuñados, Rutilia.
– Padre, madre -terció Aurelia-, vosotros me dejasteis que eligiera. Voy a casarme con Cayo Julio César, no se hable más -añadió con firmeza pero sin insolencia.
Cota y Rutilia la miraron consternados, pero comprendiendo que la fría y sensible Aurelia estaba enamorada.
– Es cierto -dijo Cota tajante, pensando en que la mejor alternativa era salir lo mejor posible del asunto-. ¡Bien, dejadme! -añadió, dirigiendo un gesto a las dos mujeres-. Tengo que mandar hacer treinta y siete cartas a los escribas. Y supongo que tendré que ir a ver a Cayo Julio César padre, y al hijo.
La carta circular que envió Marco Aurelio Cota decía así:
Tras profúnda consideración decidí consentir en que mi sobrina y pupila Aurelia eligiese esposo por sí misma. Mi esposa, y madre suya, estuvo de acuerdo. Ésta es para anunciar que Aurelia ya ha elegido. Su esposo será Cayo Julio César, hijo menor del padre conscripto Cayo Julio César. Confío en que os unáis a mí ofreciendo toda suerte de parabienes a la pareja en su próximo matrimonio.
El secretario miró a Cota con ojos desorbitados.
– ¡Vamos, no os quedéis ahí, manos a la obra! -dijo el cónsul con excesiva brusquedad para ser un hombre tan morigerado-. Quiero treinta y siete copias dentro de una hora, dirigidas a los de esta lista -añadió señalando el papel que tenía en la mesa-. Las firmaré para que se entreguen en mano inmediatamente.
El secretario se puso en acción al mismo tiempo que se difundía el rumor, que fácilmente alcanzó a los destinatarios antes que las cartas. Muchos fueron los corazones heridos y los nuevos rencores cuando se supo la noticia, pues era evidente que la elección de Aurelia era emocional y nada práctica, lo que la hacía más imperdonable, pues a ninguno de los pretendientes que ocupaban los primeros puestos de la lista le gustó verse desplazado por el hijo menor de un simple senador sin voto, por muy ilustre que fuese su linaje. Además, el afortunado era demasiado bien parecido, y eso solía considerarse una ventaja injusta.