El Primer Hombre De Roma
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:
Contestó inmediatamente:
Mi apreciado Marco Livio, estoy encantado. Tenéis mi permiso para hacer todos los preparativos.
Druso abordó el asunto con su amigo Cepio hijo, ansiando preparar el terreno antes de que llegase la carta que, indudablemente, Quinto Servilio Cepio dirigiría a su hijo; mejor que Cepio hijo viese su próximo matrimonio tan deseable como impuesto por una orden paterna.
– Me gustaría casarme con tu hermana -le dijo a Cepio hijo, algo más bruscamente de lo que había previsto.
Cepio hijo parpadeó sin contestar.
– Y me gustaría que tú te casases con mi hermana -añadió Druso.
Cepio hijo parpadeó sucesivamente, pero no contestó.
– Bien, ¿qué me dices? -inquirió Druso.
Finalmente, Cepio hijo centró su cerebro (que no era tan grande como su fortuna ni su alcurnia) y contestó:
– Tendré que pedírselo a mi padre.
– Ya lo he hecho yo-replicó Druso-. Y está encantado.
– ¡Ah! Pues bien -dijo Cepio hijo.
– ¡Quinto Servilio, quiero saber qué te parece a ti! -añadió Druso, exasperado.
– Bien, a mi hermana le gustas, así que no hay nada que objetar. Y a mí me gusta tu hermana, pero…
– ¿Pero qué? -inquirió Druso.
– No creo que yo le guste a ella.
Ahora fue Druso el que se quedó perplejo.
– ¡Bah, tonterías! ¿Cómo no vas a gustarle? ¡Eres mi mejor amigo! ¡Claro que le gustas! Es un arreglo ideal; así todos seguiremos juntos.
– Pues me encantará -añadió Cepio hijo.
– ¡Bien! -exclamó Druso-. Ya he hablado todo lo que hay que hablar en la carta que le escribí a tu padre. Por las dotes y todo lo demás. No hay de qué preocuparse.
– Muy bien -dijo Cepio hijo.
Estaban sentados en un banco, bajo una espléndida encina que había junto al estanque de Curcio, en la parte baja del Foro Romano; acababan de comer unas deliciosas empanadas sin levadura rellenas con una mezcla muy bien aderezada de lentejas con cerdo picado.
Druso se puso en pie, entregó la servilleta a su criado personal y aguardó a que le revisara la impoluta túnica por si tenía manchas de comida.
– ¿Adónde vas con tanta prisa? -inquirió Cepio hijo.
– A casa, a comunicar la noticia a mi hermana -contestó Druso-. ¿No crees que deberías ir a casa a decírselo a la tuya? -añadió enarcando una de sus puntiagudas cejas.
– Supongo… -contestó Cepio hijo, no muy seguro-. ¿Y por qué no se lo dices tú? A ella le gustas.
– ¡No, necio, tienes que decírselo tú! En este momento estás in loco parentis y es tu obligación, del mismo modo que me sucede a mí con Livia Drusa.
Tras lo cual, tomó Foro adelante hacia la escalinata de las Vestales.
Su hermana estaba en casa. ¿Dónde, si no? Como Druso era el cabeza de familia, y su madre -Cornelia- tenía prohibida la entrada, Livia Drusa no podía abandonar la casa un instante sin permiso de su hermano. Y no se atrevía a escapar un solo momento, porque a ojos de él estaba marcada por el oprobio de su madre y considerada una criatura débil y corruptible a la que no se podía consentir el menor desliz; él habría pensado lo peor de ella, aunque no hubiera hecho nada malo.
– Por favor, di a mi hermana que venga al despacho -dijo al mayordomo nada más entrar.
La casa tenía fama de ser la mejor de Roma y había sido concluida al morir Druso el censor. Por hallarse situada en el punto más alto del acantilado del Palatino, sobre el Foro Romano, la vista desde el balcón porticado de su último piso era magnífica. Junto a ella estaba el área Flacciana, el solar en que había estado edificada la casa de Marco Fulvio Flaco, y más allá se hallaba la cása de Quinto Lutacio Catulo César.
De auténtico estilo romano, incluso los muros contiguos al solar vacío eran sin ventanas. Una tapia alta con una fuerte puerta demadera y dos puertas para mercancías constituía la fachada al Clivus Victoriae, que era su parte trasera; la fachada delantera estaba del lado de la panorámica, con tres pisos y sobre pilares y firmemente cimentada en el borde del acantilado. El último piso, al mismo nivel que el Clivus Victoriae, era la vivienda de la familia; almacenes, cocinas y habitaciones de los criados se hallaban en el piso de abajo y no llegaban hasta el fondo de la construcción por la pendiente del acantilado.
Las puertas de entrada de mercancías daban directamente al jardín peristilo, que era tan espacioso que contaba con seis magníficos árboles de loto bien desarrollados e importados como pimpollos de Africa noventa años antes por Escipión el Africano, que había sido propietario del solar. Florecían todos los veranos, derramando una lluvia de pétalos rojos, anaranjados y amarillo fuerte -había dos de cada color- que duraban un mes y llenaban de aroma la casa; más adelante se llenaban de hojitas compuestas de color verde claro parecidas a helechos, y en invierno quedaban desnudos, permitiendo el paso de los rayos de sol al patio. Había un largo estanque poco profundo de mármol blanco con cuatro fuentes de bronce del gran Mirón en las esquinas, y estatuas de bronce de tamaño natural, también de Mirón y de Lisipo, dispuestas en su perímetro, representando sátiros y ninfas, Artemisa, Acteón, Dionisos y Orfeo. Eran todas de bronce pintado de sorprendente naturalismo, por lo que a primera vista parecía haber en el jardín una reunión de dioses.
Una columnata dórica rodeaba los laterales del peristilo y el lado opuesto al de la calle; eran columnas de madera pintada de amarillo, con base y capitel en vivos colores. El suelo de la columnata era de cerámica pulimentada y las paredes estaban pintadas en llamativos tonos verdes, azules y amarIllos, y en los espacios que marcaban las pilastras de cerámica roja colgaban pinturas de los mejores artistas: un niño con uvas de Zeuxis, una Locura de Ajar de Parrasio, desnudos masculinos de Timantes, un retrato de Alejandro Magno del gran Apeles y un caballo de este mismo artista, tan realista, que parecía pegado a la pared visto desde el extremo de la columnata.
El despacho daba al tramo de la columnata del lado de las grandes puertas de bronce, y el comedor, al lado opuesto. Tenía un atrium tan grande como la casa de César, iluminado por una abertura rectangular en el techo soportada por columnas en sus cuatro esquinas y los lados mayores del estanque. Las paredes estaban decoradas con realistas trampantojos simulando pilastras, pedestales y entablamentos, y los paneles entre ellas, decorados con cubos en blanco y negro, tan tridimensionales que parecían saltar de la pared, sobre un profuso fondo de motivos florales. Los colores eran fuertes, dominando el rojo, acompañado de azules, verdes y amarillos.
Los relicarios ancestrales con las máscaras de cera de los antepasados de los Livios Drusos estaban perfectamente conservados, por supuesto. Sobre unos pedestales pintados llamados hermas, porque su ornamentación eran falos, había bustos de antepasados, dioses, mujeres de la mitología y filósofos griegos, todos ellos de impresionante realismo pictórico. Bordeaban el impluvium estatuas de tamaño natural, pintadas y muy realistas, unas sobre pedestal de mármol y otras dispuestas simplemente en el suelo. Pendían grandes lámparas de plata y oro del ornamentado y profundo techo de escayola (estaba pintado simulando un cielo estrellado entre filas de flores de escayola dorada) y había otras de pie de más de dos metros, sobre un suelo de mosaico policromo representando una orgía de Baco con las bacantes, bailando, bebiendo, dando de comer a los ciervos y enseñando a beber a los leones.
Druso no advertía aquella magnificencia porque estaba acostumbrado a ella y no le impresionaba; habían sido su padre y su abuelo los que se interesaban con un gusto ejemplar por las obras de arte.
El mayordomo encontró a la hermana de Druso en el porche que daba al atrium. Livia Drusa siempre estaba más sola que la una. La casa era tan grande que ni siquiera tenía la excusa de necesitar pasear por la calle, y cuando le apetecía comprar, su hermano hacía venir a varios tenderos y vendedores que desplegaban sus productos en los espacios de la columnata y luego el mayordomo pagaba todo lo que ella había elegido. Mientras que las dos Julias habían recorrido las zonas más respetables de Roma bajo el ojo vigilante de su madre o de sirvientes de confianza, Aurelia visitaba constantemente a parientes y amigas de la escuela y las Clitumnas y Nicopolis romanas llevaban una vida tan libre que hasta comían recostadas, Livia Drusa vivía en un absoluto enclaustramiento, prisionera de una riqueza y un lujo tan excelsos que no se le permitía el menor desliz; era, igualmente, la víctima de la fuga de aquella madre que había optado por vivir su vida.