Fan Club
- Автор: Уоллес Ирвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Su cuerpo le ofrecía por tanto una apasionada respuesta. Pero el espíritu se lo guardaba para sí.
Hoy lunes había dormido hasta el mediodía. En el transcurso de las primeras horas de la tarde, a solas en su habitación, había apresado de nuevo el vago pensamiento, la idea que a punto había estado de escapársele la noche anterior antes de conciliar el sueño.
Era un pequeño e invisible chaleco salvavidas que tal vez pudiera impedir que se hundiera si lograba hincharlo y utilizarlo.
Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, había sido incapaz de desarrollar la idea y de proyectar sus futuras actuaciones. Sabía que la causa de su fracaso se debía a los conocimientos que había adquirido en secreto acerca de los antecedentes de Shively, asesino en potencia.
A última hora de la tarde, Yost había acudido un momento a su habitación para anunciarle que ya había regresado de hacer las compras y que le reservaría las sorpresas para cuando se reunieran después de cenar.
En el transcurso de las horas siguientes se había esforzado por sobreponerse, prepararse para la noche y aprovechar mejor el tiempo que le quedaba con vistas a prepararles a sus apresadores una sorpresa.
Había centrado nuevamente su atención en la fugaz idea, en el hipotético chaleco salvavidas que había acudido la noche anterior a sus pensamientos y que había estado examinando durante buena parte del día.
La idea era todavía confusa o no estaba aún plenamente estructurada, pero la veía mentalmente como una nebulosa en la que pudiera hallar el medio de escapar a la extinción en el planeta Tierra.
Ahora ya había llegado la noche y tenía encima la dura y desnuda figura de Shively, ametrallándole el orificio como si fuera una zanja de las afueras de My Lai.
Tenía que apartar de sus pensamientos aquella zanja con sus tristes y jóvenes cadáveres, se dijo a sí misma, y dedicar toda su atención al asesino si es que quería sobrevivir.
El maratón sexual siguió su curso y ella volvió a concentrarse en su actitud, sus gestos y su papel.
Al agotar él la última bala, Sharon reaccionó según el guión y se sumergió en una interminable, desvalida y agradecida convulsión de orgasmos fingidos.
Como siempre, la cobra se mostró satisfecha de sí misma y posiblemente de Sharon.
Esta hundió la cabeza en su velloso pecho, le rodeó la espalda con un brazo y se aferró a él para poder definir entre tanto los perfiles de la idea que estaba empezando a tomar cuerpo en su cerebro.
El tipo se rió. No solía reírse y ella se preguntó a qué se debería su risa.
– Es el viejo. Estamos pensando en él -le dijo.
– ¿Qué le ocurre?
– Esta noche pasa. Está agotado. Quiere un día de descanso. ¿Qué le hiciste anoche?
– Le excité por espacio de dos minutos en lugar de uno -repuso ella con voz de prostituta.
Shively estalló en una carcajada.
– Eres una chica muy lista, tengo que reconocerlo.
Ella se apartó de su pecho y apoyó la cabeza sobre la almohada al lado de la suya.
– Soy algo más que eso y tú lo sabes.
– Sí, estás muy bien. Más sensual de lo que suponía. Menudo trabajo acabas de hacerme. Ella le miró con expresión sincera.
– ¿Y el que tú me has hecho a mí? Eres el único que me lo ha hecho, ¿sabes? Pocos son los hombres que pueden excitarme.
En realidad, puede decirse que prácticamente no hay ninguno. Tú, en cambio, lo consigues todas las noches. ¿Dónde aprendiste a ser tan buen amante? La modestia no era precisamente su mejor cualidad.
– Algunos tipos lo tienen y otros no.
– La mayoría no, te lo aseguro -le dijo ella.
Se detuvo y decidió dar el paso-.
Cuando una mujer encuentra a alguien especial, suele experimentar mucha curiosidad acerca de ese alguien.
– ¿Y tú experimentas curiosidad acerca de mí?
– ¿No te parece lógico? He estado pensando en ti. Me he preguntado cuál debía ser tu vida antes de que nos conociéramos. Cómo te ganabas la vida y todo eso.
El la miró con dureza y cautela.
– Por tu bien, nena, procura no preguntarte demasiadas cosas acerca de mí. No me gustan las mujeres curiosas. Te meten en muchos líos.
– Eso no es justo. No soy una fisgona. No es mi estilo.
Lo que ocurre es que me interesas. Tratándose de un hombre que sabe hacerme lo que tú me has hecho, es natural que quiera conocerlo más íntimamente.
Me impresiona tu habilidad y tu fuerza sexual. Conozco a cientos de mujeres que te darían todo lo que quisieras a cambio de satisfacerlas como me has satisfecho a mí. Si corriera la voz, las mujeres te convertirían en el hombre más rico de la tierra.
– No será fácil -dijo él amargamente-. Así debiera ser, claro, pero, ¿acaso no has oído hablar del sistema de clases de nuestra maldita sociedad? Las personas como yo, las que cargan con todo el peso del trabajo de nuestro país, las personas ingeniosas, no tenemos ninguna posibilidad de que nadie se fije en nosotras. Les pagan un dineral a los tipos que saben entendérselas con las acciones y los bienes raíces, a los que saben cantar y contar chistes graciosos, pero no se molestan en pagar a cambio de la habilidad capaz de hacer feliz a la mitad de la población, me refiero a la mitad femenina, claro. Me refiero a la capacidad de satisfacer a una mujer.
– Tienes muchísima razón -le dijo ella gravemente.
– Pues claro que la tengo. Por eso estoy atascado. El sistema apesta y yo estoy atascado. Por eso tengo que trabajar despellejándome los dedos ocho horas al día y, ¿para qué? Para ganarme simplemente el sustento y nada más.
– Estoy de acuerdo contigo, es injusto -le dijo ella-. Pero, conociéndote, estoy segura de que debes ser muy hábil en todo lo que hagas. No me cabe duda de que debes ganar un buen salario. ¿Te puedo preguntar cuánto ganas?
– Suficiente -repuso él malhumorado. Y después añadió-. Suficiente a cambio del trabajo que realizo, pero no es lo que me merezco.
– Lo siento.
– ¿Qué es lo que sientes? -le preguntó él con un gruñido-. Tú eres una ricachona. Dijeron no sé dónde que ganabas un millón y cuarto al año.
– Estos informes siempre exageran -dijo ella con fingido enojo.
– Que te crees tú eso.
– Si quieres que te diga la verdad, sé exactamente lo que ganaste el año pasado. Es una cifra de las que se le quedan a uno grabadas en el cerebro-. Ganaste exactamente 1,118,340.00 Ni más ni menos. Nos encargamos de hacer averiguaciones, por consiguiente no vayas ahora a negarlo.
– Muy bien -dijo ella-, no lo negaré. Es más, reconozco sinceramente que me ha sorprendido que lo supieras.
Se había “sorprendido” efectivamente y también se había desalentado un poco al comprobar la minuciosidad de sus planes. Ello demostraba que no habían dejado ningún cabo sin atar. Sin embargo, no debía desanimarse ni por eso ni por ninguna otra cosa.
El sujeto estaba hablando de nuevo y decidió prestarle atención.
– Imagínate -le estaba diciendo-, imagínate ganar más de un millón al año a cambio de exhibir el pecho y agitar el trasero ante la cámara. No es que quiera despreciarte, nena, pero tienes que reconocer que no es justo.
Ella asintió aparentando sinceridad.
– Siempre he reconocido que no es lógico. Es claramente injusto. Pero así es el mundo y no puede hacerse nada al respecto. Sin embargo, te mentiría si no te dijera que me alegro de que me haya ocurrido precisamente a mí.
Mira, al igual que suelen decir otras muchas personas, he sido rica y he sido pobre y ser rica es mejor.
Pero a veces reconozco que, cuando lo pienso siento escrúpulos de conciencia pero, bueno, ¿por qué te molesto con mis remordimientos?
– No, sigue -dijo él.
Sharon observó que el tipo estaba empezando a demostrar interés y decidió seguir hablando.
– Experimento sentimientos de culpabilidad, ¿sabes? Miro a mi alrededor. Veo a mucha gente buena y honrada trabajando duramente en oficinas, tiendas, fábricas, cumpliendo inestimables servicios, trabajando sin cesar ocho o más horas al día y cobrando ciento veinticinco, ciento setenta y cinco o doscientos cincuenta dólares a la semana, lo cual no es que esté mal, pero, una vez deducidos los impuestos, no les queda más que un sueldo esmirriado. Contraen deudas y siempre se encuentran con el agua al cuello.