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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—¡Da, almirante!

Esperaron. Varias conversaciones en murmullos alrededor de la mesa rompieron el silencio.

—Rod, estuvo usted muy bien —Sally resplandecía. Se inclinó y le estrechó la mano por debajo de la mesa—. Gracias.

Entró Bury, seguido de los inevitables infantes de marina. Kutuzov hizo una seña y se retiraron, dejando al parpadeante Bury al fondo del salón. Cargill se levantó para indicarle un lugar en la mesa.

Bury escuchó atentamente el resumen que hizo el teniente Borman de las discusiones. Si le sorprendió lo que oía, no lo demostró, pues su expresión se mantuvo cortésmente interesada.

—Solicito su consejo, Excelencia —dijo Kutuzov cuando acabó Borman—. Confieso que no deseo que esas criaturas suban a mi nave. Sin embargo, a menos que constituyan una amenaza para la seguridad de la Lenin, no creo que mi negativa esté justificada.

—Ah —Bury se mesó la barba mientras intentaba poner en orden sus pensamientos—. ¿Saben ustedes que en mi opinión los pajeños son capaces de leer el pensamiento?

—¡Qué ridiculez! —exclamó Horvath.

—No es ninguna ridiculez —replicó Bury. Su voz era suave y lisa—. Quizás sea improbable, pero hay pruebas de una capacidad humana bastante insospechada. —Horvath comenzó a decir algo, pero Bury continuó suavemente—: No pruebas concluyentes, desde luego, pero son pruebas. Y cuando digo leer el pensamiento, no quiero decir necesariamente telepatía. Consideren la habilidad de los pajeños en el estudio de los humanos individuales, que es tal que pueden literalmente interpretar el papel de esa persona; interpretarlos tan bien que sus amigos no pueden apreciar la diferencia. Sólo la apariencia les traiciona. ¿Cuántas veces han visto a los soldados obedecer automáticamente las órdenes de un pajeño que imitaba a un oficial?

—Hable usted claro —pidió Horvath. Con aquello apenas podía argumentar; lo que Bury decía era del dominio público.

—En consecuencia, hagan esto por telepatía o por una identificación perfecta con los seres humanos, leen el pensamiento. Son, por lo tanto, las criaturas más persuasivas que puedan imaginarse. Saben exactamente cuáles son nuestras motivaciones, y exactamente qué argumentos esgrimir.

—¡Por amor de Dios! —explotó Horvath—. ¿Quiere decir que van a convencernos hablando de que les demos la Lenin?

¿Puede usted estar seguro de que no pueden? ¿Absolutamente seguro, doctor?

David Hardy carraspeó. Todos se volvieron al capellán, y esto pareció ponerle un poco nervioso. Luego sonrió.

—Siempre supe que el estudio de los clásicos tendría algún valor práctico. ¿Conoce alguno de ustedes la República de Platón? No, por supuesto que no. Bien, en la primera página, Sócrates, al que se consideraba el más persuasivo de todos los hombres, se entera por sus amigos de que o bien permanece toda la noche con ellos por su voluntad, o bien lo hará por la fuerza. Sócrates pregunta razonablemente si no hay una alternativa… ¿podría persuadirles de que le dejasen irse a casa? La respuesta, por supuesto, es que no podría porque sus amigos no le escucharían.

Hubo un breve silencio.

—Oh —dijo Sally—. Por supuesto. Si los pajeños no conociesen nunca al almirante Kutuzov o al capitán Mijailov (o a ninguno de los miembros de la tripulación de la Lenin), ¿cómo iban a contarles nada? Supongo, señor Bury, que no creerá que podrían inducir a la tripulación de la MacArthur a amotinarse.

Bury se encogió de hombros.

—Señora, con todos los respetos, ¿ha pensado usted lo que pueden ofrecer los pajeños? Más riqueza de la que existe en todo el Imperio. Muchos hombres se han dejado corromper por mucho menos…

Y usted también lo ha hecho, pensó Sally.

—Si son tan eficientes, ¿por qué no lo han hecho ya? —la voz de Kevin Renner tenía un tono burlón, que bordeaba la insubordinación. Como iba a abandonar el servicio tan pronto como regresaran a Nueva Escocia, Renner podía permitirse cualquier cosa de la que no se le pudiese acusar oficialmente.

—Puede que aún no hayan necesitado hacerlo —contestó Bury.

—Lo más probable es que no puedan hacerlo —replicó Renner—. Y si pudieran leer el pensamiento, tendrían ya todos nuestros secretos. Tuvieron a Sinclair, que sabe arreglarlo todo en la Marina… tenían un Fyunch(click) asignado al señor Blaine, que debió de enterarse de todos los secretos políticos…

—Nunca estuvieron en contacto directo con el capitán Blaine —le recordó Bury.

—Tenían a la señorita Fowler, la tuvieron durante el tiempo que la necesitaron. —Renner rió entre dientes por algún chiste personal—. Ella debe de saber más sobre política imperial que la mayoría de nosotros. Señor Bury, los pajeños son buenos, pero no tanto, en la persecución o en la lectura del pensamiento.

—Me siento inclinado a darle la razón al señor Renner —añadió Hardy—. Aunque, desde luego, las precauciones sugeridas por la señorita Fowler serían adecuadas. Contacto con los alienígenas limitado a un puñado de elegidos: yo mismo, por ejemplo. Dudo que pudieran corromperme, pero aunque pudiesen, yo no tengo ninguna autoridad de mando. El señor Bury, si él aceptase. No, sugiero, el doctor Horvath o cualquier otro científico con acceso a equipo complejo, y ningún soldado salvo bajo supervisión directa y por intercomunicador. Quizás resulte duro para los pajeños, pero creo que la Lenin no correría mucho peligro.

—Hummm. Bien, ¿señor Bury? —preguntó Kutuzov.

—Pero… ¡Les aseguro que son peligrosos! Tienen una capacidad tecnológica increíble. Por la misericordia de Alá, ¿quién sabe lo que pueden construir a partir de objetos inofensivos? Armas, equipo de comunicación, sistemas de escape… —Bury ya no mantenía la calma y luchaba por contenerse.

—Retiro la sugerencia de que se dé acceso a los pajeños al señor Bury —dijo Hardy vigorosamente—. Dudo que sobreviviesen a la experiencia. Disculpe, Excelencia.

Bury murmuró en arábigo. Comprendió demasiado tarde que Hardy era lingüista.

—Oh, seguro que no —dijo Hardy con una sonrisa—. Conozco a mis antepasados mucho mejor que eso.

Ya lo veo, almirante —dijo Bury—. Veo que no he sido suficientemente persuasivo. Lo siento, porque por una vez no me impulsaba nada más que el bienestar del Imperio. Si buscase sólo los beneficios… comprendo perfectamente el comercio potencial y la riqueza que podrían reportarnos nuestras relaciones con los pajeños. Pero les considero el mayor peligro con que se haya enfrentado la raza humana.

Da —dijo decididamente Kutuzov—. En esto quizá estemos de acuerdo si añadimos una palabra: peligro potencial, Excelencia. Lo que aquí consideramos es riesgo menor, y a menos que haya un riesgo para la Lenin estoy convencido de que es menor riesgo transportar a esos embajadores en las condiciones convenidas por el capellán Hardy. Doctor Horvath, ¿está usted de acuerdo?

Si no hay otro medio de tratar con ellos, sí. Pero me parece vergonzoso hacerlo así…

—Bah. Capitán Blaine, ¿está usted de acuerdo?

Blaine se rascó la punta de la nariz.

—Sí, señor. Llevarlos es el menor riesgo… si los pajeños son una amenaza, podremos probarlo, y podemos aprender algo de los embajadores.

—¿Señora?

—Estoy de acuerdo con el doctor Horvath…

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