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Электронная книга - «Fan Club». Краткое содержание книги:

Sharon Fields, estrella de cine, es una mujer cuyo éxito parece irresistible a todo el mundo. Existe un silecioso grupo masculino de fans que está planeando raptarla. Su meta retorcida, sus aspiraciones, son satisfacer sus más oscuros deseos y frustraciones con ella. Sharon, a quien la vida sonreía, se ve secuestrada, atada, humillada y, lejos de rendirse, planea su propia escapada. Uno por uno engatusa a los secuestradores para salir sana y salva de su prisión.
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Hasta ahora, en el transcurso de toda la semana, había concentrado todas sus esperanzas y energías no tanto en la fecha en que tuvieran en proyecto soltarla cuanto en librarse de aquellos cuatro individuos.

En el fondo de su corazón siempre había creído que más tarde o más temprano, cuando ya se hubieran hartado, la dejarían en libertad.

A pesar de sus temores y depresiones, jamás había creído en la posibilidad de que no le permitieran regresar a casa.

Ahora esta esperanza a la que se había aferrado se había roto en mil pedazos.

En la cartera de Shively se encerraba su sentencia de muerte.

Se preguntó si los tres compañeros de Shively estarían al corriente de los antecedentes de éste.

Llegó a la conclusión de que no era probable. Se había tomado la molestia de cambiar de nombre para mantener oculta aquella historia y no debía querer que nadie supiera que en cierta ocasión había sido acusado de asesinato. Desesperada, pensó en la posibilidad de referirles la verdad de Shively a Brunner o bien al Soñador.

Les podría decir que lo hacía por su bien. Debían saber que uno de sus compañeros era un asesino y que, si éste volvía a asesinar, ellos serían cómplices.

Sabiéndolo, tal vez se pusieran de su lado y la ayudaran a escapar.

Y, sin embargo, comprendió intuitivamente que no podía revelar su terrible secreto a ninguno de ellos. Estaban juntos, se habían confabulado contra ella, se habían prometido fidelidad y dependían el uno del otro.

Este era el nexo que tenían en común.-Si escucharan la historia de sus labios, era posible que alguno de ellos se la repitiera a Shively o bien le dirigiera ingenuamente a éste alguna pregunta al respecto.

Y ello contribuiría a acelerar su sentencia. Sin embargo, se dijo a sí misma, su final no tenía por qué estar necesariamente decretado. Que un hombre hubiera asesinado a alguien en épocas pasadas bajo la presión de los combates en tiempo de guerra no significaba que éste tuviera que volver inevitablemente a asesinar en tiempo de paz.

Hasta que llegara el momento final de la verdad no podría saber si Shively se proponía dejarla en libertad a su debido tiempo o bien liquidarla.

El veredicto de Shively, la vida o la muerte de Sharon Fields, que él y sólo él conocía, la harían vivir en los días venideros en una angustia insoportable.

Llegó a un convencimiento que la llenó de una férrea decisión superior a cualquier otro sentimiento que hubiera experimentado en el transcurso de las últimas cuarenta y ocho horas.

No quería correr el riesgo de dejar exclusivamente el veredicto en manos de Shively. Tenía que apoderarse del veredicto y convertirse en la dueña de su destino. Sus motivaciones se habían reducido ahora a su más mínima expresión.

Ya no quería comunicarse con el mundo exterior simplemente para evitar los abusos y la humillación.

Ya no quería ponerse en contacto con el mundo exterior para disfrutar del delicioso sabor de la venganza. No le importaba otra cosa que no fuera la simple supervivencia. Sí, ésta era ahora la esencia desnuda.

Vida o muerte.

Y el tiempo había pasado a convertirse también en su tercer enemigo. Tenía que escapar cuanto antes. Era necesario que la encontraran y liberaran cuanto antes.

Pero, ¿cómo, cómo? Echó el agua del excusado para que él no sospechara que estuviera haciendo otra cosa.

Abrió despacio la puerta del cuarto de baño, apagó la luz y regresó al dormitorio de puntillas. Vio a Shively -santo cielo, tenía que olvidarse de su nombre no fuera que lo utilizara accidentalmente-todavía durmiendo en la cama y roncando levemente.

Miró la puerta a través de la oscuridad. Le bastaría descorrer el pestillo y abrir la puerta para alcanzar la libertad. Pero los desconocidos obstáculos de más allá de aquella puerta la abrumaban. No conocía el plano de la casa. No sabía si los demás ocupantes estaban cerca ni si dormían o estaban despiertos.

No conocía el terreno de afuera. Ellos sí lo conocían, pero ella no. Tendría muy pocas probabilidades de alcanzar el éxito.

No obstante, ¿se atrevería a intentarlo? ¿Deslizarse sigilosamente, tratar de orientarse y huir? Sabía que si la apresaban el castigo sería salvaje.

Se desvanecería toda la nueva confianza que les había inspirado por medio de su colaboración, amor y obediencia. Comprenderían que había fingido y seguía odiándoles.

La privarían inmediatamente de sus privilegios. Volverían a amarrarla a la cama con una cuerda. La someterían a toda clase de brutalidades antes de ejecutarla.

Perdería toda esperanza de poder utilizarles y llamar la atención de sus libertadores. Antes de que pudiera tomar una decisión, otro la tomó por ella.

Shively se removió en la cama, se incorporó apoyándose sobre un codo y se frotó un ojo.

– ¿Dónde estás?

– Estoy aquí, cariño -le dijo ella tragando saliva-. He tenido que ir al lavabo. Regresó a la cama con piernas como de piedra. Más tarde, cuando él ya se había marchado y el Nembutal ya le estaba empezando a hacer efecto, luchó contra el sueño para poder pensar en su futuro y en las medidas a tomar.

Hasta ahora, su simulación le había permitido obtener ciertas ventajas, pero no las suficientes y tampoco con la suficiente celeridad ahora que sabía que bajo aquel techo vivía un asesino.

Se encontraba en algún lugar no lejos de Los Angeles. Se encontraba en alguna alejada zona montañosa cercana a una pequeña ciudad.

Iba a enviar una lista de compras a dicha ciudad. Sólo sabía que había un tal Howard Yost, un tal Leo Brunner, un tal Kyle T. Shively, nacido Scoggins, y otro cuyo nombre desconocía y a quien ella apodaba el Soñador.

No era suficiente. Tenía que haber más. Piensa, Sharon, piensa. Pensaba medio aturdida porque la estaba venciendo el sueño.

Antes de sumirse en el sueño pensó fugazmente en una idea descabellada. Tenía que averiguar exactamente dónde la mantenían prisionera. Tenía que comunicar al exterior dónde se encontraba.

Reflexionó momentáneamente acerca de la fugaz posibilidad y comprendió que ésta podría proporcionarle el medio de comunicarse con el exterior y de salvar la vida, pero después la oscuridad se adueñó de su cerebro y se hundió en el sueño aferrándose a aquella recién descubierta, tímida y descabellada esperanza.

A la una en punto del lunes por la tarde Adam Malone se encontraba acomodado en una butaca de pasillo de la última fila del New Arlington Theatre, esperando a que comenzara la proyección de la película.

Tras acostumbrarse a la oscuridad, comprobó que no había más que unas pocas personas esparcidas por el patio de butacas.

Como era de esperar, se trataba en buena parte de adolescentes. Adam escuchaba el murmullo de sus conversaciones y el crujido de las palomitas de maíz al pasar éstas de las cajas de cartón a sus bocas.

En la pantalla se estaban pasando los "trailers" de los próximos programas y el juvenil auditorio les prestaba tan escasa atención como el propio Malone, a la espera del comienzo de la película de Sharon Fields.

Un afortunado azar había traído a Adam Malone a aquel refrigerado local cinematográfico en un caluroso día de finales de junio. El día anterior por la mañana, Howard Yost estaba escuchando un programa deportivo a través de una emisora de Riverside.

Malone, que se encontraba en la misma habitación, no prestó atención hasta que escuchó un anuncio.

En dicho anuncio se exponía el programa estival del reformado local cinematográfico New Arlington Theatre, de las afueras de Arlington.

Dado que ya se habían iniciado las vacaciones escolares, el local había organizado un programa de sesiones matinales diarias dedicadas a la reposición de famosas películas pertenecientes a los diez años últimos.

Las tardes se dedicarían a los programas habituales. Para su primera matinal, el cine anunciaba la reposición de una producción de diez millones de dólares, nada menos que “Los clientes del doctor Belhomme”, protagonizada por Sharon Fields.

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