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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Hernando besó la carta de manumisión que Juan le entregó al salir de casa del escribano. Entonces quiso premiar a su amigo con una corona de oro, pero el mulero la rechazó.

– Muchacho -le dijo-: nos equivocamos al fantasear con las mujeres de Berbería. Ninguna de ellas debe de tener las posaderas que ayer llegué a palpar, pero que fui incapaz de catar. Tenías razón -agregó, apoyando una mano sobre su hombro-: me he hecho viejo.

– No… -intentó excusarse Hernando.

– Ya sabes dónde puedes encontrarme -se despidió sin más el mulero.

Y Hernando lo vio partir. Mientras Juan se alejaba, Hernando pensó que el mulero caminaba algo más erguido que el día anterior.

38

Rosas, azahares, lirios, alhelíes o naranjos; ¡miles de flores! El pequeño patio de la nueva casa en la que vivían Hernando y su familia llamaba a deleitarse en una sensual mezcla de perfumes durante las noches de aquel mayo de 1579. El suelo del patio era de piezas de terrazo, cruzado todo él por el dibujo de una estrella compuesta por diminutos cantos rodados en cuyo centro se erigía una sencilla fuente de piedra sin adornos, de la que permanentemente brotaba el agua cristalina. Porque si Córdoba tenía problemas con las aguas residuales y su red de alcantarillado, origen de frecuentes epidemias de tifus y de todo tipo de endémicas enfermedades gastrointestinales que afectaban sobre todo a las zonas más humildes de la Ajerquía, contaba por otra parte con treinta y nueve veneros y numerosos pozos que aprovechaban la inagotable y preciada agua de la sierra. La villa, la antigua medina, con su intrincada disposición de calles y callejas era la zona más privilegiada en el reparto del agua cordobesa. Y precisamente fue allí, en la medina, en la calle de los Barberos, donde Hernando alquiló una pequeña casa propiedad del cabildo catedralicio, de las muchas con las que había sido beneficiada la Iglesia a lo largo de los años.

La casa patio de la calle de los Barberos que alquiló cumplía todas las características que habían definido a las domus romanas en las que se inspiraban las viviendas cordobesas y que después los musulmanes tomaron como modelo de lo que debían ser sus viviendas: oasis con flores y agua; paraísos aislados del exterior. Encajonada entre otros dos edificios similares, el patio rectangular se hallaba cerrado en uno de sus lados por un muro ciego, al constituir la medianera de un colindante; los tres lados restantes aparecían rodeados de crujías que daban acceso a las estancias y, entre las crujías y el patio, una galería porticada mediante vigas de madera que se elevaba otro piso más, en el que la galería estaba protegida por una barandilla también de madera que abría al patio; todo techado mediante una cubierta de pequeñas tejas alternativamente colocadas de forma cóncava o convexa para actuar como canalones en la recogida de las aguas de lluvia. El acceso a la vivienda se efectuaba a través de un fresco zaguán casi tan amplio como una estancia, embaldosado con azulejos de colores hasta media altura. El zaguán se cerraba a la calle mediante una puerta de madera y al patio central de la casa mediante una reja calada. En el piso inferior se ubicaban la cocina, una sala, la letrina y una minúscula estancia. En el piso superior, con acceso desde la galería abierta al patio, había cuatro estancias más.

La idea de mudarse a una vivienda independiente rondaba la cabeza de Hernando desde que le aumentaron el salario y se produjo la llegada de Hamid. El alfaquí terminó aceptando su libertad y admitió la protección que le ofrecía Hernando como la consecuencia natural de lo que ambos consideraban tan fuerte como cualquier relación familiar. Sin embargo, a diferencia de Aisha, que había insistido en ir a trabajar en la seda, Hamid se recluyó en las habitaciones superiores de las cuadras, donde rezaba, pensaba y leía el Corán aprovechando la intimidad que le proporcionaba aquel lugar cuya única religión eran los caballos. También tomó como obligación propia la educación de los tres niños, los dos hijos de Hernando y Shamir, el hijo de Aisha.

Pero si todos aquellos argumentos eran de por sí suficientes para que considerase llegada la hora de buscar una nueva casa, hubo otro, egoístamente superior a los demás, que le impelió a empeñarse en ello. La pareja buscaba otro hijo; deseaban tenerlo y su intimidad se vio coartada por la presencia de su familia. Hacían el amor, sí, pero escondidos bajo las sábanas, reprimiendo sus manifestaciones y ahogando sus jadeos de placer. Ambos echaban en falta la posibilidad de recrearse el uno en el otro en libertad. Cohibida por la presencia del alfaquí, Fátima evitaba el uso de las esencias y los perfumes que tan deliciosos hacían los coitos. Tampoco jugueteaban antes de alcanzar el éxtasis, tocándose, rozándose, besándose o lamiéndose, y las mil posturas de las que desinhibidamente habían llegado a disfrutar se limitaban ahora a las que podían ocultar bajo las sábanas. El embarazo no llegaba.

– Mi vagina es incapaz de succionar tu miembro -se lamentó un día Fátima-. No dispongo de sosiego. Necesito ser capaz de atrapar tu pene en mi interior, apretarlo y aprisionarlo hasta lograr sorber toda la vida que estás dispuesto a proporcionarme.

Encontró la casa. Aisha, Fátima, él y los niños se establecieron en el piso superior mientras Hamid, para tranquilidad de su esposa, hacía suya la diminuta habitación sobrante de la planta baja.

Desde la recta calle de los Barberos, cuya continuación, donde se emplazaba un cuadro de la Virgen de los Dolores, estaba dedicada al caudillo musulmán Almanzor por haber estado allí uno de sus palacios, se podía ver sin dificultad la torre de entrada a la catedral, el antiguo alminar, que sobresalía orgullosa por encima de los edificios. Con aquella referencia y una somera consulta a las estrellas desde el patio, Hamid calculó con precisión la dirección de la quibla e hizo una inapreciable incisión en la pared de su habitación hacia la que dirigir sus oraciones.

Su salario en las caballerizas les permitía vivir sin estrecheces, pero no habría podido optar a esa casa de no haber sido por el precio reducido de la renta, obtenido gracias a la mediación de don Julián ante el cabildo catedralicio. El sacerdote le agradecía así su desinteresado esfuerzo en la copia de Coranes, cuyos beneficios entregaban todos directamente a la causa.

– Quien pierde la lengua arábiga pierde su ley -le recordó un día don Julián en la intimidad de la biblioteca.

Aquella máxima invocada ya en la guerra de las Alpujarras se alzó como un objetivo prioritario para las diversas comunidades moriscas repartidas por todos los reinos españoles, en contradicción con el empeño por parte de los cristianos, generalmente estéril, de que los moriscos abandonasen el uso del árabe en su vida cotidiana. Los nobles de cualquiera de aquellos reinos, interesados en los míseros salarios que satisfacían a los moriscos, actuaban con lasitud ante el uso de la lengua árabe en sus tierras de señorío, pero los municipios, la Iglesia y la Inquisición, por orden real, hicieron suya esa máxima y la convirtieron en una de sus banderas. Las aljamas reaccionaron y promovieron en secreto madrasas o escuelas coránicas, pero sobre todo, proveyeron a los musulmanes de los prohibidos y sacrílegos ejemplares del libro divino, por lo que a lo largo de toda España se desarrolló una red de copistas.

– Por fin los he conseguido -le dijo una noche don Julián, poniendo delante de Hernando, en la mesa en la que trabajaba, un pliego de papel virgen. Se hallaban solos en la biblioteca. Era tarde; hacía un par de horas que habían finalizado los oficios de completas y la catedral había sido despejada de los variopintos personajes que la poblaban durante el día, entre ellos los delincuentes que se acogían a sagrado y que pasaban las noches inmunes a la acción de la justicia ordinaria en las galerías del huerto de acceso, ya que los alguaciles no podían entrar en la iglesia a detenerlos. Hernando recreó las muchas y pintorescas situaciones que había tenido oportunidad de contemplar, y sonrió al escuchar los correteos de los porteros en sus esfuerzos por expulsar del recinto sacro a algunos perros y, esa noche, incluso a un cerdo.

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