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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Vos… vos no estabais aquí —gimió al sentir que la hoja subía hacia sus mejillas—. Robert… sus heridas… si las hubierais visto, si supierais cómo olían, no os cabría duda…

—No, ya sé que el jabalí os hizo el trabajo sucio… pero si lo hubiera dejado a medias, no me cabe duda de que lo habríais terminado.

—Era un mal rey… engreído, borracho, lujurioso… hubiera acabado por repudiar a su reina, a vuestra hermana… por favor… Renly conspiraba para traer a la doncella de Altojardín a la corte, para que sedujera a vuestro hermano… es la verdad de los dioses…

—¿Y para qué conspiraba Lord Arryn?

—Lo sabía —dijo Pycelle—. Lo de… lo de…

—Ya sé qué sabía —le espetó Tyrion, que no tenía ningunas ganas de que Shagga y Timett se enterasen también.

—Iba a enviar a su esposa al Nido de Águilas y a su hijo a Rocadragón como pupilo… pensaba actuar…

—De manera que lo envenenasteis para que no hiciera nada.

—No —se resistió débilmente Pycelle.

Shagga gruñó y lo agarró por la cabeza. Tenía la mano tan grande que podría aplastar el cráneo del maestre como si fuera un huevo.

—Tch tch —dijo Tyrion—. Vi las lágrimas de Lys entre vuestras pócimas. Y echasteis al maestre de Lord Arryn para atenderlo vos mismo y así aseguraros de que moría.

—¡Eso es falso!

—Necesita un afeitado más apurado —sugirió Tyrion—. Otra vez por la garganta.

El hacha se movió de nuevo, raspando la piel. Los labios de Pycelle temblaban, la saliva espumeaba entre ellos.

—Intenté salvar a Lord Arryn. Os lo juro…

—Ve con cuidado, Shagga, que lo has cortado.

—Los hijos de Dolf son guerreros —gruñó Shagga—, no barberos.

Cuando vio que un reguerito de sangre le manaba del cuello y le caía sobre el pecho, el anciano se estremeció y lo abandonaron las últimas fuerzas. Parecía hundido, más menudo y frágil que cuando habían entrado.

—Sí —sollozó—, sí, Colemon lo estaba purgando, así que lo eché. La reina necesitaba que Lord Arryn muriera, no lo dijo con esas palabras, no podía, Varys estaba escuchando, siempre escucha, pero la miré y lo supe. Aunque no fui yo quien le administró el veneno, os lo juro. —El anciano se echó a llorar—. Varys os lo puede decir, fue el chico, Hugh, su escudero, seguro que lo hizo él, preguntad a vuestra hermana, preguntádselo.

—Atadlo y lleváoslo —ordenó Tyrion. Estaba asqueado—. Arrojadlo a una de las celdas negras.

Lo arrastraron entre los restos de la puerta.

—Lannister —gimió—, todo lo he hecho siempre por los Lannister…

Cuando se lo hubieron llevado, Tyrion revisó a conciencia sus habitaciones y cogió unos cuantos frasquitos más de los estantes. Los cuervos no dejaban de graznar sobre su cabeza, era un sonido extrañamente tranquilo. Habría que buscar a alguien para que se encargara de los pájaros antes de que les enviaran un sustituto para Pycelle desde la Ciudadela.

«Era en el que más esperaba confiar.» Sospechaba que Varys y Meñique no eran más leales que Pycelle… sólo más sutiles, y por tanto más peligrosos. Tal vez el sistema de su padre habría sido el mejor: llamar a Ilyn Payne, montar tres cabezas sobre las puertas, y se acabó.

«Y sería un hermoso espectáculo», pensó.

ARYA

«El miedo hiere más que las espadas», se repetía Arya, pero no conseguía espantar el miedo. Formaba parte de sus días, igual que el pan duro y las ampollas en los dedos de los pies tras un largo día de marcha por el camino duro, irregular.

Hasta entonces había creído que sabía qué era el miedo, pero lo descubrió de verdad en aquel almacén al lado del Ojo de Dioses. Había pasado allí ocho días hasta que la Montaña dio orden de ponerse en marcha, y cada uno de aquellos días vio morir a alguien.

La Montaña entraba en el almacén después de desayunar y elegía a uno de los prisioneros para interrogarlo. Los aldeanos nunca lo miraban. Tal vez creían que, si no se fijaban en él, él no se fijaría en ellos… pero sí, sí los veía, y elegía al que le parecía mejor. No había lugar donde esconderse, ningún truco posible, ninguna manera de estar a salvo.

Una chica compartió el lecho de un soldado durante tres noches consecutivas; al cuarto día la Montaña la eligió, y el soldado no dijo nada.

Un viejo sonriente les remendaba las ropas sin parar de parlotear sobre su hijo, decía que servía con los capas doradas en Desembarco del Rey.

—Es leal al rey —decía—, un buen hombre, leal al rey, igual que yo, siempre con Joffrey.

Lo repetía tan a menudo que el resto de los prisioneros empezaron a llamarlo Siempre-con-Joffrey, pero cuando no escuchaban los guardias, claro. A Siempre-con-Joffrey lo eligió el quinto día.

Una joven madre con la cara picada de viruelas se ofreció a decirles todo lo que sabía si le prometían que no harían daño a su hija. La Montaña la escuchó. A la mañana siguiente eligió a la hija, sólo para asegurarse de que no se había olvidado de nada.

A los elegidos los interrogaba a plena vista de los cautivos, para que vieran el destino reservado a rebeldes y traidores. Había un hombre al que los demás llamaban Cosquillas, que era el que hacía las preguntas. Tenía el rostro tan vulgar y vestía ropas tan sencillas que Arya lo tomó por uno de los aldeanos hasta que lo vio trabajar.

—Cosquillas los hace gritar tanto que se mean —les dijo el viejo Chiswyck, con sus hombros cargados.

Chiswyck era al que había intentado morder, el mismo que dijo que era una salvaje y la dejó sin sentido con un puñetazo del guantelete. A veces él mismo ayudaba a Cosquillas. A veces lo hacían otros. Ser Gregor Clegane se limitaba a observar, inmóvil, escuchando, hasta que la víctima moría.

Las preguntas eran siempre las mismas. ¿Dónde estaba escondido el oro de la aldea? ¿Plata, piedras preciosas? ¿Había más comida? ¿Dónde estaba Lord Beric Dondarrion? ¿Qué aldeanos lo habían ayudado? ¿Cuándo se fue? ¿Qué dirección tomó? ¿Cuántos hombres llevaba? ¿Cuántos caballeros, cuántos arqueros, cuántos soldados de a pie? ¿Cómo iban armados? ¿De cuántos caballos disponían? ¿Cuántos estaban heridos? ¿Qué otros enemigos habían visto? ¿Cuántos? ¿Cuándo? ¿Qué estandartes llevaban? ¿A dónde habían ido? ¿Dónde estaba escondido el oro de la aldea? ¿Plata, piedras preciosas? ¿Dónde estaba Lord Beric Dondarrion? ¿Cuántos hombres llevaba? Al tercer día, Arya se había sentido capaz de formular ella misma las preguntas.

Encontraron un poco de oro, un poco de plata, una gran saca de moneditas de cobre y una copa mellada con granates engastados por la que dos soldados casi llegaron a las manos. Supieron que Lord Beric iba con diez hombres muertos de hambre, o tal vez con un centenar de caballeros y sus monturas; que se habían dirigido hacia el oeste, o hacia el norte, o hacia el sur; que había cruzado el lago en bote; que era fuerte como un uro, o bien estaba debilitado por la colerina sangrienta. Nadie, hombre, mujer o niño, sobrevivió al interrogatorio de Cosquillas. Los más fuertes aguantaban hasta pasado el ocaso. Luego colgaban sus cadáveres más allá de las hogueras para que los devorasen los lobos.

Cuando emprendieron la marcha, Arya sabía que no era ninguna danzarina del agua. Syrio Forel jamás habría permitido que lo noquearan y le quitaran la espada, ni se habría quedado mirando mientras mataban a Lommy Manosverdes. Syrio jamás se habría sentado en silencio en aquel almacén, ni caminaría arrastrando los pies con los otros cautivos. El blasón de los Stark era el lobo huargo, pero Arya se sentía más bien como una oveja en medio del rebaño. Y detestaba a los aldeanos por su cobardía casi tanto como se detestaba a sí misma.

Los Lannister se lo habían quitado todo: padre, amigos, hogar, esperanza y valor. Uno le había arrebatado a Aguja, mientras que otro había roto contra la rodilla su espada de madera. Hasta le habían robado su estúpido secreto. El almacén era grande, con lo que siempre pudo escabullirse para orinar en cualquier rincón, pero en el camino la cosa cambió. Se aguantó tanto como pudo, pero al final tuvo que acuclillarse junto a un arbusto y desatarse los calzones delante de todos. Era eso u orinarse encima. Pastel Caliente la miró con los ojos abiertos como platos, pero a nadie más le importó. Niña oveja, niño oveja, a Ser Gregor y a sus hombres tanto les daba.

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