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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Si les ponemos capas rojas y yelmos adornados con leones serán idénticos al resto de los guardias. Me pasé mucho tiempo tratando de idear un plan para introducirlos en Aguasdulces, antes de que se me ocurriera meterlos a la vista de todos. Entrarán a caballo por la puerta principal, con el estandarte de los Lannister y escoltando los huesos de Lord Eddard. —Esbozó una sonrisa retorcida—. Si fueran sólo cuatro hombres los vigilarían de cerca. Cuatro entre cuatrocientos podrán pasar desapercibidos. Así que tengo que enviar a los verdaderos guardias junto con los falsos… tal como le vais a explicar a mi hermana.

—Y ella por el bien de su amado hermano, pese a sus recelos, accederá. —Bajaron hacia una columnata desierta—. De todos modos, no poder contar con sus capas rojas hará que se sienta insegura.

—Me gusta que se sienta insegura —dijo Tyrion.

Ser Cleos Frey partió aquella misma tarde, escoltado por Vylarr y un centenar de guardias Lannister de capas rojas. Los hombres enviados por Robb Stark se unieron a ellos ante la Puerta de los Dioses, para el largo viaje de vuelta hacia el oeste.

Tyrion encontró a Timett jugando a los dados en los barracones con sus Hombres Quemados.

—Ven a mis estancias a medianoche.

Timett clavó en él su único ojo y asintió con gesto brusco. No era persona dada a los discursos.

Aquella noche cenó con los Grajos de Piedra y los Hermanos de la Luna en la sala menor, aunque por una vez prescindió del vino. Necesitaba tener la cabeza bien despejada.

—Shagga, ¿qué luna hay esta noche?

—Luna nueva, creo. —El ceño de Shagga resultaba aterrador.

—En el oeste la llamamos luna del traidor. Trata de no emborracharte esta noche y asegúrate de que tienes el hacha bien afilada.

—El hacha de un Grajo de Piedra siempre está afilada, y las hachas de Shagga son las más afiladas de todas. Una vez le corté la cabeza a un hombre, y no se dio cuenta hasta que no intentó cepillarse el pelo. Entonces se le cayó.

—¿Por eso tú no te peinas nunca?

Las carcajadas de los Grajos de Piedra retumbaron en toda la sala, y las de Shagga eran las más sonoras.

A medianoche el castillo estaba oscuro y silencioso. Sin duda unos cuantos capas doradas lo espiaban desde las murallas y lo vieron salir de la Torre de la Mano, pero nadie dijo nada. Era la Mano del Rey y podía ir adonde gustara.

La endeble puerta de madera cedió con un crujido retumbante ante la patada de Shagga. Los trozos de madera volaron hacia el interior de la estancia, y Tyrion oyó un gritito femenino de terror. Shagga terminó de abatir la puerta con tres fuertes hachazos, y entró entre las ruinas. Lo siguió Timett, y luego Tyrion, saltando sobre las astillas. El fuego se había consumido y apenas si quedaban unas brasas, y las sombras que proyectaban en el dormitorio eran grandes y alargadas. Cuando Timett arrancó los pesados cortinajes del lecho, la criada desnuda los miró con los ojos muy abiertos.

—Por favor, mis señores —suplicó—, no me hagáis daño. —Se apartó de Shagga, sonrojada y temerosa, tratando de cubrir sus encantos con las manos, aunque obviamente le faltaba una.

—Vete —le dijo Tyrion—. No es a ti a quien buscamos.

—Shagga quiere a esta mujer.

—Shagga quiere a todas las putas en esta ciudad de putas —se quejó Timett, hijo de Timett.

—Sí —asintió Shagga, imperturbable—. Shagga le hará un hijo fuerte.

—Cuando la chica quiera un hijo fuerte ya te buscará ella —dijo Tyrion—. Timett, llévala afuera… con cortesía, por favor.

El Hombre Quemado sacó a la chica de la cama y casi la arrastró afuera de la estancia. Shagga los vio alejarse, apesadumbrado como un perrito castigado. La chica saltó sobre los restos de la puerta y salió al pasillo, ayudada por un firme empujón de Timett. Sobre sus cabezas, los cuervos graznaban sin cesar.

Tyrion apartó la suave manta de la cama y descubrió debajo al Gran Maestre Pycelle.

—Decidme, ¿en la Ciudadela aprueban que os llevéis a las criadas a la cama, maestre?

—¿Q-qué significa esto? Soy un anciano, y vuestro leal servidor… —El viejo maestre estaba tan desnudo como la chica, aunque ofrecía un espectáculo mucho menos agradable. Tenía los ojos bien abiertos para variar.

—Tan leal que sólo enviasteis una de mis cartas a Doran Martell. —Tyrion se subió a la cama—. La otra se la disteis a mi hermana.

—N-no —gimoteó Pycelle—. Eso es falso, lo juro, no fui yo. Varys, fue Varys, la Araña, os lo advertí…

—¿Todos los maestres mienten tan mal? A Varys le dije que iba a entregar a mi sobrino Tommen al príncipe Doran como pupilo. A Meñique le dije que pensaba casar a Myrcella con Lord Robert del Nido de Águilas. No le dije a nadie que iba a ofrecer a Myrcella a los hombres de Dorne… la verdad sólo estaba en las cartas que os confié. A vos.

—Los pájaros se pierden, alguien pudo robar los mensajes, o venderlos… —Pycelle se aferró a una esquina de la manta—. Fue Varys, os podrían contar cosas de ese eunuco que os helarían la sangre…

—Mi dama prefiere que tenga la sangre caliente.

—No cometáis un error, por cada secreto que el eunuco os susurra al oído, os oculta siete. Y Meñique, ése sí que…

—Lo sé todo acerca de Lord Petyr. Confío en él casi tan poco como en vos. Shagga, córtale la virilidad y échasela de comer a las cabras.

—No hay cabras, Mediohombre —dijo Shagga blandiendo el hacha de doble filo.

—Qué se le va a hacer.

Shagga saltó hacia delante con un rugido. Pycelle chilló y mojó la cama, regando la orina en todas direcciones mientras trataba de ponerse fuera de su alcance. El salvaje lo agarró por la punta de la ondulada barba blanca, y le cortó tres cuartas partes de la misma de un golpe de hacha.

—Timett, ¿no crees que nuestro amigo se mostrará más sincero cuando no pueda esconderse detrás de esos bigotes? —Tyrion cogió un trozo de sábana para limpiarse los meados de las botas.

—No tardará en decir la verdad. —La oscuridad llenaba el hueco del ojo quemado de Timett—. Huelo el hedor de su miedo.

Shagga tiró un puñado de pelo sobre las mantas y agarró la barba que quedaba.

—Estaos quieto, maestre —le suplicó Tyrion—. Cuando Shagga se enfada le tiemblan las manos.

—A Shagga nunca le tiemblan las manos —replicó indignado el hombretón al tiempo que ponía la gran hoja en forma de medialuna bajo la barbilla de Pycelle y le afeitaba otro mechón de barba.

—¿Cuánto hace que espiáis para mi hermana? —le preguntó Tyrion.

—Todo lo que he hecho ha sido por la Casa Lannister. —La respiración de Pycelle era rápida y trabajosa. Una película de sudor cubría la ancha cúpula que era la frente del anciano, tenía mechones de pelo blanco pegados a la piel arrugada—. Siempre… desde hace años… preguntádselo a vuestro señor padre, siempre he sido su leal servidor… Yo fui quien dijo a Aerys que le abriera las puertas…

Aquello cogió a Tyrion por sorpresa. No había sido más que un niño feo en Roca Casterly cuando la ciudad cayó.

—Así que el saqueo de Desembarco del Rey también fue obra vuestra.

—¡Por el reino! Una vez muriera Rhaegar, la guerra terminaría. Aerys estaba loco, Viserys era demasiado pequeño, el príncipe Aegon no era más que un bebé de pecho, pero el reino necesitaba un rey… Recé por que fuera vuestro padre, pero Robert era demasiado fuerte, y Lord Stark se movió demasiado deprisa…

—Me pregunto a cuántos habéis traicionado. A Aerys, a Eddard Stark, a mí… ¿al rey Robert también? A Lord Arryn, al príncipe Rhaegar… ¿Cuándo empezó todo, Pycelle? —Porque sabía bien cuándo iba a terminar. El hacha arañó la nuez de la garganta de Pycelle y rozó la temblorosa piel sensible debajo de la barbilla, afeitando los últimos pelos.

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