Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Rand —dijo Egwene—. ¿Crees realmente que estuvo bien permitir que los Aiel cogieran todas esas cosas?
Él miró hacia atrás y la vio taconear a Niebla, su yegua gris, para ponerla a la altura de su caballo. De alguna parte había sacado un vestido verde oscuro con la estrecha falda dividida para montar, y una cinta de terciopelo, también verde, sujetaba su cabello en la nuca.
Moraine y Lan aún cabalgaban a cierta distancia, ella en su yegua blanca, vestida con un traje de montar de seda azul y acuchillados verdes, aunque de falda normal, y el cabello recogido con una redecilla dorada; él, a lomos de su enorme caballo de batalla, con la capa de color cambiante de Guardián que probablemente arrancaba tantas exclamaciones como los Aiel. Cuando la brisa agitaba la capa, los tonos verdes, pardos y grises ondeaban sobre ella; cuando colgaba inmóvil daba la impresión de confundirse con el fondo que hubiera detrás, de manera que los ojos parecían ver a través de partes de Lan y su montura. Resultaba inquietante.
También iba Mat con ellos, hundido en la silla con aspecto resignado, procurando mantenerse apartado del Guardián y la Aes Sedai. Había elegido un castrado marrón, un animal al que llamaba Puntos; hacía falta un ojo experto para advertir el ancho pecho y la fuerte cruz que prometía que el aparentemente tosco Puntos seguramente igualaba en velocidad y resistencia a los sementales de Rand o de Lan. La decisión de Mat de acompañarlos había sido una sorpresa; Rand aún no sabía por qué. Amistad, quizá; o tal vez no. Tanto lo que hacía Mat como sus motivos no eran cosa fácil de entender.
—¿Te explicó tu amiga Aviendha lo de «el quinto»? —preguntó a Egwene.
—Me mencionó algo, pero… Rand, no creerás que ella… Que también cogió cosas, ¿verdad?
Detrás de Moraine y de Lan, detrás de Mat, detrás de Rhuarc que los dirigía, los Aiel caminaban en largas filas a ambos lados de mulas, hilera tras hilera de cuatro de frente, cargadas con bultos. Cuando los Aiel tomaban uno de los dominios de un clan enemigo en el Yermo, por costumbre —o quizá por ley, Rand no lo entendía exactamente— se llevaban un quinto de todo lo que contenía, salvo la comida. No vieron razón para no hacer lo mismo con la Ciudadela. Pero las mulas no cargaban más que con una mínima parte de una parte de un quinto de los tesoros de la Ciudadela. Rhuarc decía que la avaricia mataba más hombres que el acero. Las canastas de mimbre, sobre las que iban alfombras y cortinas enrolladas, no estaban muy cargadas. Les aguardaba el duro paso por la Columna Vertebral del Mundo, y después un viaje aún más riguroso a través del Yermo.
«¿Cuándo se lo digo? —se preguntó Rand—. Cuanto antes, ahora; tiene que ser pronto». Moraine lo consideraría una jugada arriesgada, atrevida; tal vez hasta lo aprobaría. Tal vez. La Aes Sedai creía que ahora conocía todo su plan, y lo había desaprobado sin andarse con rodeos; seguramente quería acabar cuanto antes con ello. Pero los Aiel… «¿Y si se niegan? Pues que se nieguen. Yo he de hacerlo». En cuanto al quinto… No creía que hubiera sido posible impedir que los Aiel lo cogieran aunque él no hubiera estado de acuerdo, cosa que no ocurría; se lo habían ganado con creces, y le importaba un bledo despojar a los señores tearianos de lo que habían amasado exprimiendo a su pueblo durante generaciones.
—La vi enseñándole a Rhuarc un cuenco de plata —respondió a Egwene—. Por el modo en que su bolsa tintineó cuando metió el cuenco en ella, había más plata dentro. O tal vez oro. ¿Te parece mal?
—No. —Pronunció la palabra lentamente, con un leve timbre de duda, pero después su voz cobró firmeza—. Es sólo que no la había imaginado… Los tearianos no se habrían conformado con un quinto, de ser la situación al contrario. Habrían arramblado con todo lo que no fuera obra de cantería, y habrían robado las carretas para cargarlo. Sólo porque las costumbres de otros pueblos sean diferentes no significa que sean malas, Rand. Deberías saberlo.
Rand se echó a reír bajito. Era casi como en los viejos tiempos: él dispuesto a explicar por qué y cómo se había equivocado ella, y ella adelantándose a su planteamiento y echándole en cara la explicación que no había tenido oportunidad de expresar. Su caballo caracoleó unos pasos, contagiado de su estado de ánimo. Palmeó el cuello arqueado del rodado. Qué día tan estupendo.
—Buen caballo —dijo Egwene—. ¿Le has puesto nombre?
—Jeade’en —respondió de mala gana, perdiendo parte de su buen humor.
Le daba un poco de vergüenza el nombre, las razones de haberlo elegido. Uno de sus libros favoritos había sido siempre Los viajes de Jain el Galopador, y aquel gran viajero llamó a su caballo Jeade’en —Explorador Certero, en la Vieja Lengua— porque el animal siempre fue capaz de encontrar el camino de vuelta a casa. Era agradable pensar que Jeade’en lo llevaría a casa algún día. Agradable, pero poco probable, y no quería que nadie imaginara el motivo de haber elegido tal nombre. En su vida actual no había cabida para fantasías pueriles. En realidad no la había para ninguna otra cosa que no fuera el cometido que tenía marcado.
—Bonito nombre —comentó ella, como ausente. Rand sabía que también había leído el libro, y casi esperaba que reconociera el nombre, pero la joven parecía estarle dando vueltas a otro asunto, mordiéndose el labio con aire caviloso.
Él acogió de buen grado su silencio. Los arrabales de la ciudad dieron paso al campo abierto y a algunas miserables granjas desperdigadas. Ni siquiera un Congar o un Coplin, miembros de unas familias de Dos Ríos notorias por la pereza entre otras cosas, dejarían sus propiedades en el estado de abandono y descuido que había en estas toscas casas de piedra, cuyas paredes inclinadas parecían a punto de desplomarse encima de las gallinas que escarbaban la tierra. Los destartalados graneros se recostaban contra laureles y benjuíes. Todos los techos, de pizarras medio rotas, daban la impresión de tener goteras. Las cabras balaban desconsoladamente en rediles de piedra que parecían haber sido levantados provisionalmente esa misma mañana. Hombres y mujeres descalzos, los hombros hundidos, cavaban con azadas los campos sin vallas, sin levantar siquiera la vista al paso del numeroso cortejo. Los gorjeos de tordos y zorzales en los pequeños sotos no bastaban para aliviar la opresiva sensación de tristeza.
«He de hacer algo respecto a esto. Yo… No, ahora no. Lo primero es lo primero. He hecho cuanto he podido por ellos en unas pocas semanas, pero por ahora no está en mi mano ayudarlos más». Procuró no mirar las ruinosas granjas. ¿Estarían en tan malas condiciones los olivares del sur? Los que trabajaban en ellos ni siquiera eran propietarios de la tierra; ésta pertenecía a los Grandes Señores. «No. Piensa en la brisa. Es agradable cómo alivia el calor. Tengo que disfrutar de ello un poco más. Dentro de poco tendré que decírselo».
—Rand, he de hablar contigo —anunció de repente Egwene. Su expresión era circunspecta; aquellos grandes ojos oscuros fijos en él guardaban una ligera reminiscencia con los de Nynaeve cuando estaba a punto de echar una reprimenda—. Respecto a Elayne.