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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Ah, sí —dijo Rand, como si acabara de recordar algo—. Los soldados no saben gran cosa sobre alimentar a la gente hambrienta, ¿verdad? Para hacer eso, estoy convencido de que es necesario el corazón tierno y compasivo de una mujer. Mi señora Alteima, lamento tener que molestaros en unos momentos tan angustiosos para vos, pero ¿querréis encargaros de supervisar la distribución de los víveres? Tendréis que alimentar a toda una nación.

«Y acumular mucho poder», pensó Moraine. Era el primer error que cometía. Aparte de dar prioridad a Cairhien en lugar de a Illian, por supuesto. Alteima regresaría a Tear en igualdad con Meilan o Gueyam, lista para iniciar nuevas conspiraciones. Haría asesinar a Rand antes, si el chico no se andaba con cuidado. Cabía la posibilidad de que se arreglara un accidente desde Cairhien.

Alteima hizo una elegante reverencia, extendiendo todo el vuelo de las blancas faldas, con tan sólo un leve atisbo de sorpresa.

—Como ordene mi señor Dragón. Será un gran placer serviros.

—Estaba seguro de ello —repuso, irónico, Rand—. Imagino que el gran amor que profesáis a vuestro esposo os aconseja no llevarlo a Cairhien con vos. Serían unas condiciones muy duras para un hombre enfermo, así que me he tomado la libertad de trasladarlo a los aposentos de la Gran Señora Estanda. Ella lo cuidará en vuestra ausencia y os lo mandará para que se reúna con vos cuando se haya recuperado.

Estanda esbozó una mueca, una tirante sonrisa de triunfo. Alteima puso los ojos en blanco y se desplomó como un fardo en el suelo. Moraine sacudió levemente la cabeza. En verdad el chico se había endurecido. Y se había vuelto más peligroso. Egwene hizo intención de dirigirse hacia la desvanecida mujer, pero la Aes Sedai la sujetó por el brazo.

—Es un simple desmayo a causa de la emoción. Reconozco los síntomas, ¿comprendes? Además, ya la están atendiendo otras señoras.

Varias damas se arremolinaban alrededor de la mujer y le daban palmaditas en las muñecas mientras otra le ponía las sales aromáticas bajo la nariz. Alteima tosió y abrió los ojos; pareció a punto de volver a desmayarse cuando vio a Estanda de pie junto a ella.

—Rand ha hecho un movimiento muy astuto —comentó Egwene con un timbre impasible—. Y muy cruel. Hace bien en estar avergonzado.

Era cierto que el joven parecía sentirse incómodo, con la vista clavada en las baldosas que había bajo sus pies. Quizá no era tan duro como pretendía.

—Pero no inmerecido, no obstante —observó Moraine. La muchacha prometía; era despierta, y enseguida cogía lo que no entendía. Sin embargo, todavía tenía que aprender a controlar sus emociones, a ver lo que era preciso hacer igual que veía lo que quería que se hiciera—. Esperemos que por hoy haya terminado de ser listo.

Muy pocos de los presentes en la gran cámara comprendían lo que había pasado, aparte de que el desmayo de Alteima había incomodado al lord Dragón. Unas pocas voces en las últimas filas lanzaron el grito de «¡Cairhien caerá!» pero nadie lo coreó.

—¡Con vuestro liderato, mi señor Dragón, conquistaremos el mundo! —clamó un joven de rasgos toscos que sujetaba a Torean. Era Estean, el hijo mayor del Gran Señor. El parecido entre ambos era obvio; el padre seguía mascullando entre dientes, aturdido.

Rand, que levantó bruscamente la cabeza, pareció sobresaltado. O tal vez furioso.

—No estaré con vosotros. Voy… Estaré ausente un tiempo.

Ni que decir tiene que tal declaración suscitó otra vez un absoluto silencio. Todos los ojos estaban pendientes de Rand, pero la atención del joven estaba totalmente centrada en Callandor. La multitud se encogió cuando Rand al’Thor levantó la hoja cristalina ante su rostro. El sudor le resbalaba por la cara, más copioso que antes.

—La Ciudadela guardaba a Callandor antes de mi llegada. Y tendrá que volver a guardarla hasta mi regreso.

De manera repentina, la espada transparente resplandeció con cegadora intensidad en sus manos. Levantándola verticalmente hasta donde le alcanzaban los brazos, la impulsó hacia abajo, y la hincó en el suelo. Unos rayos de energía azulada saltaron hacia la cúpula. La piedra retumbó atronadoramente, y entonces la Ciudadela se sacudió con violencia y lanzó al suelo a la gente, que gritaba enloquecida de terror.

Moraine apartó a Egwene de un empellón cuando los temblores resonaban todavía en la cámara y se puso de pie con esfuerzo. ¿Qué había hecho? ¿Y por qué? ¿Cómo que se iba? Esto era una pesadilla, la más horrible que podría tener.

Los Aiel ya se habían incorporado; todos los demás yacían aturdidos o hechos un ovillo en el suelo. Excepto Rand. El joven había clavado una rodilla en el suelo y sus manos todavía ceñían la empuñadura de Callandor, cuya hoja estaba hundida hasta la mitad en las baldosas. De nuevo volvía a ser de cristal. El sudor brillaba en el rostro de Rand, que separó lentamente las manos, dedo a dedo, rodeando todavía la empuñadura, pero sin tocarla. Por un instante Moraine pensó que iba a agarrarla otra vez, pero en lugar de ello el joven se obligó a ponerse de pie, con denuedo. La Aes Sedai estaba segura de que había tenido que hacer un gran esfuerzo de voluntad para vencer el deseo de tomar de nuevo la espada.

—Miradla mientras yo esté ausente. —Su voz sonaba más ligera, más como era cuando lo había encontrado en el pueblo, pero no menos segura o firme que hacía unos instantes—. Miradla y recordadme. Recordad que volveré por ella. Si alguien desea ocupar mi lugar, sólo tiene que sacarla. —Agitó el dedo hacia la muchedumbre, sonriendo casi con malicia—. Pero no olvidéis el precio del fracaso.

Giró sobre sus talones y salió de la cámara, seguido por los Aiel. Con la mirada prendida en la espada clavada en el suelo del Corazón de la Ciudadela, los tearianos se pusieron en pie lentamente. La mayoría parecía a punto de salir corriendo, pero estaban demasiado asustados para hacerlo.

—¡Ese hombre! —rezongó Egwene mientras se sacudía el polvo prendido en su vestido—. ¿Es que se ha vuelto loco? —De pronto se llevó la mano a la boca—. Oh, Moraine, no es eso, ¿verdad? No está loco. Aún no.

—Quiera la Luz que no —murmuró la Aes Sedai, que tampoco era capaz de apartar la vista de la espada. Así la Luz se llevara al muchacho. ¿Por qué no había seguido siendo el dócil jovencito que había encontrado en Campo de Emond? Se obligó a ir en pos de él—. Pero pienso descubrirlo.

Casi a la carrera, las dos los alcanzaron enseguida en un amplio corredor engalanado con tapices. Los Aiel, que llevaban el velo suelto ahora pero de manera que podían levantarlo fácilmente si era preciso, se apartaron para abrirles camino sin aminorar el paso. Las observaron a ella y a Egwene sin alterar la habitual expresión impasible, pero con un asomo de cautela en los ojos, siempre presente cuando había cerca una Aes Sedai.

Moraine no entendía que su presencia los inquietara y sin embargo fueran capaces de seguir tranquilamente a Rand. No resultaba fácil profundizar en su conocimiento porque lo único que se sabía de ellos eran cosas superficiales, fragmentadas, sin importancia. No ponían ningún reparo en responder a las preguntas que se les hacía; sobre cualquier tema que carecía de todo interés para ella. Ni sus informadores ni tampoco sus espías habían conseguido escuchar a escondidas nada interesante, y ya habían renunciado por completo a ello. Sobre todo después de que una mujer apareciera atada y amordazada, colgada por los tobillos de las almenas y contemplando con ojos desorbitados la caída de ciento veinte metros que se abría bajo ella, y de que un hombre desapareciera, simplemente. El hombre en cuestión se había esfumado, pero la mujer, que rehusaba subir un escalón más arriba de la planta baja, había sido un recordatorio constante hasta que Moraine la mandó al campo.

Rand tampoco aminoró el paso cuando las dos se pusieron a su altura, una a cada lado. Del mismo modo, su mirada era cautelosa, pero de otro modo, y con un asomo de exasperada rabia.

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