Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Los Aiel se pararon, pero Rand continuó hasta llegar al punto central, bajo la cúpula, y después recorrió con la mirada a la asamblea. Pareció sorprendido, e incluso disgustado, al ver a Egwene, pero lanzó a Moraine una exasperante sonrisa, y a Mat otra que, al ser respondida por su amigo, hizo que parecieran de nuevo los dos muchachos de antaño. Los tearianos estaban desencajados, sin saber si mirar a Rand y a Callandor o a los velados Aiel; tanto los unos como los otros eran como tener a la muerte en medio de ellos.
—El Gran Señor Sunamon —empezó de repente Rand en voz alta, provocando en el gordo individuo tal sobresalto que dio un brinco— me ha garantizado un tratado con Mayene que siga estrictamente las pautas marcadas de antemano por mí. Lo ha garantizado con su vida. —Se echó a reír como si hubiera hecho un chiste, y la mayoría de los nobles se sumó a su alborozo. Sunamon no, por supuesto, ya que se sentía claramente indispuesto—. Si fracasa —anunció Rand—, ha aceptado que se lo cuelgue, y se lo obligará a cumplir ese compromiso.
Las risas cesaron de golpe. El semblante de Sunamon había adquirido un enfermizo tinte verdoso. Egwene lanzó una mirada preocupada a Moraine; los dedos de la joven aferraban, crispados, la falda. La Aes Sedai aguardaba con aparente calma; Rand no había convocado a toda la nobleza de un radio de quince kilómetros para anunciar un tratado o para amenazar a un necio gordinflón. Hizo que sus propias manos soltaran los pliegues del vestido. Rand giró sobre sí mismo, en círculo, sopesando las expresiones de los rostros que veía.
—Mediante este tratado —continuó—, muy pronto dispondremos de barcos para transportar el grano teariano hacia el oeste y encontrar nuevos mercados. —Aquello levantó murmullos aprobadores que enseguida fueron acallados—. Pero hay más. Los ejércitos de Tear van a marchar.
Estalló un gran clamor, y el tumulto de los vítores retumbó en el techo. Los hombres brincaron entusiasmados, incluso los Grandes Señores, sacudieron los puños en alto y lanzaron al aire los picudos sombreros de terciopelo. Las mujeres, sonriendo tan entusiasmadas como los hombres, besaban las mejillas de quienes marcharían a la guerra, y olisqueaban delicadamente los diminutos frasquitos de porcelana con sales aromáticas que no podían faltarle a ninguna noble teariana que se preciara de tal, fingiendo estar indispuestas por la noticia.
—¡Illian caerá! —gritó alguien.
—¡Illian caerá! —corearon cientos de voces haciéndose eco. El grito se repitió una y otra vez, convirtiéndose en un retumbo atronador—: ¡Illian caerá! ¡Illian caerá! ¡Illian caerá!
Moraine reparó en que Egwene movía los labios, y, aunque el tumulto ahogaba el sonido de sus palabras, la Aes Sedai pudo descifrarlas:
—No, Rand. Por favor, no. No lo hagas, por favor.
Al otro lado del círculo, Mat observaba con el entrecejo fruncido desaprobadoramente. Los dos jóvenes y Moraine eran los únicos que no se habían unido a la celebración, aparte de los siempre alertas Aiel y del propio Rand. La sonrisa de éste era un gesto despectivo que no se reflejaba en sus ojos. El sudor brillaba en su rostro. Moraine sostuvo la sarcástica mirada del joven y esperó. Había algo más y sospechaba que no iba a ser de su agrado.
Rand levantó la mano izquierda. El clamor se apagó poco a poco; aquellos que estaban delante chistaron ansiosamente a los que había detrás. Rand aguardó a que reinara un absoluto silencio.
—Los ejércitos partirán hacia el norte y entrarán en Cairhien. El Gran Señor Meilan estará al mando, y a sus órdenes tendrá a los Grandes Señores Gueyam, Aracome, Hearne, Maraconn y Simaan. Los ejércitos serán generosamente financiados por el Gran Señor Torean, el más acaudalado de todos, y acompañará la marcha de las tropas para vigilar que se dé un buen empleo a su dinero.
Un profundo silencio acogió su anuncio. Nadie se movía, aunque Torean parecía tener dificultades para mantenerse de pie.
Moraine no pudo menos de felicitar para sus adentros a Rand por la elección hecha. Enviando lejos de Tear a esos siete cortaba de raíz las conspiraciones más peligrosas contra él, y ninguno de estos hombres se fiaban entre sí lo suficiente para intrigar juntos. Thom Merrilin lo había aconsejado bien; obviamente, sus espías habían pasado por alto algunas de las notas que el juglar había metido en los bolsillos de Rand. Pero lo demás… Era una locura. Esto no podía ser el resultado de una respuesta recibida al otro lado del ter’angreal. Imposible, de todo punto.
Saltaba a la vista que Meilan coincidía con su opinión, aunque por distintas razones. Se adelantó vacilante; era un hombre duro, difícil, pero estaba tan asustado que los ojos desorbitados mostraban blanco todo alrededor.
—Mi señor Dragón… —Enmudeció, tragó saliva, y comenzó de nuevo con un timbre algo más firme—. Mi señor Dragón, intervenir en una guerra civil es meterse en terreno pantanoso. Hay una docena de facciones compitiendo por el Trono del Sol, y otras tantas alianzas circunstanciales que se incumplen a diario. Además, los bandidos infestan Cairhien como las pulgas a un jabalí. El campesinado, esos palurdos toscos y hambrientos, han dejado arrasado todo el país. Sé por fuentes fidedignas que están comiendo hojas y también corteza de árboles. Mi señor Dragón, la metáfora de «terreno pantanoso» dista mucho de describir aquello que…
—¿No queréis extender el dominio de Tear hasta la misma Daga del Verdugo de la Humanidad, Meilan? —lo interrumpió Rand—. Eso está bien. Sé a quién quiero sentar en el Trono del Sol. No vais como conquistador, Meilan, sino como pacificador, para restaurar el orden. Y para alimentar al hambriento. Hay más grano en los depósitos actualmente de lo que Tear podría vender, y los labradores recogerán otra cosecha igualmente abundante este año, a menos que desobedezcáis mis órdenes. Las carretas lo transportarán hacia el norte, siguiendo a los ejércitos, y ese «campesinado»… esos «palurdos» ya no tendrán que seguir comiendo cortezas de árboles, milord Meilan. —El alto Gran Señor volvió a abrir la boca, y Rand inclinó a Callandor de manera que la cristalina punta rozó el suelo ante él—. ¿Alguna pregunta, Meilan?
El Gran Señor sacudió la cabeza al tiempo que retrocedía hacia la multitud, como si intentara esconderse.
—Sabía que no iniciaría una guerra —manifestó fieramente Egwene—. Lo sabía.
—¿Acaso crees que habrá menos muertes con esto? —murmuró la Aes Sedai. ¿Qué se traía entre manos el chico? Por lo menos no salía corriendo en ayuda de su pueblo mientras los Renegados hacían su voluntad en el resto del mundo—. Los cadáveres se apilarán igualmente, muchacha. No verás ninguna diferencia entre esto y una guerra.
Atacar Illian, y a Sammael, le habría proporcionado algo de tiempo aunque se hubiera llegado a un punto muerto. Un tiempo que necesitaba para aprender a manejar su poder y tal vez para derribar a uno de sus más feroces enemigos y para intimidar al resto. ¿Qué ganaba con esto? Paz para la tierra natal de la Aes Sedai; erradicar la hambruna de Cairhien. En otro momento lo habría aplaudido por ello. Esta decisión humanitaria era loable, pero totalmente absurda en las circunstancias presentes. Un derramamiento de sangre inútil, en lugar de hacer frente a un enemigo que lo destruiría si veía abierto el menor resquicio. ¿Por qué? Lanfear. ¿Qué le había dicho la Renegada? ¿Qué le había hecho? Las posibilidades atenazaban con un frío mortal el corazón de Moraine. La vigilancia sobre Rand habría de ser ahora más estricta que nunca. No le permitiría que se volviera hacia la Sombra.