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La Guerra De Hart

Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:

El coronel William McNamara, que pertenece a la cuarta generación de una familia de héroes de guerra, es apresado por los alemanes y recluido en un brutal campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Como es el oficial estadounidense de mayor rango, toma el mando de sus compañeros internos y consigue mantener vivo el sentido del honor, pese a encontrarse permanentemente vigilado por el avieso mayor de las SS Wilhelm Visser. Sin renunciar nunca a la lucha para ganar la guerra, McNamara planea silenciosamente una estrategia ofensiva para devolver el golpe al enemigo en el momento oportuno. Un asesinato le dará la ocasión de poner en marcha un arriesgado plan, con la ayuda del joven teniente Tommy Hart.
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– ¿Por qué deberíamos creer nada de lo que usted dice?

Visser movió un poco los hombros.

– Me importa muy poco lo que crean o dejen de creer, capitán. Me tiene absolutamente sin cuidado que ejecutemos o no al teniente Scott, aunque preferiría que lo hiciéramos, porque no me parece de fiar. Lo cual, por supuesto, no es culpa suya, sino algo propio de su raza.

Townsend apretó los dientes.

– Le tiene sin cuidado, Hauptmann, pero ha subido al estrado, ha jurado decir la verdad y luego dice que Scott no cometió este asesinato…

Visser alzó su única mano para interrumpirle.

– Esto no fue lo que dije, capitán -replicó con tono divertido-. Ni siquiera lo he insinuado.

Townsend se detuvo. Arqueó una ceja y miró de hito en hito al testigo.

– Pero usted dijo…

– Lo que dije, capitán, fue que un experto vería con claridad que el asesinato no ocurrió como usted alega que ocurrió. No dije nada sobre Scott. De hecho, lo considero uno de los sospechosos principales y un hombre muy capaz de haber cometido el crimen, al margen de cómo se perpetrara.

Townsend se mostró satisfecho.

– Explíquenos cómo ha llegado a esa conclusión, Hauptmann…

Tommy se levantó apresuradamente.

– ¡Protesto, señoría!

MacNamara denegó con la cabeza.

– Usted mismo encendió este polvorín, teniente, y ahora debe atenerse a las consecuencias -le dijo-. Siéntese. Deje que el Hauptmann testifique. Ya tendrá usted oportunidad de interrogar de nuevo al testigo cuando el capitán Townsend haya concluido su turno de repreguntas.

– Utilizando su singular experiencia, naturalmente, Hauptmann -se apresuró a añadir Townsend.

– La prueba de las manchas de sangre en la ropa del teniente Scott es muy interesante -dijo el alemán tras unos segundos de reflexión-. Sobre todo las manchas en la cazadora, situadas de una forma que indica que alguien transportó el cadáver a hombros. Esto ya se ha comentado aquí. A pesar del entretenido espectáculo ofrecido por el teniente Hart con el cuchillo de fabricación casera perteneciente a Scott, quedó claro que el arma utilizada en el crimen…

– Pero usted dijo… -le interrumpió Townsend.

– Yo dije que el golpe mortal fue asestado con el otro cuchillo. El que no conseguimos hallar. Pero el capitán Bedford sufrió también unas heridas denominadas «defensivas» en las manos y el pecho. Éstas indican que se resistió, siquiera unos instantes, a su agresor, al hombre armado con este cuchillo de fabricación casera.

Durante unos instantes Townsend parecía confundido.

– ¿Pero por qué iba a ir alguien armado…?

– No se trata de una persona armada con los dos cuchillos, capitán. Las pruebas indican claramente que en este asesinato estuvieron implicados dos hombres. Mejor dicho: un hombre acompañado por su lacayo asesino, el negro Scott. Uno que se situó delante, para atraer la atención del capitán Bedford, mientras el segundo hombre, que se acercó sigilosamente, le atacaba por detrás.

Los kriegies, que llevaban un buen rato conteniendo sus emociones, no pudieron por menos de volverse hacia sus vecinos y dar rienda suelta a unas exclamaciones de asombro, sorpresa y perplejidad al oír ese testimonio. Las voces de los aviadores aliados prorrumpieron como una excitada y confusa ola que se precipitó a través de la sala hasta alcanzar a los hombres sentados al frente de la misma. Tommy no se volvió hacia ninguno de los dos hombres que permanecían junto a él, sino que tomó nota de varias e interesantes reacciones. Townsend parecía momentáneamente desconcertado, con la boca entreabierta. Visser había recobrado su aire de satisfacción y estaba repantigado en la silla, emanando un aire de superioridad. Reiter, sentado a un lado de la sala, había entrecerrado los párpados y mostraba una expresión de concentración intensa. En el centro del tribunal, el coronel MacNamara lucía un semblante pálido, demudado, la frente surcada por arrugas de preocupación.

En aquel segundo, Tommy pensó que la arrogante opinión del nazi había tenido un significado distinto para cada hombre.

El confuso sonido de las voces de los kriegies tratando de hacerse oír despertó por fin de su trance al coronel MacNamara, quien se aprestó a asestar unos enérgicos golpes con su martillo, tratando de imponer orden. El ruido cesó rápidamente.

En el repentino silencio que cayó sobre la sala, Townsend avanzó hacia el testigo esbozando también una sonrisa de víbora.

– Entiendo, Hauptmann. Un hombre poseía un arma. Un solo hombre fue visto fuera del barracón la noche del asesinato. Al día siguiente un hombre llevaba las botas y la cazadora manchadas de sangre. Un hombre sentía el suficiente odio para matar. Motivo, oportunidad, medios. Pero usted cree que dos hombres cometieron el crimen. Y basa esta fantástica suposición en la excelente instrucción que ha recibido del ejército alemán… -Townsend deslizó una larga pausa entre sus palabras, tras lo cual prosiguió con una voz cargada con el acento sureño propio de su estado natal-. ¡Vaya, vaya, Hauptmann! ¡No me extraña que los alemanes estén perdiendo esta guerra!

Visser se puso rígido al instante y dejó de sonreír.

– No haré más preguntas a este experto -dijo Townsend con tono sarcástico agitando los brazos exageradamente hacia el alemán-. Se lo devuelvo, Tommy. ¡A ver si consigue algo útil de él! -Townsend regresó a su sitio en un par de zancadas y se sentó.

Tommy se levantó, pero no se apartó de la mesa de la defensa.

– Brevemente, señoría -dijo dirigiendo una rápida mirada a MacNamara-. De nuevo, Hauptmann, le pregunto: ¿por qué está usted aquí?

– Estoy aquí porque usted me llamó a declarar, teniente -respondió Visser secamente.

– No, Hauptmann. ¿Por qué está aquí? En este campo. Vamos, vamos, ¿por qué?

Visser mantuvo la boca cerrada.

– ¿Por qué consideran los alemanes el asesinato del capitán Bedford un hecho que merece ser investigado? ¿Y por qué enviaron a este campo a alguien tan importante como usted?

Visser permaneció en silencio, pero no así el coronel MacNamara.

– ¡Teniente! -tronó-. Ya trató con anterioridad de formular esas preguntas y fracasó. ¡Sobrepasan con mucho el ámbito de las repreguntas de Townsend! ¡No las permitiré! Puede retirarse, Hauptmann Visser. Gracias por su testimonio -agregó.

El alemán se levantó, se cuadró, saludó al tribunal con gesto enérgico y miró enojado a su superior. Luego regresó a su asiento y asumió de nuevo su papel de observador. Extrajo uno de sus cigarrillos marrones y delgados de una pitillera de plata y se inclinó hacia el estenógrafo que estaba sentado a su lado, quien después de rebuscar en sus bolsillos sacó una cerilla.

El coronel MacNamara aguardó irnos momentos, tras lo cual se volvió hacia Tommy.

– ¿Qué más nos tiene reservado, teniente?

– Un último testigo, coronel. La defensa llama al teniente Lincoln Scott -dijo Tommy con firmeza.

MacNamara empezó a asentir con la cabeza pero la señal de conformidad se convirtió en seguida en un gesto negativo. Miró al comandante Von Reiter, antes de fijar de nuevo los ojos en Tommy.

– ¿El acusado es su último testigo?

– Sí señor.

– En ese caso oiremos su declaración por la mañana. Así habrá tiempo para que usted interrogue al testigo, para el turno de repreguntas por parte del fiscal y para los alegatos finales. Luego el tribunal iniciará sus deliberaciones. -El coronel sonrió con aspereza-. Esto dará a ambas partes un poco más de tiempo para prepararse.

Luego asestó un golpe contundente con el martillo, suspendiendo la sesión.

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Una orden sorprendente
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