La Guerra De Hart
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:
Visser miró a Tommy Hart con aspereza.
– El latín es una lengua muerta, procedente de una cultura corrupta y decadente, y no figura entre mis conocimientos.
– De modo que no reconoce… -Tommy se detuvo-. Bien, no seré yo quien… -De pronto se volvió, dispuesto a arriesgarse-. ¿Teniente Scott? -preguntó en voz alta.
Scott se levantó de un salto. Miró al alemán esbozando a su vez una breve y cruel sonrisa.
– Cualquier hombre verdaderamente culto reconocería las primeras líneas de la Eneida de Virgilio -se apresuró a responder-. «Canto sobre armas y el hombre que en primer lugar llegó de las costas de Troya destinado al exilio en Italia…» ¿Quiere que siga, Hauptmann?«… multum ille et terris iactatus at alto Vi superam, saevae memorem lunoris ob iram…» Lo cual significa: «Zarandeado en tierra y en el mar por la intensa fuerza de los dioses debido a la persistente ira de la feroz Juno…»
Lincoln Scott permaneció inmóvil mientras recitaba las palabras del poeta. Los asistentes guardaron silencio durante un largo momento que pareció cargado de electricidad, después del cual Scott, sin perder su expresión de ira contenida, prosiguió en voz alta pero sosegada, sin apartar los ojos del alemán:
– Una lengua muerta, sí. Pero los versos hablan con tanta elocuencia hoy como hace siglos -dudó unos instantes antes de agregar-; pero quizá sea injusto, señor Hart, hacer a este hombre tan culto una pregunta sobre una lengua que desconoce. Quizá, Herr Hauptmann, pueda utilizar sus conocimientos para identificar esta frase: «Es irr der Mensch, so lang er strebt…»
Visser sonrió despectivamente.
– Me complace que el teniente haya leído también a los maestros alemanes. El Fausto de Goethe es una obra clásica en nuestros institutos y universidades.
Scott mostraba una expresión de fría satisfacción.
– Pero en Estados Unidos no tanto. ¿Hauptmann, tendría la bondad de traducirlo para los aquí presentes?
La sonrisa de Visser se disipó ligeramente al tiempo que asentía con la cabeza.
– «El hombre yerra, al tratar de resolver sus conflictos…» -repuso el alemán con tono enérgico.
– Estoy seguro de que comprende lo que quiso decir el poeta, Hauptmann -terminó Scott.
El aviador negro se sentó, haciendo una breve inclinación de la cabeza hacia Tommy. Tommy observó que hasta Walker Townsend se había quedado como hipnotizado por el diálogo mantenido. Miró a Visser y comprobó que mostraba un aspecto sereno, sin que al parecer el toma y daca le hubiera afectado. Tommy dudaba que en su fuero interno el alemán se sintiera tan tranquilo como aparentaba. Pensó que Visser era tan buen actor como policía, y sospechaba que parte de su fuerza obedecía a su habilidad para ocultar sus sentimientos. Tommy respiró hondo, recordando que el nazi permanecía alerta, al acecho, y era extremadamente venenoso.
– Así pues, Hauptmann, llegó el momento en que lo llamaron para que acudiera al Abort, donde había sido hallado el cadáver del capitán Bedford…
Visser cambió de postura y asintió con la cabeza.
– Veo que hemos terminado con las preguntas filosóficas para regresar al mundo real.
– De momento, así es, Hauptmann. Haga el favor de explicar a los presentes qué conclusiones sacó tras examinar la escena del crimen.
Visser se repantigó en su silla.
– Para empezar, teniente, el escenario del crimen no fue el Abort. El capitán Bedford fue asesinado en otro lugar y luego transportado hasta el Abort, donde su asesino abandonó el cadáver.
– ¿Cómo lo sabe?
– En el suelo del Abort había la huella ensangrentada de un zapato. Apuntaba hacia el cubículo donde se hallaba el cadáver. De haberse cometido el asesinato en ese lugar, la sangre habría caído en el zapato, al salir del Abort. Además, las manchas de sangre en el cadáver y en la zona del retrete indicaban que la mayor parte cayó en otro lugar.
Walker Townsend se levantó, abrió la boca para decir algo, cambió de opinión y volvió a sentarse.
– ¿Sabe dónde fue asesinado Trader Vic?
– No. No he descubierto el lugar del crimen. Sospecho que se han tomado medidas para ocultarlo.
– ¿Qué más dedujo al examinar el cadáver?
Visser sonrió una vez más y siguió hablando con tono satisfecho y seguro de sí.
– Como ha sugerido usted antes, teniente, al parecer el golpe que mató al capitán fue asestado por detrás por alguien que esgrimía un cuchillo estrecho de doble filo, sospecho que un puñal. El agresor empuñaba el arma en la mano izquierda, tal como ha deducido usted. Es la única explicación para el tipo de herida que presentaba el cuello de la víctima.
– ¿Y el arma que la acusación afirma que fue utilizada para cometer el asesinato?
– Habría producido una herida alargada, desgarrando los bordes de la misma, muy sangrienta. No la puñalada precisa que sufrió el capitán Bedford.
– Usted no ha visto esa otra arma, ¿no es así?
– La he buscado, pero sin éxito -repuso Visser con frialdad-. Un arma como ésa está verboten. Los prisioneros no pueden tenerla en su poder.
– De modo, Hauptmann, que el asesinato no se cometió en el lugar que cree la acusación; no ocurrió como asegura la acusación que ocurrió, no fue perpetrado con el arma con que la acusación afirma que fue perpetrado y ha dejado unas pruebas claras que indican unos hechos totalmente distintos. ¿Es ése el resumen de su testimonio?
– Sí. Una exposición exacta, señor Hart.
Tommy se abstuvo de decir lo obvio. Pero dejó que sus palabras flotaran a través de la sala el tiempo suficiente para que todos los kriegies presentes (que informaban de cada elemento del testimonio a los que estaban encaramados en las ventanas y a los que se hallaban en el exterior) pudieran llegar a idéntica conclusión.
– Gracias, Hauptmann. Ha sido muy interesante. Puede interrogar al testigo, capitán.
Tommy fue a sentarse al tiempo que Walker Townsend se levantaba del asiento. El capitán de Virginia parecía armado de paciencia, y mostraba también una pequeña sonrisa.
– Veamos si lo he comprendido, Hauptmann. Usted odia a los americanos, aunque vivió entre ellos casi una década…
– Odio al enemigo, sí, capitán, y ustedes son enemigos de mi país.
– Pero usted tenía dos países…
– Cierto, capitán. Pero mi corazón pertenecía a uno solo.
El capitán Townsend meneó la cabeza.
– Esto es evidente, Hauptmann. Bien, ¿cree realmente que el teniente Scott es un animal?
Visser asintió con la cabeza.
– Es rápido, es fuerte y ha recibido la instrucción necesaria para citar a grandes escritores, pero ocupa una posición inferior a la humana. Un guepardo es rápido, capitán, y el director de un zoo puede amaestrar a una foca para que ejecute unos trucos admirables. Le recuerdo, Herr capitán, que hace menos de un siglo, los propietarios de esclavos del estado del que usted proviene decían lo mismo sobre los esclavos que trabajaban en sus plantaciones de tabaco de sol a sol.
Townsend pareció sentirse momentáneamente atrapado por esta frase. El nazi era odioso, arrogante e impávido, absolutamente convencido de sus creencias. Tommy intuyó la furia que sentía el fiscal, enojado por el tono obstinado y prepotente que utilizaba Visser, pero sin saber hasta qué punto era éste capaz de perjudicar su caso. Tommy confiaba en que Townsend cayera en el lodazal creado por la arrogancia del nazi.
Pero no fue así.
En lugar de ello, el fiscal preguntó: