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La Guerra De Hart

Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:

El coronel William McNamara, que pertenece a la cuarta generación de una familia de héroes de guerra, es apresado por los alemanes y recluido en un brutal campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Como es el oficial estadounidense de mayor rango, toma el mando de sus compañeros internos y consigue mantener vivo el sentido del honor, pese a encontrarse permanentemente vigilado por el avieso mayor de las SS Wilhelm Visser. Sin renunciar nunca a la lucha para ganar la guerra, McNamara planea silenciosamente una estrategia ofensiva para devolver el golpe al enemigo en el momento oportuno. Un asesinato le dará la ocasión de poner en marcha un arriesgado plan, con la ayuda del joven teniente Tommy Hart.
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– Teniente -terció el coronel MacNamara con brusquedad-, haga el favor de atenerse al interrogatorio del testigo.

Tommy asintió con la cabeza, aunque al mismo tiempo se preguntó a qué venían esas prisas.

– De modo -dijo-, que de todos los hombres que han declarado desde este estrado, y de todos los hombres implicados en este caso hasta la fecha, cabe decir que usted es el único instruido en investigaciones y procedimientos criminales, ¿no es así? El único instruido en esta materia que examinó el cadáver de Trader Vic y la escena del crimen. El único auténtico experto que ha investigado este crimen.

– ¡Protesto! -gritó Walker Townsend.

– ¡Protesta denegada! -se apresuró a responder MacNamara-. ¡Responda, Hauptmann!

– Bien, teniente -repuso Visser con seguridad-, su compatriota, el teniente de aviación Renaday, tiene ciertos conocimientos rudimentarios basados en sus primitivas experiencias en un cuerpo de policía rural. El teniente coronel de aviación Pryce, que ya no se encuentra aquí, tenía una considerable experiencia en estos temas. Al parecer, el capitán Townsend también está bien instruido en estos procedimientos. -El alemán no ocultó su sonrisa de satisfacción al asestar un golpe contra el fiscal-. Todo ello hace que me pregunte cómo se le ocurrió concebir un escenario tan absurdo y ridículo para explicar este crimen.

Townsend golpeó la mesa con las palmas de ambas manos al tiempo que se levantaba gritando:

– ¡Protesto! ¡Protesto! ¡Protesto!

Visser calló, no sin esbozar una despectiva sonrisa de falsa cortesía mientras Townsend replicaba furioso. Detrás de Tommy, los kriegies prorrumpieron de nuevo en acalorados murmullos. Docenas de voces rivalizaban por hacerse oír.

Tras asestar varios golpes con el martillo, el coronel MacNamara logró imponer orden en la sala.

– Hauptmann -dijo volviéndose hacia Visser-, le agradecería que se limitara a responder a las preguntas que le formulen, sin añadir comentarios personales.

– Por supuesto, Herr coronel -repuso el alemán-. Lo expresaré de otro modo: mi examen de la escena del crimen y las pruebas recogidas hasta el momento indican unos sucesos distintos de los que se han expuesto aquí. ¿Lo prefiere así, señoría? ¿Desea que elimine los términos «absurdo» y «ridículo»? -preguntó Visser pronunciando estas palabras con evidente desdén.

– Sí -respondió MacNamara-. Precisamente.

Tommy tuvo la impresión de que el odio que llenaba la sala podía palparse. Se dijo que sería mejor abordar el asunto de inmediato.

– Aclaremos una cosa antes de continuar hablando del caso, Hauptmann. Usted nos odia, ¿no es así? -dijo después de carraspear dos o tres veces.

Visser sonrió.

– ¿Cómo dice?

– Que nos odia -repitió Tommy haciendo un gesto con el brazo para indicar a los kriegies congregados en la sala-. Nos odia sin conocernos. Simplemente porque somos americanos o británicos; aliados, en una palabra. Usted me odia, odia al capitán Townsend, al teniente de aviación Renaday, al coronel MacNamara y a todos los hombres sentados en esta sala. ¿No es cierto, Hauptmann?

Visser dudó unos instantes y luego se encogió de hombros.

– Ustedes son el enemigo. Hay que odiar a los enemigos de la patria.

Tommy respiró hondo.

– Esa es una respuesta demasiado fácil, Hauptmann. Parece un escolar que se ha aprendido la lección de memoria. Su odio va más allá.

Visser hizo de nuevo una pausa, midiendo bien sus palabras y pronunciándolas con voz sosegada, dura, fría.

– Nadie que haya sido herido como lo he sido yo, que haya visto a su familia, a su madre, padre y hermanas, asesinada por bombardeos terroristas, como he visto yo, y que recuerda toda la hipocresía y las mentiras dichas por su nación, puede evitar sentir ira y odio, teniente. ¿Responde esto mejor a su pregunta?

Las palabras de Visser eran como una lluvia glacial. Cada palabra golpeó a los espectadores, pues sus palabras eran, de algún modo, compartidas por sus enemigos. En aquel segundo, Visser consiguió recordar a todos que más allá de la alambrada el mundo estaba enzarzado en una guerra a muerte y que todos lamentaban no participar en ella.

– Debe de ser duro para usted encontrarse aquí -comentó Tommy lentamente-, encargado de mantener vivos a unos hombres que preferiría ver muertos.

La sonrisa de Visser no se desplazó un milímetro cuando respondió:

– Esto es casi totalmente cierto, señor Hart.

Tommy se detuvo, perplejo.

– ¿Casi totalmente? -preguntó.

Visser asintió con la cabeza.

– La única excepción, señor Hart, es su cliente. El aviador Schwarze, Scott, el cual me es indiferente.

Este comentario desconcertó a Tommy, que formuló su próxima pregunta un tanto precipitadamente, sin pensar en lo que decía.

– ¿Puede usted explicarse mejor?

Visser se encogió de hombros, casi como si ese gesto le diera tiempo suficiente para conferir a su voz un tono despectivo.

– A los negros no los consideramos humanos -dijo con calma, mirando a Lincoln Scott-. Al resto de ustedes, sí, son el enemigo. Pero él es simplemente una bestia mercenaria empleada por las fuerzas aéreas de su país, teniente. No es distinto que el perro de un Hundführer que patrulla junto a la alambrada del campo. Uno puede temer a ese perro, teniente, e incluso respetarlo debido a sus dientes, sus garras y su devoción al amo. Pero sigue siendo poco más que un animal adiestrado.

Tommy no tuvo que volverse para ver cómo Lincoln Scott se ponía rígido y crispaba los puños. Confiaba en que lograra controlarse. Tommy percibió un murmullo entre los kriegies que abarrotaban la sala, como un viento persistente soplando a través de las copas de los árboles, y comprendió que Visser acababa de contribuir a que el juicio de Lincoln Scott traspasara una línea importante.

Tommy se frotó la barbilla durante unos momentos.

– ¿Qué hace que un hombre sea un hombre, Hauptmann?

Visser no respondió de inmediato, sino que dejó que una sonrisa se extendiera sobre su rostro. Las cicatrices que tenía en las mejillas debidas a su encontronazo con el Spitfire parecían relucir. Por fin, se encogió de hombros.

– Es una pregunta compleja, teniente, que ha confundido a filósofos, clérigos y científicos desde hace siglos. No pretenderá que yo la responda aquí, hoy, en este tribunal militar.

– No, Hauptmann, pero quiero que nos ofrezca su propia definición. Su definición personal.

Visser se detuvo para reflexionar antes de responder.

– Existen muchos factores, teniente Hart. Sentido del honor. Valor. Dedicación. Combinados con la inteligencia, con la capacidad de razonar.

– ¿Unas cualidades que el teniente Scott no posee?

– No en grado suficiente.

– ¿Se considera usted un hombre inteligente e instruido, Hauptmann? ¿Un hombre de mundo?

– Desde luego.

Tommy decidió arriesgarse. Temía que la indignación que le provocaban las arrogantes respuestas del fanático alemán dominara sus emociones y se esforzó en conservar en la medida de lo posible la frialdad de su voz y la precisión de sus preguntas. Al mismo tiempo confiaba en ser capaz de recodar lo que había aprendido en el instituto. Los profesores de allí insistían en que convenía memorizar algunas grandes obras, porque algún día podía resultar necesario recitar un pasaje de las mismas. Tommy confió en que ésta fuera una de esas ocasiones.

– Ah, un hombre instruido e inteligente debe de conocer a los clásicos, supongo. Dígame, Hauptmann, ¿reconoce el siguiente pasaje?: «Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris Italiam fato profugus…»

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