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La Guerra De Hart

Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:

El coronel William McNamara, que pertenece a la cuarta generación de una familia de héroes de guerra, es apresado por los alemanes y recluido en un brutal campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Como es el oficial estadounidense de mayor rango, toma el mando de sus compañeros internos y consigue mantener vivo el sentido del honor, pese a encontrarse permanentemente vigilado por el avieso mayor de las SS Wilhelm Visser. Sin renunciar nunca a la lucha para ganar la guerra, McNamara planea silenciosamente una estrategia ofensiva para devolver el golpe al enemigo en el momento oportuno. Un asesinato le dará la ocasión de poner en marcha un arriesgado plan, con la ayuda del joven teniente Tommy Hart.
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– Como es lógico, coronel -dijo con tono enérgico-, el Hauptmann quedará eximido de revelar datos militares. Y no podrá responder a preguntas que puedan comprometer secretos de guerra. Pero, por lo que respecta a sus conocimientos sobre este crimen, creo que su experiencia será muy útil al tribunal a la hora de determinar la verdad de este desdichado acontecimiento.

Von Reiter se volvió un poco, haciendo una señal de asentimiento con la cabeza a Visser, antes de añadir:

– ¡Yo mismo respondo de su integridad, coronel! El Hauptmann Visser tiene en su haber muchas condecoraciones. Es un hombre de honor intachable y respetado por sus subordinados. Por favor, proceda a tomarle juramento.

Visser, con expresión impertérrita, se dirigió lentamente y de mala gana hacia el estrado, tanto más, pensó Tommy, cuando que ahora tenía la aprobación de Von Reiter y sin duda imaginaba que éste trataría de sacar alguna ventaja política de su declaración. Saludó con energía al comandante del campo y se volvió luego hacia MacNamara.

– Estoy preparado, coronel -le dijo.

El oficial superior americano le ofreció la Biblia y le indicó que ocupara la silla de los testigos.

– Señor -dijo el capitán Townsend tratando por última vez de salirse con la suya-, protesto una vez más.

MacNamara torció el gesto y meneó la cabeza.

– Aquí tiene a su testigo, teniente Hart. Puede usted interrogarlo.

Tommy asintió. Observó una pequeña y malévola sonrisa en el rostro de Von Reiter cuando éste ocupó un asiento junto a la ventana, sentándose en el borde de la silla con el torso inclinado hacia delante, al igual que los prisioneros del campo, pendiente de cada palabra que se dijera. Luego Tommy se volvió hacia Visser. Durante unos momentos, trató de interpretar la actitud corporal del alemán, su cabeza ladeada, los ojos entrecerrados, la crispación de la mandíbula y la forma en que había cruzado las piernas. «Es un hombre capaz de odiar con facilidad», pensó Tommy. El problema que se le planteaba era descifrar sus aversiones y hallar las adecuadas para ayudar a Lincoln Scott, aunque comprendió, por la furibunda mirada que Visser dirigió a Townsend, que la acusación, al poner en tela de juicio la integridad del alemán, ya había ayudado a Tommy en su afán de alcanzar el meollo de Visser.

– Diga su nombre completo y rango, para que conste en acta, Hauptmann -dijo Tommy tras un ligero carraspeo.

– Hauptmann Heinrich Albert Visser. En la actualidad ostento el rango de capitán en la Luftwaffe, asignado recientemente al campo de prisioneros de aviadores aliados número 13.

– ¿Sus obligaciones incluyen la administración del campo?

– Sí.

– ¿Y la seguridad del mismo?

Tras dudar unos segundos, Visser asintió con la cabeza.

– Desde luego. Es una obligación que todos cumplimos, teniente.

«Sí -pensó Tommy- pero tú más que otros.» No obstante se abstuvo de manifestarlo en voz alta.

Visser habló con voz sosegada y lo bastante alta como para que le oyeran todos los presentes.

– ¿Dónde aprendió a hablar inglés?

Visser hizo otra pausa y se encogió ligeramente de hombros.

– De los seis a los quince años viví en Milwaukee, en Wisconsin, en casa de mi tío tendero -respondió-. Cuando su negocio se hundió durante la Depresión, toda la familia regresó a Alemania, donde yo completé mis estudios y seguí perfeccionando mi inglés.

– ¿Cuándo partió usted de América?

– En 1932. Ni mi familia ni yo teníamos motivos para quedarnos allí. Por otra parte, en nuestra nación se estaban registrando unos acontecimientos de gran importancia, en los que estábamos llamados a participar.

Tommy asintió. No era difícil deducir a qué acontecimientos se refería Visser, el nazismo, la quema de libros o la brutalidad. Durante unos momentos observó a Visser con fijeza. Sabía por Fritz Número Uno que el padre de Visser ya era miembro del partido nazi cuando el adolescente regresó a Alemania. Su inmediato legado probablemente había consistido en la Escuela y las juventudes hitlerianas. Tommy se impuso prudencia hasta lograr sonsacar a Visser lo que necesitaba. Pero su próxima pregunta no fue cauta ni prudente.

– ¿Cómo perdió el brazo, Hauptmann?

El rostro de Visser permaneció impávido, congelado, como si el hielo que exhalaban sus ojos fuera el mejor sistema de ocultar la furia que ardía debajo de la superficie.

– Cerca de la costa de Francia, en 1939 -respondió cortante.

– ¿Un Spitfire?

Visser esbozó una pequeña y cruel sonrisa.

– El Spitfire británico es un caza propulsado por un motor Merlin de la Rolls-Royce capaz de alcanzar velocidades superiores a los quinientos kilómetros por hora. Está armado con ocho metralletas del calibre cincuenta de fuego secuencial, cuatro montadas en cada ala. Uno de esos magníficos aviones me pilló desprevenido cuando cumplía una misión rutinaria de escolta. Un desgraciado accidente, aunque logré saltar en paracaídas y salvarme. No obstante, una bala me destrozó el brazo, que me fue amputado en el hospital.

– De modo que ya no puede volar.

– Eso parece, teniente. -Visser emitió una ácida carcajada.

– Pero en 1939, justamente cuando Alemania había alcanzado sus mayores triunfos, usted no estaba dispuesto a renunciar a su carrera en el ejército.

– Nuestros triunfos, como usted los llama, eran la envidia del mundo entero.

– Usted no quería retirarse, a pesar de su herida, ¿no es así? Era joven, ambicioso y deseaba seguir formando parte de esa grandeza.

El alemán tardó unos instantes en responder.

– Es cierto -dijo al cabo de unos segundos midiendo sus palabras-. No quería renunciar a ello. Era joven y, pese a mi herida, fuerte. Tanto física como anímicamente, teniente. Estaba convencido de poder aportar aún mucho a mi patria.

– De modo que fue instruido en otras materias, ¿no es así?

Visser volvió a vacilar.

– Supongo que no hay ningún mal en reconocerlo. Sí, fui instruido en otras materias y me asignaron otras misiones.

– Ese adiestramiento no tenía nada que ver con pilotar un caza, si no me equivoco.

– Efectivamente -repuso Visser sonriendo-. Nada que ver.

– Le instruyeron en operaciones de contraespionaje, ¿no es cierto?

– No responderé a esa pregunta.

– Bien -dijo Tommy con cautela-, ¿tuvo usted oportunidad de estudiar técnicas y tácticas policiales modernas?

Visser volvió a reflexionar antes de dar una respuesta.

– Sí, tuve esta oportunidad -contestó por fin.

– ¿Y adquirió experiencia en esta materia?

– Estoy bien instruido, teniente. Siempre he terminado mis estudios, en la academia de aviación, en lenguas y en técnicas forenses, con la nota máxima. En la actualidad asumo las obligaciones que me encomiendan mis superiores e intento cumplirlas lo mejor posible.

– Y una de esas obligaciones fue la investigación del asunto que nos trae aquí. El asesinato del capitán Bedford.

– Esto es obvio, teniente.

– ¿Qué importancia puede tener para las autoridades alemanas el asesinato de un oficial aliado en un campo de prisioneros de guerra? ¿Por qué se interesaron en ello sus superiores?

Visser dudó unos segundos.

– No responderé a esa pregunta -contestó.

Un murmullo recorrió la sala.

– ¿Por qué se niega a hacerlo? -inquirió Tommy.

– Es un asunto que afecta a la seguridad, teniente. Es cuanto estoy dispuesto a decir.

Tommy cruzó los brazos, tratando de hallar otra ruta para obtener la respuesta, pero en aquellos momentos no se le ocurrió ninguna. No obstante, en su fuero interno tomó nota de un concepto significativo: si el asesinato de Trader Vic no fuera importante para los alemanes, no habrían enviado a un hombre como Visser al campo de prisioneros.

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