La Guerra De Hart
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Guerra De Hart». Краткое содержание книги:
– ¿Desea usted pronunciar ahora su alegato?
– Sí señor -respondió Tommy sonriendo-. Seré breve, señor.
– Se lo agradezco.
Tommy tosió y habló en voz bien audible.
– Deseo aprovechar esta oportunidad para recordar a los miembros del tribunal, a la acusación y a todos los hombres del Stalag Luft 13, que Lincoln Scott comparece hoy acusado de asesinato. Nuestra Constitución garantiza que hasta que la acusación haya demostrado su culpabilidad más allá de toda duda razonable, sigue siendo inocente.
Walker Townsend se puso en pie, interrumpiendo a Tommy.
– ¿No cree que es un poco tarde para esta lección de civismo?
MacNamara asintió.
– Su alegato, teniente…
Tommy se apresuró a interrumpirlo.
– He concluido, señoría. La defensa está preparada para proseguir.
MacNamara arqueó la ceja izquierda en una expresión de sorpresa y emitió un breve suspiro de alivio.
– Muy bien -dijo-. Proseguiremos de acuerdo con lo previsto. ¿Piensa usted llamar ahora al teniente Scott al estrado?
Tommy se detuvo y meneó la cabeza.
– No señor.
Se produjo un momento de silencio. MacNamara miró a Tommy.
– ¿No?
– No, señor. De momento no.
Townsend y Clark se habían puesto en pie.
– Bien, ¿desea llamar a otro testigo? -volvió a preguntar el coronel MacNamara-. Todos esperábamos oír ahora la declaración del teniente Scott.
– Eso supuse, coronel -replicó Tommy sonriendo. Sus ojos reflejaban una auténtica expresión de gozo, pero en su interior sentía una fría, dura y violenta agresividad, pues por primera vez desde el comienzo del juicio sabía que estaba a punto de asestar un golpe que ni el fiscal ni los jueces esperaban, lo cual le producía una intensa y deliciosa sensación. Sabía que todos los presentes en la sala creían que la acusación le había dejado tan sólo con la posibilidad de presentar protestas de inocencia airadas y endebles del acusado.
– ¿Entonces a quién desea llamar a declarar? -preguntó MacNamara.
Tommy dio media vuelta y señaló con el dedo un ángulo de la sala.
– ¡La defensa llama al estrado al Hauptmann de la Luftwaffe Heinrich Visser! -exclamó.
Dicho esto, cruzó los brazos mientras experimentaba una profunda satisfacción, plantado como una apacible isla en medio de la sala agitada por los vientos de las voces exaltadas.
15
Tommy gozó con el tumulto que había provocado entre los asistentes al juicio. Todos parecían tener una opinión y la imperiosa necesidad de expresarla en voz alta. Las voces caían en cascada a su alrededor, reflejando una mezcla de curiosidad, ira y excitación. El coronel MacNamara tuvo que utilizar su martillo repetidas veces para imponer silencio a los kriegies que abarrotaban el teatro. A su espalda, el ambiente entre la multitud de aviadores parecía cargado de electricidad. Si el juicio de Lincoln Scott por el asesinato de Vincent Bedford se había convertido en el espectáculo del lugar, Tommy le había conferido, mediante una sola maniobra, una mayor fascinación, en especial a los centenares de hombres afectados por el aburrimiento y la angustia de su cautiverio.
A la décima vez que MacNamara pidió orden en la sala, los hombres se calmaron lo bastante para que la sesión continuara. Walker Townsend se había levantado y gesticulaba como un poseso. Al igual que el comandante Clark, cuyo rostro rubicundo presentaba en esos momentos un color más acentuado que el habitual. Tommy pensó que parecía a punto de estallar.
– ¡Señoría! -gritó Townsend-. ¡Esto es inaudito!
MacNamara volvió a dar golpes de martillo, aunque en la sala reinaba el suficiente silencio para que pudieran proseguir.
– ¡Protesto enérgicamente! -insistió el capitán de Virginia-. ¡Llamar al estrado a un miembro de una fuerza enemiga en medio de un juicio americano es improcedente!
Tommy guardó silencio unos momentos, esperando que MacNamara asestara otro golpe contundente con el martillo, cosa que el oficial superior americano hizo, tras lo cual se volvió hacia la defensa. Tommy avanzó un paso y así logró apaciguar con más eficacia los ánimos de los asistentes. Los kriegies callaron y se inclinaron hacia delante para no perder palabra.
– Coronel -empezó Tommy con lentitud-, el argumento de que esta petición es improcedente no se tiene en pie, ya que todo el proceso es improcedente. El capitán Townsend lo sabe, y la acusación se ha aprovechado de la relajación de las reglas ordinarias que presiden un tribunal de justicia militar. El fiscal protesta porque le he cogido desprevenido. Al comienzo de este juicio, usted prometió a la defensa y a la acusación que les concedería suficiente margen de tolerancia con el fin de averiguar la verdad. También prometió a la defensa que podríamos llamar a cualquier testigo que pudiera ayudarnos a demostrar la inocencia del acusado. Me limito a recordárselo al tribunal. De paso, le haré notar que nos hallamos aquí en circunstancias especiales y únicas, y que es importante que todos comprobemos que la justicia de las reglas elementales de nuestro sistema judicial son aplicadas democráticamente. En especial el enemigo.
Volvió a cruzarse de brazos, pensando que su breve discurso habría resultado más eficaz con una banda de viento interpretando America the Beautiful como telón de fondo, pues habría tenido el doble efecto de enfurecer a MacNamara y colocarlo al instante en una posición en que no podía rechazar la petición de Tommy. Éste lo miró a los ojos, sin molestarse en ocultar una sonrisa de satisfacción.
– Teniente -repuso MacNamara con frialdad-, no tiene usted que recordar al tribunal sus deberes y responsabilidades en tiempos de guerra.
– Me alegra oírlo, señoría. -Tommy sabía que se la estaba jugando.
– Señoría -dijo Townsend furioso-, sigo sin comprender cómo este tribunal puede permitir que un oficial de un ejército enemigo sirva de testigo. ¿Cómo haremos para no dudar de su veracidad?
No bien hubo hablado, Townsend pareció arrepentirse de haberlo hecho, pero era demasiado tarde. Con una sola frase, había ofendido a dos hombres.
– El tribunal es muy capaz de determinar la veracidad de cualquier testigo, capitán, al margen de su procedencia y de sus lealtades -replicó MacNamara tajante, con un tono más cáustico que nunca.
Tommy miró de hurtadillas a Heinrich Visser. El alemán se había puesto de pie. Estaba pálido, con la mandíbula crispada. Miraba a Townsend con los párpados entrecerrados, como si acabara de recibir la bofetada de un rival.
Las cosas salían a pedir de boca para Tommy. Visser estaba furioso por haber sido llamado a declarar, pero el americano sospechaba que sin duda lo que más le había indignado era que alguien hubiera puesto en duda su impecable integridad nazi. Nada es más irritante que oírse llamar mentiroso antes de que uno haya tenido ocasión de abrir la boca.
MacNamara se frotó la barbilla y la nariz, tras lo cual se volvió hacia el alemán manco.
– Hauptmann -dijo con voz pausada-, me inclino a permitir esto. ¿Está usted dispuesto a declarar?
Visser dudó. Tommy le vio sopesar en aquellos segundos varios factores. Abrió la boca para responder, pero de improviso se oyó una voz proveniente del fondo del teatro que gritaba a voz en cuello:
– ¡Por supuesto que el Hauptmann prestará declaración, coronel!
Los asistentes volvieron la cabeza al unísono para ver al comandante Von Reiter en la entrada. Echó a andar por el pasillo central al tiempo que sus lustrosas botas de montar negras resonaban sobre el suelo de madera como disparos de pistola.
Von Reiter se plantó en el centro de la sala, se cuadró y efectuó un breve saludo y una reverencia simultáneamente.