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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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El Hombre Pájaro empujó la puerta para salir al frío aire de la noche y al cielo despejado iluminado por las estrellas.

Las nubes habían desaparecido, incluso la de forma de serpiente.

Amanecería en menos de una hora y hacia el este ya se adivinaba una pizca de color en el cielo. Un cazador de cara solemne les entregó las ropas y a Richard también la espada. Sin decir palabra todos se vistieron y se marcharon.

Una falange de cazadores y arqueros rodeaba la casa de los espíritus en un cerco de protección. Muchos estaban cubiertos de sangre. Richard se abrió paso hasta situarse por delante del Hombre Pájaro.

—Decidme qué ha ocurrido —ordenó en voz baja.

Un hombre armado con una lanza se adelantó. Kahlan se acercó a Richard para traducir. El guerrero tenía los ojos inflamados de rabia.

—Del cielo vino un demonio rojo, con un hombre montado en él. Te buscaba a ti.—Con fuego en los ojos empujó la punta de la lanza contra el pecho de Richard. El Hombre Pájaro, con rostro pétreo, colocó una mano sobre la lanza y la apartó del joven—.Al no encontrar más que tus ropas empezó a matar a gente. ¡A niños!—El hombre respiraba agitadamente por la rabia—.Nuestras flechas no llegaban a él. Nuestras manos tampoco. Muchos de los que lo intentaron acabaron muertos por el fuego mágico. Entonces, al ver que usábamos fuego, se enfureció y los apagó todos. Luego volvió a subirse a la espalda del demonio rojo y nos dijo que si volvíamos a usar fuego regresaría y mataría a todos los niños de la aldea. Con ayuda de la magia elevó a Siddin en el aire y lo cogió bajo el brazo. «Un regalo para un amigo», dijo. Después se marchó volando. ¡¿Y dónde estabas tú y tu espada?!

Los ojos de Savidlin se anegaron de lágrimas. Kahlan se llevó una mano al corazón para aliviar el desgarrador dolor que sentía. Sabía para quién era el regalo.

El hombre con la lanza escupió a Richard. Savidlin fue a por él, pero Richard levantó una mano para detenerlo.

—Yo oí las voces de los espíritus de nuestros antepasados—dijo Savidlin—.¡Sé que si no salió no fue por culpa suya!

Kahlan abrazó a Savidlin y lo consoló.

—Sé fuerte. Lo salvamos una vez cuando parecía estar perdido y lo salvaremos de nuevo.

Savidlin asintió valientemente y Kahlan se apartó. Richard le preguntó qué le había dicho.

—Una mentira para aliviar su dolor.

Richard hizo un gesto de aquiescencia y se volvió hacia el hombre de la lanza.

—Muéstrame a los que mató —dijo con voz impasible.

—¿Por qué?

—Para no olvidar nunca por qué voy a matar al que lo hizo.

El hombre lanzó a los ancianos una mirada airada y los condujo a todos al centro de la aldea. Kahlan puso cara inexpresiva para resguardarse de lo que sabía que iba a ver. Lo había visto demasiadas veces en otras aldeas, en otros lugares. Tal como esperaba esta vez era igual a las otras. Junto a un muro yacían alineados caóticamente los cuerpos desgarrados y destripados de niños, los cuerpos quemados de hombres y mujeres muertas, algunas sin brazos o sin mandíbula. Entre ellas estaba la sobrina del Hombre Pájaro. Richard caminó impasible entre el caos de gente que chillaba y gemía; pasaba por delante de los muertos y los miraba. Era la calma en el ojo del huracán.

—Esto es lo que nos has traído—le espetó el cazador con voz sibilante—.¡Es culpa tuya!

Richard vio que otros asentían. Entonces se volvió hacia quien había hablado y le dijo en tono amable:

—Si pensarlo alivia tu dolor, entonces cúlpame a mí. Yo prefiero culpar a quien tiene manchadas las manos con la sangre de esta gente. Hasta que esto termine no uséis fuego —dijo dirigiéndose al Hombre Pájaro y a los ancianos—. Sólo causaría más muertes. Juro que detendré a Rahl el Oscuro o moriré en el intento. Gracias por ayudarme, amigos.

El joven posó en Kahlan una mirada intensa, que reflejaba la rabia por lo que acababa de ver. Los dientes le rechinaban.

—Vamos en busca de la bruja —dijo.

No tenían elección, pero ella conocía a Shota. Iban a morir. Sería lo mismo que si preguntaran a Rahl dónde encontrar la caja.

Kahlan se acercó al Hombre Pájaro e, inesperadamente, lo rodeó con sus brazos.

—No me olvides—le susurró.

Cuando se separaron el Hombre Pájaro miró a quienes lo rodeaban. Tenía la cara demacrada.

—Kahlan y Richard necesitan a algunos hombres que los protejan hasta llegar a la frontera de nuestras tierras.

Savidlin se adelantó al punto. Sin dudarlo, un grupo de diez de sus mejores cazadores lo imitaron.

29

La princesa Violeta se volvió bruscamente y abofeteó a Rachel con saña. Rachel no había hecho nada malo, por supuesto; simplemente a la princesa le gustaba abofetearla cuando Rachel menos lo esperaba. La princesa lo encontraba divertido. Rachel no trató de disimular lo mucho que le había dolido, pues si lo hacía la princesa volvería a abofetearla. La niña se cubrió la zona dolorida con una mano, el labio inferior le temblaba y estaba a punto de llorar, pero no dijo nada.

Volviéndose hacia la brillante y pulida pared cubierta por pequeños cajones de madera, la princesa Violeta agarró un asa de oro con uno de sus regordetes dedos y abrió otro cajón, del que sacó un centelleante colgante de plata con grandes piedras azules incrustadas.

—Éste es bonito. Sostenme en alto el pelo.

La princesa se volvió hacia el alto espejo enmarcado en madera y se admiró mientras sus dedos manipulaban el cierre en la parte posterior de su gordo cuello y Rachel le sostenía su largo pelo castaño, de tono apagado, para que no se le enredase. A su vez Rachel se miró al espejo, estudiando la marca roja en la cara. Odiaba mirarse al espejo, odiaba ver su pelo después de que la princesa se lo cortara. Ella no podía llevar el pelo largo, por supuesto, ella no era nadie, pero deseaba tanto que al menos se lo hubieran cortado recto. Casi todo el mundo llevaba el pelo corto, pero recto. A la princesa le gustaba cortárselo con escalones. A la princesa Violeta le gustaba afear a Rachel.

Rachel se apoyó sobre el otro pie e hizo girar el tobillo libre, que sentía entumecido. Habían pasado toda la tarde en la sala de joyas de la reina. La princesa se había probado una joya tras otra, haciendo posturitas y girando enfrente del alto espejo. Era su actividad favorita, probarse las joyas de la reina y admirarse en el espejo. Como compañera de juegos que era, Rachel tenía que permanecer a su lado para asegurarse de que la princesa se divertía. Docenas de pequeños cajones se veían abiertos, algunos sólo un poco y otros por completo. De algunos colgaban collares y brazaletes como lenguas centelleantes. Había más diseminados por el suelo, además de broches, tiaras y anillos.

La princesa clavó la vista en el suelo y luego señaló un anillo de piedra azul.

—Dame ése —ordenó.

Rachel se lo colocó en el dedo que la princesa sostenía ante su rostro. Acto seguido la princesa se miró en el espejo, girando la mano a un lado y al otro. Entonces se acarició el bonito vestido de satén azul celeste que llevaba, admirando el anillo. Tras lanzar un largo bostezo de fastidio se dirigió al elegante pedestal de mármol blanco situado en la esquina opuesta de la habitación. La princesa miraba ahora el objeto favorito de su madre, el que contemplaba complacida a la menor oportunidad.

La princesa Violeta alzó sus regordetes dedos y retiró de su lugar de honor la caja de oro con gemas incrustadas.

—¡Princesa Violeta! —exclamó Rachel sin pensar—. Vuestra madre dijo que no la tocarais.

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