El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– ¿Cómo te va? -dijo Dominick, muy contento de poder establecer contacto por fin con el escurridizo Richard Kuklinski, al cabo de tantos meses. Era una llamada del propio demonio.
– Estoy hien. He oído decir que tienes buenos contactos.
– De primera, joder.
– Vamos a hablar. Necesito una cosa especial. No quiero ir por allí. ¿Puedes esperarme en el Dunkin' Donuts de esa misma calle?
– Claro, Rich, sin problema -dijo el agente.
– ¿Dentro de cinco minutos?
– Vale -dijo Polifrone, y colgó.
– Ya te dije que llamaría -dijo Solimene, sonriente.
– Tenías razón -admitió Dom-. Quiere verme en el Dunkin' Donuts.
– Yo me quedo aquí -dijo Phil; y Dominick salió.
Dominick salió a la calle. No tenía tiempo de llamar a Kane, ni siquiera a los suyos de la ATF. Estaba completamente solo y tenía que actuar con rapidez. Subió a su Lincoln negro y fue hasta la cafetería de la cadena Dunkin' Donuts. Sabía que debería haber llevado una grabadora oculta, pero no había tiempo de organizar aquello. Eran las 10.45 de la mañana. El cielo estaba lleno de tonos grises sombríos. Dominick estaba nervioso, emocionado, preocupado, todo al mismo tiempo. Llevaba tanto tiempo planeando aquello que había llegado a creer que no sucedería nunca. Pero había sucedido. Acababa de hablar con el demonio en persona. Dom iba armado. Llevaba en el bolsillo una Walther PPK. Era un tirador excelente. No creía que Kuklinski intentara nada a plena luz del día, en un Dunkin' Donuts, pero tampoco tenía una idea clara de lo que pasaba, de lo que quería Kuklinski, de qué se estaba cociendo. Cuando llegó al aparcamiento, vio allí a Richard. Iba en el Camaro plateado de Dwayne. Polifrone aparcó y se dirigió a él con sus andares contoneantes, entrando plenamente en el personaje de mañoso.
– Hola, ¿cómo te va? -dijo a Richard a modo de saludo.
– Tirando, bien -respondió Richard, bajándose del coche y apretando la mano que le ofrecía Polifrone. El agente se quedó impresionado por el tamaño de Richard.
– Vamos a tomar café -ofreció Richard, y los dos entraron en el local del Dunkin' Donuts. Estaba casi vacío. Richard se sentó en un rincón apartado, a la izquierda, pensando que aquel tal Dominick podría tener unos contactos estupendos en el hampa y todo eso, pero que llevaba el peor peluquín que había visto en su vida. Parecía como si llevara en la cabeza un mapache muerto, contaría más tarde.
Aparte de lo del mal peluquín, Richard había aceptado lo que le había dicho su «amigo» Phil Solimene: que Dominick era «buena gente»; que se conocían de muchos años. Los dos pidieron calé. Dominick tenía miedo al veneno, a que Richard se hubiera enterado de alguna manera que él era un agente infiltrado y consiguiera de alguna forma echarle veneno en el café. Por ello, no pidió nada de comer y procuró no perder de vista su café, sin soltarlo de la mano.
– Me alegro de que nos hayamos conocido por fin, joder, Rich. He oído decir muchas cosas buenas de ti, joder.
– Y yo de ti. ¿Así que conoces a Phil desde hace mucho tiempo?
– Sí, somos viejos amigos. Tú también, según me ha dicho.
– Conozco a Phil desde hace… bueno, hace ya más de veinte años.
– Es un gran tipo. Un tipo legal.
– Sí… Así que, te diré lo que necesito, ¿de acuerdo?
– Sí, claro, dime.
– Necesito conseguir algo de cianuro.
– Cianuro… ¿el puto veneno ese, quieres decir? -Sí.
– Oye, Rich… ve a, sabes, ve a una puta tienda de artículos de jardinería.
– No; yo quiero decir del puro, de laboratorio. Tengo que librarme de unas ratas -dijo Rich, divertido.
– Sí, bueno, claro, estoy seguro de que podría conseguírtelo -dijo Dominick, muy serio. Quería tirar más de la lengua a Richard, tenía que hacerlo. Al fin y al cabo, el cianuro no era ilegal, ni tampoco era ilegal pedirlo. Tenía que comprometer a Richard con algo que fuera claramente ilegal. Dominick conocía el juego, sabía lo que tenía que decir. La cuestión era si Richard entraría al señuelo.
– Rich -dijo-, me han dicho que tienes buenos contactos para armas importantes; estoy hablando de material pesado. El mío ha tenido que largarse hace poco. Tengo un buen cliente, una tía que está metida en el IRA, y esos tienen pasta en serio y están buscando material pesado. ¿Puedes ayudarme tú en esto? Ya sabes, hoy por ti, mañana por mí…
– Claro. Déjame que haga unas llamadas -dijo Richard.
Polifrone tenía algo que ponía incómodo a Richard, que lo desazonaba. Pero intercambiaron números de busca y de teléfono y acordaron hacer negocios. La reunión concluyó poco después. Salieron juntos. El cielo estaba más nublado y más oscuro.
– Había pensado pasarme a saludar a Phil -dijo Richard.
Claro, buena idea. Te seguiré -dijo Dominick; y se subió a su Lincoln y siguió a Richard hasta la tienda. Entraron juntos. Toda una pareja. Tan diferentes como el día y la noche.
– ¡Hola, Rich! -exclamó Phil, haciendo como que estaba contentísimo de verlo-. Me alegro de que los dos os hayáis conocido por fin.
Richard abrazó a Solimene y le dio un beso en la mejilla, saludó a algunos de los presentes. A lo largo de todos los meses que Polifrone había estado frecuentando la tienda había ido fijándose en todo: sabía quién se dedicaba a la moneda falsa, a los asaltos a camiones, a los robos a mano armada; pero no podía hacer nada de momento. Sin embargo, cuando llegara el momento, se encargaría de que la justicia pidiera cuentas a todosaquellos criminales, a los delincuentes que solían pasar el rato en la tienda.
– Así que Dom y tú sois viejos amigos -dijo Richard como de pasada.
– Desde luego que sí, joder -dijo Phil-. Puedes fiarte de él como de mí mismo, Rich. ¡Es un tipo legal al mil por cien!
– Vale. Con eso me basta -dijo Richard, aceptando sin más lo que le decía Solimene. Aquello era raro en Richard. Solía ser especialmente desconfiado y receloso. Pero creía en Phil, y no albergó ninguna reserva acerca de Polifrone, aparte de aquel bisoñé espantoso. Pensó que habría que detener al que se lo hubiera vendido.
Phil, Richard y Polifrone se dieron la mano a trío.
– Salud -dijo Phil en español, para atraer la suerte a cualquier empresa que realizaran juntos.
Al parecer, Richard se había tragado el anzuelo. Dijo que tenía que marcharse y no tardó en desaparecer.
– Ya se lo dije; le dije que se lo traería -dijo Solimene a Dominick.
– Y has cumplido. Buen trabajo -dijo Dominick. Estaba impaciente por contar a sus superiores que había dado con Kuklinski por fin. Había estado recibiendo críticas por su falta de resultados, pero ahora podía enseñar algo concreto como fruto de todos los meses que había dedicado a trabajar en aquel caso, las partidas de cartas interminables, fumar puros, decir tonterías. Cuando salió de la tienda, recorrió varias manzanas con el coche, cerciorándose de que no le seguía nadie, buscó una cabina de teléfonos y contó a su gente lo que había pasado, lo que se había dicho.
– Nuestro hombre se ha tragado el anzuelo -dijo a su cuartel general.
A continuación, Polifrone llamó a Kane. Cuando Kane se enteró de lo que había pasado, soltó un fuerte aullido de alegría. Fue corriendo al despacho del teniente Leck y le contó la buena noticia. Se dieron un apretón de mano, palmadas en la espalda.
– De modo que ya ha picado -dijo Kane-. Ahora solo falta tirar del sedal.
Pero aquello era más fácil decirlo que hacerlo.
Lo que Kane y Polifrone necesitaban para llevar aquello a buen término era un operativo más amplio, más sofisticado. No solo debían conseguir que Kuklinski se incriminara a sí mismo, sino que debían registrarlo todo de manera admisible y aceptable ante un tribunal. Necesitaban ayuda, más recursos, micrófonos, vigilancia electrónica, hombres, helicópteros, dinero… y para conseguir casi todo aquello recurrirían a Bob Carroll, fiscal de Nueva Jersey.