El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Richard siguió a Kane hasta un bar cercano llamado Wander Inn, un local lleno de público, con clientela de clase obrera. Kane se puso a tomar copas, de pie ante la barra. Richard llegó a entrar y a observar a Kane desde un rincón oscuro. Esto va a ser fácil, pensó Richard. Este tipo es un borrachín. Pero Richard no tardó en darse cuenta de que Pat estaba bebiendo con otros policías; el local estaba lleno de policías, y Richard volvió a salir discretamente por la puerta, como una serpiente gigante y silenciosa.
Cuando Kane salió del bar, se subió a su coche sin darse cuenta de que lo vigilaban, de que lo acechaban, y fue directamente a su casa. Por la fuerza de la costumbre, miraba por el espejo retrovisor (casi todos los policías tienen esa costumbre), pero Richard tenía una gran habilidad para seguir a la gente sin que lo vieran, y pronto supo dónde vivía Pat Kane con su mujer y con sus dos hijos.
Acababa de suceder lo que había temido Pat Kane desde el primer momento.
Ahora ya solo era cuestión de pensar la manera mejor de hacerlo (pensó Richard); de deshacerse de Pat Kane de una vez para todas de manera que el asunto no volviera a caerle encima a él. Para divertirse, apuntó a Kane con su rifle cuando este bajaba del coche. Pum, estás muerto, susurró, aunque no apretó el gatillo.
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Cuanto más pensaba Richard en matar a Kane, más se daba cuenta de que le caería encima una tormenta policial. Sabía que si pasaba algo a Kane se lo achacarían a él inmediatamente. Llegó a la conclusión de que, para hacer bien aquel trabajo, tenía que hacer que el asesinato de Kane pareciera un accidente: aquella era la clave, y estaba seguro de que podría conseguirlo; pero para ello necesitaba veneno. Para llevar a cabo aquello necesitaba el espray de cianuro, y no tenía. Empezó a preguntar a gente del hampa que conocía en Jersey City, en Hoboken y en Nueva York si alguien podía proporcionarle algo de cianuro. No tuvo suerte. El plan de Richard era arrojar el espray de cianuro a Kane en la cara cuando este saliera del bar después de haberse tomado unas copas; caería muerto allí mismo. Todos creerían que había sufrido un infarto. Perfecto. El cianuro era muy difícil de detectar si se aplicaba en la dosis adecuada.
Empezaría por pinchar un neumático del coche de Kane, y cuando este estuviera cambiando la rueda, iría por él. Sería fácil. Sonreía al pensarlo, sabiendo que daría resultado. Pero le estaba costando mucho trabajo encontrar cianuro puro, de laboratorio. Sabía que solo tendría una oportunidad, y tendría que dar resultado. No tendría una segunda oportunidad. Kane iba armado y era peligroso.
Richard debía ir a Zúrich aquel viernes, pero retrasó el viaje hasta la semana siguiente. Se dedicaría a preparar y a planificar el asesinato de Pat Kane.
Entonces, por segunda vez en menos de una semana, llamaron unos desconocidos a la puerta de Richard, y este segundo incidente alteró a Richard hasta ponerlo al borde de la locura. Para él fue como un Waterloo, en cierto modo, como el principio del fin. Todo aquello tenía que ver con John Spasudo.
John Spasudo había ganado hasta entonces una pequeña fortuna con Richard; pero tenía el vicio del juego, y no solo tiraba el dinero, sino que estaba en deuda con traficantes de droga, con mayoristas de cocaína. Al parecer, tomaba la droga a cuenta para revenderla, pero perdía el dinero en el juego, y estaba en situación apurada con unos colombianos. Spasudo no había estado nunca en casa de Richard, pero había podido enterarse de su dirección por medio de la matrícula de su coche.
Cuando los colombianos apretaron los tornillos a Spasudo, a este se le ocurrió decirles que su dinero lo tenía Richard, lo cual no era cierto en absoluto, y hasta llevó a dos de ellos hasta la casa de Richard. Spasudo creía que Richard no estaba, que se había ido a Zúrich; pero, de hecho, estaba en la casa cuando llamaron a la puerta. Richard los vio por los visillos, vio a Spasudo sentado en el coche, y se puso furioso al ver que gente de la calle, matones, se habían presentado en su casa.
Aquello no debía suceder.
Richard siempre había procurado escrupulosamente mantener la calle, sus operaciones nefandas, lejos de su casa, de su familia. Ahora, la calle llamaba a su puerta, tocaba su timbre. Según explicó hace poco: Aquel día comprendí que había cometido errores. Había permitido que lo que hacía tocase a mi familia. Era lo que siempre había temido, y había terminado por pasar. Para mí… Para mí fue como si me atropellara un tren. Lo arreglaría. Tenía que arreglarlo. Mi plan consistía en matarlos a todos. Matar a todos los que tenían tratos estrechos conmigo… ¡quiero decir a todos!
Mientras estaban allí plantados los colombianos, Dwayne llegó inocentemente al camino de entrada de la casa. Los dos hombres se acercaron a Dwayne y le preguntaron dónde estaba su padre. Le hablaron con amabilidad, pero se percibía un fondo de peligro, de amenaza.
– Está de viaje -dijo Dwayne.
Al parecer, se conformaron con aquello de momento. Dijeron a Dwayne que le comentara a su padre que habían estado allí y que volverían. Uno tocó el brazo de Dwayne al hablar. Richard, que veía aquello desde la ventana, estuvo a punto de estallar de rabia. Torció los labios en una mueca de ira. Sintió el deseo de salir corriendo y matarlos con las manos desnudas; pero aquello tendría que esperar. Se controló, apretando los dientes, mientras le salía de los labios el suave chasquido. Los hombres volvieron a subirse a su coche y se marcharon. Cuando se iban, Richard miró fijamente a Spasudo, sentado en el asiento de atrás. La cabeza le daba vueltas de rabia. Hasta tuvo que sentarse.
Aquel mismo día, al anochecer, Richard fue a ver a Spasudo. Este se asustó al verlo.
– ¿Cómo coño te atreves a llevar a mi casa a esos hispanos? -vociferó Richard.
– Rich, creí que estabas de viaje. Solo pretendía ganar tiempo. ¡Lo siento, Rich, lo siento!
Según explicó recientemente Richard, si no hubiera sido porque estaba haciendo negocios con Spasudo, lo habría matado allí mismo, se habría deshecho de su cadáver, lo habría echado a las ratas. Pero aquel era un lujo que no se podía permitir de momento; aunque Spasudo ya tenía los días contados. Richard sacó una pistola y metió el cañón en la boca de Spasudo, levantó el percutor.
– Si vuelves a traer a alguien cerca de mi casa, te mataré, John. ¿Lo has entendido?
– ¡Sí, entendido, lo juro! -farfulló el otro.
Richard fue entonces a matar a los dos colombianos. Con ello libraría a Spasudo de sus deudas, aunque desde luego que esto era lo que menos le importaba. Lo único que pretendía era matar a los hombres que habían osado aparecer ante su puerta.
El siguiente sería Pat Kane.
La desesperación irracional de Richard lo llevó entonces a hacer lo que Pat Kane y Dominick estaban esperando y pidiendo al cielo desde el principio. Fue a una cabina y llamó a Phil Solimene. Por pura casualidad, Polifrone estaba en la tienda jugando a las cartas.
– Hola, Grandullón -dijo Solimene al oír la voz de Richard.
– Ese amigo tuyo, ese tal Dom, ¿está por allí? -preguntó Richard.
– Sí, está aquí mismo.
– Que se ponga.
– ¡Eh, Dom! -dijo Solimene en voz alta-. Es para ti; es Richard, el Grande -añadió con una sonrisa y un guiño mientras entregaba el teléfono a Dominick.