El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– ¿Y para qué esos engorros, Dom? Con cianuro se hace bien y con limpieza.
– Entonces, déjame que te pregunte una cosa. Tú te dedicas a lo mismo que hago yo de vez en cuando. Pero yo uso siempre el hierro. ¿Sabes lo que te digo?
– Sí, entiendo lo que dices.
– De manera que, lo que le pregunto es… ¿estarías dispuesto a hacer un… ya sabes, un encargo para mí?
– Dominick, estoy dispuesto a hablar con quien sea si el precio es el adecuado -dijo Richard, ciñéndose un poco más la soga al cuello.
– ¿Sí?
– Claro.
– ¿Y me estás diciendo que tu manera es suave y limpia, sin que se note nada, joder?
– Bueno, se puede notar, amigo, pero es silencioso; no es engorroso; no es tan ruidoso.
– Sí, pero ¿cómo coño lo organizas? ¿Me entiendes lo que te quiero decir?
– Bueno, siempre hay una manera. Querer es poder, amigo.
Dominick se rio.
– De acuerdo; escucha, tendremos que hablar de esto más adelante. Parece interesante.
– Existen hasta pulverizadores de espray -le dijo Richard por iniciativa propia.
– ¿Sí?
– Claro. Se pone el material en un pulverizador, echas el espray a la cara del tipo y se duerme -dijo.
– ¿Deprisa? ¿Cuánto tarda?
Kuklinski chascó los dedos.
– Así de deprisa -dijo, orgulloso.
– No me jodas… yo creía… o sea, ¿no hay que echárselo al tipo en la bebida, una cosa así?
– No es necesario. Eso también da resultado, pero así se detecta mejor.
– ¿Ah, sí?
– Preparas un espray. En cuanto lo inhala, ya es suficiente. Solo un chorlito. No hace falta más.
– Bueno, mierda, si es así de fácil, Rich, entonces está claro que podemos meternos en un par de cosas sin problemas ni jodiendas. Ya sabes, en lo que te he dicho, en encargos.
– Puedo hacerlo de las dos maneras. Si alguien quiere que sea con plomo, puede ser con plomo. Si el tipo quiere que se haga con acero por algún motivo especial, se puede hacer con acero. No me importa usar pistolas, no me importa usar cuchillos, no me importa usar, ya sabes, lo que sea -dijo Richard.
– Con tal de dejarlo muerto, eso es lo que cuenta al final, Richard.
– Bueno, de eso se trata, ¿no? Si eso es lo que te han encargado…
– Ese sistema tuyo me suena como una puta película de James Bond; pero, si funciona, pues…
– Dominick, yo lo he hecho de todas las maneras que te puedas imaginar. Hay pocas cosas que yo no haya probado. Pruebo todo lo que parece practicable. Hay quien quiere que se haga de manera engorrosa, para que haya pruebas. Quieren que la cosa se sepa. Entonces, yo lo hago así.
– Pero esa manera tuya que me estabas diciendo, con el cianuro… ¿no da problemas?
– No he tenido problemas. No digo que no se pueda detectar. Solo digo que es rápido y silencioso.
– ¿O sea, que ya lo has hecho? ¿Sabes positivamente que no hay problemas?
– Bueno, nadie te podrá demostrar una cosa así, amigo.
– No estoy hablando de demostrar; solo te pregunto si se ha hecho.
– Se ha hecho.
– Parece interesante. Tenemos que tomarnos un café, charlar de esto con detenimiento, me parece bien.
– Bueno, Dom, ya sabes lo que dicen. Las cosas se pueden hacer de varias maneras.
– Entendido, entendido.
– Todo depende de lo decidido que estés a llevarlo a cabo.
Los dos se rieron.
– Lo que importa es que se haga, ¿verdad, Rich?
– Que se haga tal como quiere el tipo que te paga. Lo que les interesa es el resultado final. Y yo no he tenido quejas; porque, como verás, sigo vivito y coleando. Si hubiera tenido quejas, estoy seguro de que no estaría aquí.
– Entendido, hermano, entendido. Pero, volviendo al otro asunto con Tim, ¿qué hacemos? ¿Me avisas tú por el busca, o te llamo yo?
– ¿Por qué no me llamas este fin de semana? Pero, por si no estoy en el otro número, te voy a dar mi nuevo número de busca.
– ¿Ahora tienes busca, Rich?
– Sí, este número es para Tim y para mí, lo usamos los dos. ¿De acuerdo?
– Comprendido.
Vale, el número es el 1-800-402… -dijo Richard, y le dio el número completo y, poco después, colgó el teléfono con una sonrisa, sin tener idea de que acababa de echarse la soga al cuello.
Teniendo en cuenta todos los años que había pasado Richard en la calle, lo reservado que había sido siempre, resultaba asombroso que hubiera hablado con Polifrone tan abiertamente. Pero, dado que pensaba robar a Polifrone y matarlo, ¿qué importaba lo que le dijera? Según lo veía él, no estaba haciendo más que tender la trampa a Polifrone y a esos tipos del IRA para robarles. Pero el primer punto de la agenda, según pensaba Richard, era dar a Dominick aquel material para golpes, una 22 con silenciador. No había problema.
En realidad, lo que había hecho Richard era proporcionar al equipo de trabajo una oportunidad dorada para dejarlo colgado al sol donde se lo viera bien.
51
Dominick Polifrone no terminaba de creerse que Richard hubiera reconocido haber matado a gente. No solo eso, sino que había usado un espray de cianuro para matar a alguien. Llamó inmediatamente a Bob Carroll y le hizo oír lo que tenía, y acto seguido se apresuró a ir a las oficinas de la fiscalía general, semejantes a una fortaleza, en Fairfield. Polifrone había grabado la conversación entera, y llevaba una copia de la cinta en el bolsillo. Sabía que había encontrado por fin un filón. Cuando iba por la Ruta 23 en su Lincoln negro le sonó el busca. Era Kuklinski. Polifrone no quería devolverle la llamada inmediatamente; pero Kuklinski había mordido ya el anzuelo, y Dominick no quería aflojar, darle la ocasión de escaparse, de romper el sedal. No: llamaría a Kuklinski inmediatamente. Vio una cabina de teléfonos a la puerta de un restaurante, aparcó y llamó a Richard.
Richard volvió a preguntarle si estaba en una cabina.
– Sí, pierde cuidado -le dijo el astuto agente, y Richard le explicó que tenía el material para golpes.
Richard lo había tenido desde el principio; tenía media docena de pistolas con silenciadores, las guardaba en una maleta en casa de la madre de Barbara. Dijo a Polifrone que podría dársela por once mil dólares, pero que este era un precio especial, «de muestra». Richard volvió a proponer que se reunieran en el área de servicio Vince Lombardi. Dominick accedió. Al fin y al cabo, era un lugar despejado, sería fácil instalar un equipo de vigilancia y de apoyo. Pero dio largas a la reunión: sabía que les haría falta tiempo para prepararlo todo como era debido. Richard dijo que llevaría el material para golpes. Se acordó la reunión para la semana siguiente. Dominick volvió a subirse a su Lin-
coln negro y siguió hasta el edificio de la fiscalía general, en Fairfield. Cuando llegó, ya estaban reunidos Bob Carroll, Pat Kane, Ron Donahue y Pat Smith, esperando con impaciencia oír la cinta. Estaban sentados en la misma sala de reuniones, con el retrato de Richard todavía en la pared, y escucharon, atónitos, cómo Kuklinski se incriminaba, cómo se echaba la soga al cuello. Cuando terminó la cinta, todos intercambiaron apretones de manos, dieron palmadas a Dominick.
– Dominick -dijo Bob Carroll-, ¡eres el mejor! Suave como la seda. Lo tenemos… lo tenemos por los cojones -dijo, con una amplia sonrisa que le iluminaba el ancho rostro. Pat Kane abrazó a Dominick.
– Gran trabajo, Dom. Gran trabajo -dijo, sintiendo una euforia que no había conocido hasta entonces.
Dominick, sonriente y orgulloso, sabía que había hecho un trabajo estupendo. El camino había sido largo y accidentado, pero ahora sabía que estaban a la vista de la meta. Acto seguido se pusieron a organizar una vigilancia completa de la reunión en la zona de servicio Lombardi.