El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Pat Kane ya era optimista. Estaba seguro de que tirar del sedal y apoderarse de Richard ya solo sería cuestión de tiempo. Kane seguía viendo a Richard como un lucio de los Grandes Lagos, escurridizo, depredador, y estaba seguro de que el nuevo cebo daría resultado. Pat había recobrado su personalidad de siempre. Estaba mucho más atento con su querida esposa, dedicaba más tiempo a sus hijos. Había recuperado ese brillo suyo en la mirada. Terry pensó que era como si la tormenta que se había cernido sobre la cabeza de su marido hubiera cesado repentinamente.
Naturalmente, Terry no tenía idea de que la negra nube de tormenta seguía a su marido de un lado a otro, lo acechaba… pensaba matar de manera rápida y eficaz al único hombre al que ella había besado en su vida.
Deseoso de ganar más dinero, Richard volvió a viajar a Zúrich. El equipo de trabajo todavía procuraba que Richard no se enterara de que andaban tras él, y como estaban seguros de que si lo seguían se daría cuenta al instante, lo dejaban a su aire, de modo que ni siquiera se enteraron de que había salido del país.
En consecuencia, lo único que conseguían con las escuchas telefónicas era enterarse de la vida privada de su familia. Dominick dejaba recados para Richard sin que este se los devolviera.
En Zúrich Richard estaba relajado. Sabía que no lo vigilaba nadie, y mientras esperaba más cheques, más recibos del funcionario nigeriano, se sentaba en los parques y en los cafés, con el aspecto de hombre que gozaba de aquella tranquilidad, aunque estaba tramando y planeando los asesinatos de Pat Kane, de Dominick Polifrone y de John Spasudo. El hecho mismo de pensar en matar a esas personas le daba fuerza. Durante toda su vida, desde que había matado a golpes a Charley Lañe, Richard había resuelto sus problemas por el asesinato. El asesinato era el anclaje que lo estabilizaba; el asesinato lo arreglaría todo. Sentado en un café de Zúrich, cerca de la Estación Central, Richard planeaba asesinatos. Lo único que necesitaba era un poco de cianuro para librarse de Pat Kane, del hombre que quería quitarle todo lo que tenía.
Con el transcurso de los días, las escuchas telefónicas no arrojaban ningún fruto, a no ser que se quisiera atribuir algún significado al hecho de que Barbara encargaba muchos filetes de ternera al carnicero de Dumont. El equipo de trabajo, que no sabía que Richard estaba fuera del país, se preocupó. No solo no oían nada que pudiera resultar útil en un juicio, sino que Richard ni siquiera devolvía las llamadas a Polifrone. ¿Qué demonios pasaba? Empezaron a creer que Richard sabía que Polifrone era un agente, que Solimene había hecho de agente doble. Aquel debía de ser el problema.
Pero el 25 de septiembre todo cambió de pronto. Richard volvió de Zúrich, ingresó un nuevo cheque en la cuenta de Georgia, se puso en contacto con Spasudo y le dijo que estaba pensando estafar a Dominick y acabar con él, y que quería servirse de Spasudo para que representara el papel de un tratante de armas. Aunque Spasudo era más feo que un pecado, tahúr y degenerado sexual, no era tonto. De hecho, era más listo que el hambre. Accedió de buena gana a participar en el plan de Richard. Sabría lo suficiente acerca de las armas de fuego porque Richard le haría documentarse sobre los armamentos de todas clases. Spasudo no tenía idea de que Richard también pensaba matarlo a él, de que pensaba echarlo vivo a las ratas. Richard pensaba que, con su metro noventa y cinco, las ratas se daría un gran banquete. Richard Manió a Polifrone desde una cabina de un centro comercial del sur de Nueva Jersey.
En las oficinas de Newark de la ATF, Dominick estaba provisto de micrófono y grabadora y dispuesto a entrar en acción. Lo primero que le preguntó Richard fue si estaba hablando desde una cabina.
– Sí, podemos hablar libremente -dijo Dominick, tendiéndole el cebo, mientras sonreía; y Richard se lo tragó. Dijo a Dominick que tenía allí mismo a su contacto, el traficante de armas, le dijo que se llamaba Tim y que se lo pasaría. Spasudo, en el papel de Tim, tomó el teléfono y, con desenvoltura y aplomo, dijo a Dominick que podría conseguirle todo el armamento pesado que quisiera, soltándole una lista de diversas armas como si estuviera vendiendo frutas en un mercado bullicioso. Richard estaba orgulloso de Spasudo. Lo estaba haciendo bien. Parecía auténtico. Polifrone pidió entonces hablar coh Richard, dispuesto ya a montar la trampa.
– Oye, Rich, ya he dicho a Tim lo que me hace falta. Ahora, dime la verdad: ¿este tipo va a cumplir? No quiero oír muchas promesas para tener que aguantar muchas excusas después. ¿Sabes lo que te digo?
– No tienes de qué preocuparte, Dom. Si este hombre te dice que te puede proporcionar una cosa, te la proporcionará. Caso contrario, te hablará con franqueza.
– De acuerdo. No quiero quedar mal en este asunto. Esta chica del IRA tiene pinta de profesora de niños, pero puede llegar a ser una verdadera rompepelotas. Si quedas mal con ella una vez, no te da una segunda oportunidad. Se busca a otro. Y te digo que es un cliente que no quiero prender. ¿Me entiendes?
– Me hago cargo, Dom.
– Bueno, pues según he entendido, Tim tiene todo ese material pesado en el Mediterráneo, y por lo tanto va a tardar algún tiempo en traernos algunas muestras. Pero vamos a tener contenta a mi chica, ¿vale? Tráeme unos silenciadores, para poder enseñarle algo. Para tener algo que enseñarle. Yo te los pagaré, no te preocupes; pero tú tráeme algo.
– ¿Te ha dicho Tim que tenía disponibles esos silenciadores?
– Sí.
– ¿Aquí? -Sí.
– Entonces, no te preocupes. Te llevaremos algo en cuanto podamos.
– Vale, pero no me hagas esperar. Te digo que los dos podemos sacar mucho dinero a esta tipa. No lo echemos a perder. ¿Vale?
– Entendido. No te preocupes.
– Vale, Rich. Seguiremos en contacto.
– Oye, Dom, ¿te has enterado de algo sobre ese material que quería yo? ¿Te acuerdas de lo que te estoy hablando? -dijo Richard, echándose la soga al cuello.
– Sí, lo sé. He hablado con mi gente, pero están muy nerviosos con este asunto de la sopa Lipton.
– ¿Qué? Eso pasó hace un par de semanas.
– Se han enterado de que hay muchos federales por ahí haciendo preguntas sobre esta mierda. Ahora sé que tienen un químico que se lo proporciona, pero, como te digo, están muy nerviosos. He conseguido cosas así de esa gente para otros clientes míos, así que estoy bien seguro de que me lo pueden conseguir. Pero antes de servírmelo quieren esperar a que se vaya olvidando este asunto de la sopa Lipton. Mientras tanto, te conseguiré lo otro, las… estás en una cabina, ¿no? -preguntó Dominick, para animar a Richard a hablar todavía más.
– Sí, ¿tú no?
– Sí, claro. El cianuro ese… tienes que ir con cuidado, porque, sabes, yo no sé qué coño piensas hacer con él. Pero eso es asunto tuyo, Rich. No te voy a preguntar nada.
– Bueno, no habrá peligro con la Policía. No pensaba revenderlo a nadie. Pensaba usarlo yo mismo.
– ¿Ah, sí? Bueno, pues no te lo tomes tú -dijo Dominick, riendo.
– No, no había pensado en eso. Es que tengo que solucionar unos problemas. Tengo que librarme de unas ratas -dijo Richard, riendo por lo bajo.
– ¿Ah, sí? ¿Por qué no te quitas de en medio a esos cabrones con un puto hierro? ¿Por qué andar con líos de cianuro? -dijo Dominick, abriendo todavía más la puerta de la trampa.