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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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—¿Que Caramon ha muerto?

—Hace unas semanas. Tuvo un tránsito tranquilo.

—Llegué a tiempo de hablar en su funeral, Goldmoon —agregó Tas—. Lástima que te perdieras mi discurso, pero lo repetiré si tú...

Un grito terrible resonó al otro lado de la puerta.

—¡Ah, hombre afortunado! ¡Dichoso de ti!

—¡Goldmoon! —gritó Palin con gesto sombrío—. ¡Por favor, déjame entrar!

Tasslehoff, deprimido y solemne, acercó la nariz al picaporte.

—Goldmoon —llamó, hablando a través de la cerradura—, siento mucho saber que has estado enferma, y también sentí mucho lo de la muerte de Riverwind, pero, por lo que me han contado, murió como un héroe y salvó a mi pueblo del dragón cuando a buen seguro hay bastante gente que opina que nosotros, los kenders, no merecíamos la pena que se nos salvara. Quiero que sepas que estoy agradecido y que me siento orgulloso de haber tenido como amigo a Riverwind.

—No está bien que intentes conmigo esa fea jugarreta, Palin —argüyó desde dentro la voz, furiosa—. Has heredado el talento de imitador de tu tío. Todo el mundo sabe que Tasslehoff está muerto.

—No, no lo estoy —replicó el kender—. Y ése es el problema. Al menos lo es para algunos. —Dirigió a Palin una mirada severa—. Soy yo de verdad, Goldmoon —continuó—. Si te asomas por el ojo de la cerradura me verás.

Dicho esto saludó con la mano. Sonó el chasquido del cerrojo y, lentamente, la puerta se abrió. Goldmoon apareció en el vano. Su habitación se hallaba alumbrada por numerosas velas, cuyo brillo creaba un halo alrededor. Dio un paso hacia el corredor, oscuro salvo por el fulgor de la estrella roja, y la mujer quedó envuelta en las sombras, de manera que Tas no pudo verla.

—Primera Maestra. —Palin adelantó un paso, con la mano extendida.

Goldmoon se giró de modo que la luz del cuarto cayó sobre su rostro.

—Ahora lo entenderás —musitó.

La luz de las velas refulgía en una mata de pelo abundante, dorada y lustrosa, en un semblante terso y suave, en unos ojos que, a pesar de estar rojos por el llanto, eran tan azules como el cielo matinal y resplandecían con el brillo de la juventud. Su cuerpo era fuerte como en los días en que la Hija de Chieftain se enamoró de un joven guerrero llamado Riverwind. Goldmoon tenía más de noventa años, pero su cuerpo, su cabello, sus ojos, su voz, sus labios y sus manos eran los de la mujer joven que había entrado en la posada El Último Hogar llevando consigo la Vara de Cristal Azul.

Se erguía ante ellos hermosa, afligida, con la cabeza inclinada como un capullo de rosa cortado.

—¿Qué es este milagro? —exclamó, sobrecogido, Palin.

—Milagro no, sino una maldición —replicó amargamente la mujer.

—¿Estás bajo una maldición? —inquirió Tas, interesado—. ¡Yo también!

Goldmoon se volvió hacia el kender y lo miró de arriba abajo.

—¡Eres tú! —musitó—. Reconocí tu voz. ¿Por qué estás aquí? ¿Dónde has estado? ¿Por qué has venido?

Tasslehoff tendió la mano y estrechó cortésmente la de ella.

—Me encantaría contártelo todo con pelos y señales, Goldmoon. Lo del primer funeral de Caramon y luego su segundo funeral y lo de mi maldición. Pero en este momento Palin intenta matarme y vine para ver si tú puedes decirle que lo olvide. Así que, si haces el favor de hablar con él, me marcharé.

Dicho y hecho, el kender corrió hacia la escalera y casi había llegado a ella y se disponía a bajar los peldaños de tres en tres cuando la mano de Palin lo asió por el cuello de la camisa.

Tas se retorció y forcejeó, poniendo en práctica varios trucos kenders desarrollados a lo largo de años de práctica huyendo del largo brazo de alguaciles iracundos y de tenderos furiosos. Utilizó el antiguo «giro y mordisco» y el siempre eficaz «pisotón y patada», pero Palin resultó ser inmune a ambos. Por último, verdaderamente desesperado, Tas ensayó el truco de la «lagartija», que consistía en deslizar los brazos por las mangas de la camisa y, aunque lamentaba tener que dejarse la prenda detrás, al igual que la lagartija renuncia a parte de su cola en manos del captor en ciernes, estaría libre.

—¿De qué habla? —inquirió Goldmoon, que miraba al kender sin salir de su asombro; sus ojos se desviaron hacia el mago—. ¿Es verdad que quieres matarlo?

—Por supuesto que no —contestó Palin, impaciente.

—¡Es verdad! —farfulló el kender, sin dejar de retorcerse.

—Escúchame, Tas, siento realmente lo que ocurrió en casa —dijo Palin.

Hizo intención de seguir hablando, pero entonces suspiró y agachó la cabeza. Parecía viejo, más de lo que Tas recordaba, y eso que lo había visto sólo unos instantes antes, las arrugas de su cara se habían profundizado. Parpadeó varias veces y se restregó los ojos, como si intentara ver a través de una película o de la niebla. El kender, listo para huir, se sintió conmovido por el mal rato que pasaba el mago y decidió que, al menos, podía quedarse y escuchar.

—Lo siento, Tas —dijo finalmente Palin, cuya voz sonó tensa—. Estaba trastornado y asustado. Jenna se enfadó mucho conmigo. Después de que te marcharas dijo que no te culpaba por salir huyendo, y tenía razón. Tendría que haberte explicado las cosas tranquila y racionalmente y no debí gritarte. Después de lo que vi, me dominó el pánico. —Bajó la vista hacia el kender y suspiró profundamente.

»Tas, ojalá existiera otra solución. Tienes que entenderlo. Intentaré explicarlo lo mejor posible. Tu destino era morir y, al no haber muerto, cabe la posibilidad de que ello sea la razón de que hayan ocurrido todas esas cosas horribles que le han pasado al mundo. Es decir, que si estuvieses muerto tal vez el mundo sería como lo viste la primera vez que acudiste al funeral de mi padre. ¿Lo entiendes?

—No.

Palin lo miró con evidente desilusión.

—Me temo que no sé explicarlo mejor. Tal vez tú, Goldmoon y yo deberíamos hablarlo. No tienes que salir huyendo otra vez. No te obligaré a regresar a tu tiempo.

—No quiero herir tus sentimientos, Palin —repuso Tas—, pero no está en tus manos obligarme a nada. Tengo el ingenio en mi poder, y tú no.

Palin miró al kender con creciente gravedad y entonces, inesperadamente, sonrió. No fue exactamente una sonrisa, sino más bien un cuarto de sonrisa, pues sólo se curvaron las comisuras de sus labios y el gesto no se reflejó en sus tristes ojos, pero al menos era un comienzo.

—Eso es verdad, Tas —dijo—. El ingenio lo tienes tú. Y tú sabes lo que está bien y lo que no. Sabes que hiciste una promesa a Fizban y que él confió en que la cumplirías. —Hizo una pausa antes de proseguir—. ¿Eres consciente, Tas, de que Caramon habló en tu funeral?

—¿De verdad? —El kender no salía de su asombro—. ¡Ni siquiera sabía que tuve un funeral! Imaginé que no había quedado mucho de mí, salvo un poco de pringue entre los dedos del pie del gigante. ¿Y qué dijo Caramon? ¿Asistió mucha gente? ¿Trajo Jenna sus pastelillos de hojaldre y queso?

—Acudió una gran multitud —explicó Palin—. La gente vino de todos los puntos de Ansalon para rendir homenaje a un heroico kender. En cuanto a mi padre, dijo que eras «un kender grande entre los grandes», que ejemplificabas todo lo mejor de tu raza: eras noble, sacrificado, valiente y, por encima de todo, honrado.

—Quizá Caramon estaba equivocado conmigo —dijo Tas, incómodo, mientras miraba de reojo a Palin.

—Sí, quizá lo estaba.

A Tas no le gustaba el modo en que Palin lo miraba, como si fuera algo pringoso y estrujado, como una cucaracha despachurrada. No sabía qué hacer ni qué decir, una experiencia totalmente nueva para él.

No recordaba haber sentido aquello nunca y esperaba no volver a sentirlo jamás. El silencio se estiró hasta que el kender temió que si uno de ellos lo soltaba, el silencio retrocedería como una goma tensa y le daría a alguien en la cara. En consecuencia, sintió un gran alivio cuando sonó un alboroto en la escalera que distrajo a Palin y aflojó el tenso silencio.

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