Los Caballeros de Neraka
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: La Guerra de los Espiritus #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:
Аннотация
Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
—¡Primera Maestra! —llamó lady Camilla—. Creímos oír vuestra voz. Alguien dijo que vio a un kender subiendo hacia aquí...
Al llegar al descansillo la mujer vio a Goldmoon.
—¡Primera Maestra! —La dama solámnica se paró en seco y la miró de hito en hito. Los guardianes de la Ciudadela se apiñaron detrás de la comandante y miraron a Goldmoon boquiabiertos.
Ésta era la oportunidad que Tas esperaba para correr hacia la libertad. Nadie intentaría detenerlo porque nadie le prestaba la menor atención. Se escurriría entre ellos y escaparía. Casi con toda seguridad, Acertijo tendría algún tipo de navio, ya que los gnomos siempre tienen uno a mano. A veces eran naves que volaban, en lugar de navegar, aunque por lo general en tales casos el asunto acababa con una explosión.
«Sí —pensó el kender mientras observaba la escalera y la gente agolpada en ella con la boca abierta de par en par—. Eso haré. Me iré. Ahora mismo. Ya echo a correr. En cualquier momento mis pies correrán.»
Pero, al parecer, sus pies tenían otras ideas ya que permanecieron plantados firmemente en el suelo.
A lo mejor pensaban lo mismo que su cabeza, que estaba dándole vueltas a lo que Caramon había dicho sobre él. Aquellas palabras eran casi las mismas que había oído decir a la gente sobre Sturm Brightblade o Tanis el Semielfo. ¡Y las habían dicho sobre él, Tasslehoff Burrfoot! Sintió una cálida emoción en el corazón y al mismo tiempo otra clase de sensación en el estómago, una mucho más desagradable, una especie de retortijón, como si hubiese comido algo que no estaba conforme con encontrarse dentro de él. Tas se preguntó si serían las gachas.
—Perdona, Goldmoon —empezó, interrumpiendo la estupidez general de miradas desorbitadas y bocas abiertas de par en par que se desarrollaba alrededor—. ¿Te importa si entro en tu cuarto y me tiendo un poco? No me siento muy bien.
La mujer adoptó una postura erguida; tenía el semblante pálido y su voz sonó amarga.
—Sabía que ocurriría esto, que me miraríais como a un fenómeno en una barraca de feria.
—Perdonad, Primera Maestra —dijo lady Camilla, que bajó la vista, roja como la grana por la vergüenza—. Os pido disculpas, pero es que... En fin, este milagro...
—¡No es un milagro! —replicó en tono cortante Goldmoon. Irguió la cabeza y parte de su regia presencia, de su noble espíritu, surgió como un fogonazo de ella—. Lamento todos los problemas que he causado, lady Camilla. Sé que he sido motivo de desazón para muchos y te ruego que transmitas a todos en la Ciudadela que dejen de preocuparse por mí. Estoy bien. Me presentaré ante ellos enseguida, pero antes deseo hablar con mis amigos en privado.
—Desde luego, será un placer hacer cuanto gustéis ordenar, Primera Maestra —contestó lady Camilla. A pesar de todos sus esfuerzos por no mirarla fijamente, no pudo evitar contemplar con estupefacción el asombroso cambio experimentado por Goldmoon.
Palin tosió significativamente y la dama solámnica parpadeó.
—Lo siento, Primera Maestra, pero es que...
Sacudió la cabeza, incapaz de expresar verbalmente sus confusas ideas. Se dio media vuelta, aunque echó otro vistazo hacia atrás como para asegurarse de que lo que veía era cierto, y descendió apresuradamente la escalera de caracol. Los guardianes de la Ciudadela, tras un momento de vacilación, giraron sobre sus talones para ir en pos de la comandante. Tas alcanzó a oír sus voces exclamando una y otra vez la palabra «milagro».
—Todos reaccionarán igual —manifestó Goldmoon, angustiada, mientras regresaba a sus aposentos con gesto pensativo—. Me mirarán boquiabiertos y lanzarán exclamaciones de asombro. —Cerró la puerta en cuanto sus amigos hubieron pasado y se recostó en la hoja de madera.
—No puedes reprochárselo, Primera Maestra —adujo Palin.
—Sí, lo sé. Ésa era una de las razones por las que me encerré en este cuarto. Cuando ocurrió el cambio confié en que fuese... temporal. Sentaos, por favor —los invitó con un ademán—. Al parecer tenemos mucho de que hablar.
La estancia estaba amueblada sencillamente: una cama con el bastidor de simple madera, un escritorio, alfombras tejidas a mano y numerosos cojines repartidos por el suelo. En un rincón había un laúd. La única pieza más de mobiliario que tenía el cuarto, un espejo de cuerpo entero, se encontraba tirado en el suelo boca abajo. Los cristales rotos se habían barrido y apilado en un montón.
—¿Qué te ha pasado, Primera Maestra? —preguntó Palin—. ¿Esta transformación es de naturaleza mágica?
—¡Lo ignoro! ¡Ojalá encontrara una explicación! —respondió con impotencia—. Ocurrió la noche de la tormenta.
—La tormenta —musitó Palin, y miró a Tas—. Muchas cosas extrañas sucedieron durante esa tormenta, al parecer. El kender llegó esa noche.
—La lluvia repicaba sobre el tejado —continuó Goldmoon como si no lo hubiese oído—. El viento aullaba y golpeaba contra el cristal como si fuera a romperlo. Un relámpago iluminó toda la habitación con más intensidad que el sol más radiante. Su fulgor fue tan grande que me cegó. Durante un tiempo no pude ver nada en absoluto. Después, la ceguera desapareció y contemplé mi imagen reflejada en el espejo.
»Pensé que una extraña había entrado en el cuarto. Me giré, pero no había nadie detrás. Y fue entonces, al volverme, cuando me reconocí. No era como un momento antes, canosa, arrugada y vieja, sino joven como el día de mi boda...
Cerró los ojos y las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
—El estruendo que oyeron abajo lo provocaste tú al romper... —dedujo Palin.
—¡Sí! —gritó la mujer, prietos los puños—. ¡Me faltaba tan poco para encontrarme con él, Palin! ¡Tan poco! Riverwind y yo nos habríamos reunido muy pronto. Me ha esperado pacientemente porque sabía que tenía importantes tareas que cumplir, pero mi trabajo ha concluido ya. Lo oía llamándome. Estaríamos juntos para siempre. Por fin iba a caminar de nuevo al lado de mi amado y ahora... ¡Ahora, esto!
—¿De verdad no tienes ni idea de cómo ha pasado? —vaciló Palin, frunciendo el entrecejo—. Tal vez un secreto anhelo de tu corazón. O alguna poción. O un artefacto mágico.
—En otras palabras, ¿que yo deseaba esto? —replicó Goldmoon con voz fría—. No, no lo deseaba. Me sentía satisfecha. Mi trabajo ha terminado. Existen otros con la fuerza y el empuje necesarios para continuarlo. Sólo quiero descansar de nuevo en brazos de mi esposo, Palin. Quiero caminar con él en la siguiente fase de existencia. Riverwind y yo solíamos hablar sobre ese nuevo paso en nuestro gran viaje. Me fue dado contemplarlo fugazmente durante el tiempo que estuve con Mishakal, cuando la diosa me entregó la Vara. No puedo describir la belleza de ese lugar lejano.
»Estoy cansada. ¡Muy cansada! Tendré aspecto de joven, pero no me siento así, Palin. Este cuerpo es como un disfraz para un baile, una simple máscara, salvo que no puedo quitármela. ¡Lo he intentado en vano!
Goldmoon se llevó las manos a las mejillas y apretó. Su rostro mostraba arañazos secos y Tas comprendió, conmocionado, que en su desesperación la mujer había tratado de arrancarse la suave y tersa carne.
—Por dentro sigo siendo vieja, Palin —continuó con voz hueca y entrecortada—. He vivido el tiempo que me fue asignado. Mi esposo me ha precedido en ese viaje y mis amigos han muerto. Estoy sola. Oh, sí, ya sé. —Alzó la mano para acallar las objeciones del mago—. Sé que tengo amigos aquí, pero no son de mi época. Ellos no... No cantan las mismas canciones que yo.
Se volvió hacia Tas con una sonrisa dulce pero tan triste que los ojos del kender se llenaron de lágrimas.
—¿Es esto culpa mía, Goldmoon? —preguntó, acongojado—. ¡No era mi intención hacer que te sintieses desdichada! ¡De verdad!