Los Caballeros de Neraka
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: La Guerra de los Espiritus #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:
Аннотация
Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
En Schallsea, Tasslehoff y Palin miraban a Beryl y a sus secuaces acercándose más y más. Oyeron el toque de trompetas, a la gente gritando aterrada, llamando desesperadamente a Goldmoon. Pero la Primera Maestra se había marchado. Los pedazos del ingenio mágico para viajar en el tiempo yacían desperdigados por el suelo, y el brillo de las gemas se había apagado por las sombras arrojadas por las alas de los dragones.
Goldmoon no vio el sol. No vio a los dragones. Se encontraba a gran profundidad en el océano, envuelta en su oscuridad. El gnomo protestaba y sudaba y corría de un sitio para otro recogiendo agua o limpiando un charco de aceite, girando manivelas o hinchando y plegando fuelles. Goldmoon no le prestaba la menor atención; la oscuridad la había arrastrado. Viajaba hacia el norte con el río de muertos.
Silvaoshei estaba solo en los Jardines de Astarin, junto al moribundo Árbol Escudo, viendo cómo el nuevo sol abrasador marchitaba las raíces del árbol.
Parado al borde de la frontera de Silvanesti, el general Dogah, de los Caballeros de Neraka, contemplaba el sol surgiendo de la crisálida del escudo derribado. A la mañana siguiente, cuando el sol hubiese ascendido en el cielo, cuando irradiara claro y brillante, daría la orden de marcha a su ejército.