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Los Caballeros de Neraka

Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:

Аннотация

Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.
Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
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El miedo se apoderó de él, lo paralizó. Estaba cayendo y seguiría cayendo y cayendo y cayendo en el oscuro pozo del tiempo.

En el vacío pozo del tiempo.

Al haber sido él quien había utilizado el ingenio para viajar en el tiempo, Tasslehoff nunca había visto lo que le ocurría cuando lo usaba. Siempre había lamentado eso, y en una ocasión intentó volver para verse a sí mismo en ese momento, pero no había funcionado. Por lo tanto, lo alegró sobremanera presenciar cómo utilizaba Palin el artefacto, y le encantó ver que el mago desaparecía ante sus propios ojos.

Todo ello resultaba muy interesante, pero sólo duró unos segundos y después Palin se desvaneció, y Tasslehoff y Jenna se encontraron solos en la cocina de los Majere.

—No explotó —comentó el kender.

—No, no lo hizo —convino Jenna—. ¿Desilusionado?

—Un poco. Nunca he visto explotar nada, exceptuando la vez que Fizban intentó hervir agua para cocer un huevo. Y hablando de huevos, ¿te apetece comer algo mientras esperamos? Puedo calentar las gachas de avena —ofreció Tas, que sentía que le correspondía actuar como anfitrión en ausencia de Usha y de Palin.

—Gracias, pero creo que no —contestó la hechicera. Echó una ojeada a los restos de las gachas frías que había en la olla e hizo un leve gesto de asco—. Pero si pudieses encontrar un poco de brandy, creo que me vendría bien un trago...

Palin se materializó en la estancia. Tenía el semblante ceniciento, el cabello alborotado y la mano con la que asía el ingenio temblaba de tal modo que apenas podía sujetarlo.

—¡Palin! —gritó Jenna al tiempo que se levantaba de la silla, sorprendida y consternada—. ¿Estás herido?

El mago la miró enloquecido, sin reconocerla. Luego se estremeció y soltó un entrecortado suspiro de alivio. Se tambaleó y estuvo a punto de desplomarse. Su mano se quedó fláccida y el ingenio cayó al suelo y rodó en medio del destello de las gemas. Tas corrió en pos del objeto y lo cogió antes de que rodara dentro de la chimenea.

—Palin, ¿qué salió mal? —Jenna se acercó apresuradamente a él—. ¿Qué ha pasado? ¡Tas, ayúdame!

El mago empezó a desplomarse; entre los dos, Tas y Jenna, lo tendieron en el suelo.

—Ve a buscar unas mantas —ordenó la hechicera.

Tasslehoff salió disparado de la cocina y sólo se detuvo un instante para meter el ingenio en uno de sus bolsillos. Regresó al cabo de un momento, cargado con varias mantas y tres almohadas que había cogido en el dormitorio principal.

Palin yacía en el suelo, con los ojos cerrados, demasiado débil para moverse o hablar. Jenna le cogió la muñeca para tomarle el pulso; le latía muy acelerado. Su respiración era rápida y rasposa, y tenía el cuerpo helado. Temblaba de tal modo que le castañeteaban los dientes; la mujer lo abrigó con dos mantas.

—¡Palin! —lo llamó en tono apremiante.

El mago abrió los ojos y la miró fijamente.

—Oscuridad. Todo oscuridad.

—¿A qué te refieres? ¿Qué viste en el pasado?

Él le asió la mano con tanta fuerza que le hizo daño; se agarraba como si las aguas rugientes de un río crecido estuviesen a punto de arrastrarlo y ella fuera su única salvación.

—¡No hay pasado! —susurró entre los exangües labios antes de volver a tumbarse, exhausto—. Oscuridad —musitó—. Sólo oscuridad.

Jenna se sentó en los talones y frunció el entrecejo.

—Eso no tiene sentido. Dame el brandy —dijo a Tas.

Acercó el frasco a los labios de Palin, que bebió un poco, y sus mejillas recuperaron algo de color al tiempo que dejaba de tiritar. Jenna echó un trago a su vez y luego le pasó el recipiente al kender. Tas dio un sorbo sólo por hacerles compañía.

—Déjalo en la mesa —ordenó la hechicera.

Tas sacó el frasco de su bolsillo y, tras tomar otro par de tragos, por acompañar sólo, naturalmente, lo dejó donde le habían mandado. Miró a Palin con preocupación y remordimiento.

—¿Qué le pasa? ¿Ha sido culpa mía? En tal caso, no era ésa mi intención.

—¿Culpa tuya? —gritó con voz enronquecida Palin, cuyos ojos se abrieron de golpe. Acto seguido retiró las mantas y se sentó—. ¡Pues claro que es culpa tuya!

—Palin, tranquilízate —instó Jenna, alarmada—. Así sólo conseguirás ponerte enfermo otra vez. Cuéntame lo que viste.

—Te diré lo que vi, Jenna —repuso el mago con voz ahogada—. Nada. ¡Nada!

—No entiendo.

—Tampoco yo. —Palin suspiró e intentó concentrarse, poner en orden las ideas—. Viajé al pasado y, mientras lo hacía, el tiempo se desplegó ante mí como un inmenso pergamino. Vi lo que ocurrió en la Quinta Era. Vi la llegada de los grandes reptiles. Vi la Purga de los Dragones. Vi la construcción de la Ciudadela. Vi cómo se levantaba el escudo sobre Silvanesti. Vi la ceremonia inaugural de la Tumba de los Últimos Héroes. Vi la derrota de Caos, y ahí es donde acaba todo. O comienza.

—¿Que acaba? ¿Que comienza? —repitió Jenna, desconcertada—. Pero eso no es posible, Palin. ¿Y la Cuarta Era? ¿Y la Guerra de la Lanza? ¿Y el Cataclismo?

—Desaparecido. Todo ello. Me encontraba en medio del éter, presenciando la batalla con Caos, pero cuando intenté ver más atrás, cuando miré al pasado, sólo vi oscuridad. Di un paso y... —Se estremeció—. Caí en la negrura, en un vacío donde no brilla ni ha brillado jamás una luz, en una oscuridad que es eterna, infinita. Tuve la sensación de que caía a través de siglos y siglos y que seguiría cayendo hasta que me llegase la muerte, y que después mi cadáver continuaría cayendo...

—Si eso es cierto, ¿qué significa? —se preguntó la hechicera.

—Yo te diré lo que significa —barbotó el mago, furioso, mientras apuntaba al hombrecillo—. Tas tiene la culpa. El responsable de todo lo que ha ocurrido es él.

—¿Por qué? ¿Qué tiene que ver el kender con eso?

—¡Que no está muerto! —siseó el mago entre los dientes apretados—. ¡Cambió el tiempo al no morir! El futuro que vio era el que ocurrió porque murió y, con su muerte, pudimos derrotar a Caos. ¡Pero sigue vivo! No vencimos a Caos. ¡El Padre de Todo y de Nada hizo desaparecer a sus hijos, los dioses, y estos últimos treinta y ocho años de muerte y tumultos han sido el resultado!

Jenna miró a Tas. Palin también lo miraba, esta vez como si le hubiesen crecido cinco cabezas, alas y cola.

—Tomémonos todos otro trago de brandy —sugirió el kender, que siguió su propio consejo—. Sólo para sentirnos mejor. Para despejarnos la cabeza —agregó en tono harto significativo.

—Quizá tengas razón, Palin —manifestó pensativamente la hechicera.

—¡Sé que la tengo!

—Y todos sabemos que dos aciertos no equivalen a un error. ¿O es al contrario? —comentó Tas con sentido práctico—. En fin, ¿alguien quiere un poco de gachas de avena?

—¿Qué otra explicación podría haber? —continuó Palin sin hacer caso de la interrupción del kender.

—No estoy seguro —dijo Tas mientras retrocedía unos pasos hacia la puerta de la cocina—, pero si me das unos segundos apuesto que se me ocurren varias.

El mago acabó de retirar las mantas y se puso de pie.

—Tenemos que mandarlo de vuelta al pasado para que muera —propuso.

—Palin, no estoy segura... —empezó Jenna, pero él no la escuchaba.

—¿Y el ingenio? —demandó, frenético—. ¿Dónde está?

—Aunque es cierto que prometí a Fizban regresar a tiempo para que el pie del gigante me aplastara, cuanto más lo pienso menos me gusta, ya que, si bien es verdad que el hecho de que te espachurre un gigante podría resultar muy interesante, sólo lo sería durante unos pocos segundos como mucho, y después, como has dicho, estaría muerto. —Tas chocó contra la puerta—. Y pese a que nunca he estado muerto —continuó—, he visto morir a gente antes y he de decir que parece lo menos interesante que puede ocurrirle a una persona.

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