Los Caballeros de Neraka
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: La Guerra de los Espiritus #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los Caballeros de Neraka». Краткое содержание книги:
Аннотация
Han transcurrido casi cuarenta años desde la devastadora Guerra de Caos, cuando los dioses abandonaron Krynn. Dragones crueles y poderosos se han repartido el dominio del continente de Ansalon y exigen tributo a los pueblos que han esclavizado.Sin embargo, para bien o para mal, un cambio se avecina en el mundo. Una violenta tormenta mágica azota Ansalon y ocasiona inundaciones, incendios, muerte y destrucción. En medio del caos desatado surge una joven misteriosa cuyo destino está estrechamente vinculado al de Krynn, ya que sólo ella conoce la verdad sobre el futuro. Un futuro que está relacionado de manera inextricable con un misterio aterrador del pasado de Krynn.
—¿Dónde está el ingenio? —demandó Palin.
—Rodó entre las cenizas de la chimenea. —Tas señaló el hogar y echó otro trago de brandy.
—Miraré yo —se ofreció Jenna, que cogió el atizador y empezó a remover las cenizas.
—¡Tenemos que encontrarlo! —declaró Palin mientras echaba un vistazo por encima del hombro.
Tasslehoff metió la mano en el bolsillo, asió el ingenio para viajar en el tiempo y comenzó a girar y a desplazar las piezas al tiempo que recitaba el verso entre dientes:
—«Tu tiempo es el tuyo propio, pero a través de él viajas...»
—¿Seguro que se metió aquí, Tas? —inquirió la hechicera—. Sólo veo cenizas...
Tas recitó más deprisa mientras sus ágiles dedos trabajaban con presteza.
—«Gira y gira en un movimiento continuo. Que no se obstruya su flujo» —susurró.
Ahora llegaba la parte peliaguda. Palin levantó bruscamente la cabeza, giró sobre sus talones y se lanzó de un salto sobre el kender.
Tas sacó el ingenio del bolsillo y lo sostuvo en alto.
—«¡El destino de ti depende!» —gritó, y le complació comprender, mientras el tiempo enrollaba la cocina, el frasco de brandy y a él mismo, que la frase que acababa de pronunciar tenía mucha miga, ya que entre los de su raza venía a significar «allá te las compongas».
—Esa pequeña rata —rezongó Jenna, con la vista prendida en el espacio vacío donde el kender se encontraba un momento antes—. Así que tenía el ingenio desde el primer momento.
—¡Oh, dioses! —exclamó Palin—. ¿Qué he hecho?
—Pegarle un susto de muerte, si no me equivoco —dijo Jenna—. Todo un logro, habida cuenta de que es un kender. Y no lo culpo —añadió mientras se frotaba enérgicamente las manos manchadas de hollín en una toalla—. Si me hubieses gritado así, también yo habría huido.
—No soy un monstruo —protestó, exasperado, el mago—. ¡Estoy asustado, y no me importa admitirlo! —Se llevó la mano al corazón—. Es un miedo que se agazapa aquí, peor que cualquier cosa que haya sentido jamás, incluso durante los infaustos días de mi cautividad. ¡Algo extraño y terrible le ha pasado al mundo, Jenna, y no entiendo qué! —Apretó los puños—. El kender es la causa. ¡De eso estoy seguro!
—Si tal cosa es cierta, más vale que lo encontremos —propuso la hechicera con sentido práctico—. ¿Dónde crees que habrá ido? ¿Al pasado?
—Si ha vuelto, nunca lo localizaremos. Sin embargo, dudo que sea ése el caso —respondió Palin, pensativo—. No regresaría al pasado porque, si lo hiciera, acabaría exactamente como no quiere estar: muerto. Creo que sigue en el presente. ¿Dónde se dirigiría?
—Junto a alguien que lo protegiera de ti —manifestó Jenna sin andarse por las ramas.
—Goldmoon —sugirió Palin—. Tas dijo que le gustaría verla sólo unos minutos antes de desaparecer. O Laurana. Pero ya ha estado con ella y, conociendo a Tas, buscará una nueva aventura. Iré a la Ciudadela de la Luz. De todos modos me gustaría comentar con Goldmoon lo que he visto.
—Te prestaré uno de mis anillos mágicos para acelerar tu viaje hasta allí —ofreció Jenna mientras se sacaba la joya del dedo—. Entretanto, enviaré un mensaje a Laurana advirtiéndole que esté pendiente y si el kender aparece en su puerta que le eche el guante.
—Adviértele también que tenga cuidado con lo que dice y lo que hace —instruyó con gesto preocupado mientras cogía el anillo—. Creo que podría haber un traidor en su cuerpo de servicio. O es eso o los Caballeros de Neraka han encontrado un modo de espiarla. ¿Te importaría...? —Vaciló y tragó saliva antes de seguir—. ¿Me harías el favor de pasarte por la posada para decirle a Usha que...? Bueno, que...
—Le diré que no eres un monstruo —concluyó la frase Jenna, y le palmeó el brazo mientras le sonreía. Lo observó intensamente, con el entrecejo fruncido en un gesto de ansiedad—. ¿Seguro que te encuentras en condiciones para hacer esto?
—No sufrí heridas, sólo una gran conmoción. Admito que no se me ha pasado del todo, pero me siento lo bastante bien para emprender el viaje. —Contempló con curiosidad el anillo—. ¿Cómo funciona?
—No muy bien actualmente —repuso la hechicera en tono agrio—. Te costará hacer dos o tres saltos para llegar a tu destino. Ponte el anillo en el dedo corazón de la mano izquierda. Ahí será suficiente —añadió al ver que Palin se esforzaba por pasar el aro por la deformada articulación—. Coloca la mano derecha sobre el anillo y evoca la imagen del lugar al que quieres ir. Mantén esa imagen en tu mente, repítela para tus adentros una y otra vez. Ah, por cierto: quiero que ese anillo vuelva a mis manos.
—Por supuesto. —El mago sonrió lánguidamente—. Adiós, Jenna, y gracias por tu ayuda. Te mantendré informada.
Siguiendo las instrucciones de la hechicera, puso la mano derecha sobre el anillo y empezó a evocar la imagen de las cúpulas de cristal de la Ciudadela de la Luz.
—Palin —dijo Jenna de repente—, no he sido completamente sincera contigo. Puede que tenga una idea de dónde encontrar a Dalamar.
—Estupendo. Mi padre tenía razón. Lo necesitamos.
23
El laberinto de setos
El gnomo se había extraviado en el laberinto de setos, algo habitual ya que se perdía frecuentemente en él. De hecho, cada vez que alguien de la Ciudadela de la Luz quería algo del gnomo (cosa que ocurría de manera excepcional) y preguntaba dónde se encontraba, la respuesta era invariablemente: «Perdido en el laberinto de setos».
El gnomo no deambulaba por el laberinto sin ton ni son, todo lo contrario. Entraba allí a diario con un propósito específico, una misión: hacer un mapa del laberinto. El gnomo, que pertenecía al gremio de rompecabezas-adivinanzas-enigmas-jeroglíficos-logogrifos-monogramas-anagramas-acrósticos-crucigramas-dédalos-laberintos-paradojas-lógica-femenina-y-políticos, también conocido como P3 para abreviar, tenía la convicción de que si podía trazar el mapa del laberinto de setos hallaría en ese mapa la clave de los grandes misterios de la vida, entre los que se encontraban: ¿Por qué cuando lavas dos calcetines acabas sólo con uno? ¿Existe vida después de la muerte? ¿Dónde fue a parar el otro calcetín? El gnomo tenía la certeza de que si hallaba la respuesta a la segunda pregunta también daría con la respuesta a la tercera.
Los místicos de la Ciudadela intentaron en vano explicarle que el laberinto de setos era mágico. Quienes entraban en él agobiados por las preocupaciones o la tristeza encontraban alivio a sus males. A los que entraban buscando soledad y paz, nadie los molestaba por muchas personas que hubiese paseando entre los fragantes setos. Los que entraban buscando una solución a un problema descubrían que sus ideas se centraban progresivamente y sus mentes se aclaraban. Y quienes se adentraban en su místico viaje para subir la Escalera de Plata que se alzaba en el centro del laberinto se daban cuenta de que no caminaban a través de un laberinto de macizos de arbustos, sino a través del dédalo de sus propios corazones.
Aquellos que se aventuraban en el laberinto con el firme propósito de trazar un mapa, de intentar definirlo en forma de un número equis de hileras, giros a derecha e izquierda, longitudes y latitudes, grados y ángulos, radios y circunferencias, descubrían que allí las matemáticas no tenían aplicación. El laberinto se desplazaba bajo el compás, se deslizaba por debajo de la regla, desafiaba todo cálculo.
El gnomo, cuyo nombre (en la versión corta) era Acertijo, se negaba a oírlos. Entraba en el laberinto a diario, convencido de que aquél sería el día en que resolvería el misterio, en que cumpliría su Misión en la Vida y realizaría el mapa definitivo del laberinto de setos, mapa del que después haría copias para venderlas a grupos de excursionistas.