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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Espero que cenes conmigo más tarde, Monaelle, pero ahora tendrás que excusarme —dijo Elayne. Ni que tuviera obligación con su matrona ni que no, no esperó respuesta de la mujer. Tratar de apagar el fuego podría bastar para que no se prendieran los graneros. Quizá—. Caseille, informa a Birgitte y dile que quiero que envíe una orden a las puertas de inmediato por si ven a Merilille. Lo sé, lo sé, quizás ha salido ya de la ciudad, y de todos modos los guardias no cerrarían el paso a una Aes Sedai, pero tal vez sí puedan retrasarla o asustar a su compañera para que vuelva a la ciudad a esconderse. Sumeko, ¿quieres pedir a Reanne que asigne a todas las Allegadas que no pueden Viajar para que busquen por la ciudad? Es una esperanza remota, pero Merilille podría haber pensado que era muy tarde ya para emprender viaje. Que comprueben en todas las posadas, incluida El Cisne de Plata, y…

Esperaba que Rand hubiese hecho algo maravilloso ese día, pero no podía perder tiempo ahora ni siquiera para pensar en eso. Tenía que ganarse un trono y vérselas con unas Atha’an Miere furiosas antes de que descargaran su ira en ella, esperaba. En resumen, el día estaba transcurriendo como cualquier otro desde que había regresado a Caemlyn, lo que significaba que tenía trabajo a manos llenas.

15

Oscuridad creciente

El sol de la tarde era una bola de color sangre sobre los tejados y arrojaba una luz refulgente sobre el campamento, un conjunto espaciado de estacadas de caballos, carretas con cubiertas de lona, carros de ruedas altas y tiendas de todos los tamaños y clases, con la nieve entremedias pisoteada hasta volverse fangosa. No era el momento del día ni la clase de lugar que Elenia habría elegido para ir a caballo. El olor de carne cocinándose en las grandes ollas de hierro negro bastaba para revolverle el estómago. La gélida temperatura le helaba el aliento y prometía la llegada de una noche cruda, y el aire penetraba su mejor capa roja sin que importara el grueso forro de piel blanca. Se suponía que la piel del zorro de las nieves era más cálida que otras, pero a ella nunca se lo parecía.

Manteniendo la capa cerrada con la mano enguantada, avanzó despacio mientras ponía todo su empeño —aunque sin demasiado éxito— en no tiritar. Dada la hora, lo más lógico sería que pasara la noche allí, pero aún no sabía dónde iba a dormir. Sin duda en la tienda de algún noble menor, con el lord o la lady desalojado para encontrar refugio en otra parte e intentando poner buena cara a pesar de todo, pero a Arymilla le gustaba tenerla en vilo hasta el último momento, con lo de las camas y con todo lo demás. No bien acababa de disiparse una incertidumbre cuando otra la reemplazaba. Obviamente la mujer pensaba que la duda constante la haría sentir desasosiego, quizás hasta ansiedad por complacerla. Nada más lejos de la realidad, pero tampoco era el único error de cálculo de Arymilla, empezando con el de creer que a Elenia Sarand le habían cortado las garras.

Sólo tenía cuatro hombres como escolta con los dos Jabalíes Dorados en las capas —y por supuesto a su doncella, Janny, arrebujada en la capa hasta dar la sensación de ser un bulto de paño verde encaramado a la silla—, y no había visto en el campamento a un solo individuo más del que supiera a ciencia cierta que albergaba una pizca de lealtad a Sarand. Aquí y allí, alguno de los grupos de hombres apiñados alrededor de las fogatas, con sus lavanderas y costureras, exhibían el Zorro Rojo de la casa Anshar, y una doble columna de jinetes con el Martillo Alado de los Baryn se cruzó con ella en dirección opuesta, a paso lento, los rostros endurecidos tras las barras de las viseras de los yelmos. Contaban poco, a la larga. Karind y Lir habían salido muy chamuscados por ser lentos cuando Morgase tomó el trono. Esta vez llevarían a Anshar y Baryn dondequiera que hubiera ventaja en el instante en que lo vieran con claridad, abandonando a Arymilla con tanta rapidez como habían corrido a unirse a ella. Cuando llegara el momento.

La mayoría de los hombres que caminaban por la embarrada nieve o se asomaban con esperanza a aquellas asquerosas ollas eran reclutas, granjeros y pueblerinos reunidos por sus señores cuando se pusieron en marcha, y unos pocos llevaban cualquier tipo de insignia de casa en sus deshilachadas chaquetas y capas remendadas. Prácticamente resultaba imposible distinguir supuestos soldados de herreros, flecheros y otros por el estilo, ya que casi todos llevaban al cinto una espada de cualquier clase o un hacha. Luz, un buen número de mujeres llevaban cuchillos tan largos que merecían llamarse espadas cortas, pero no había forma de distinguir a la esposa de un granjero reclutado de una conductora de carretas: vestían el mismo tipo de ropas de paño basto, tenían las mismas manos toscas y los mismos semblantes de cansancio. En cualquier caso, no importaba. Este asedio en invierno era un terrible error —los mesnaderos empezarían a pasar hambre mucho antes de que la sintieran en la ciudad—, pero le daba a ella una oportunidad, y cuando se presentaba una brecha, se atacaba. Elenia mantenía la capucha retirada lo suficiente para que se le vieran las facciones claramente, a pesar del cortante viento, e inclinaba gentilmente la cabeza a cualquier sucio patán que mirase en su dirección y pasaba por alto los sorprendidos respingos que daban algunos ante su condescendencia.

La mayoría recordaría su afabilidad, recordaría los Jabalíes Dorados que lucía su escolta y sabría que Elenia Sarand había reparado en ellos. Sobre esos cimientos se levantaba el poder. Una Cabeza Insigne, al igual que una reina, se encontraba en lo alto de una torre conformada por gente. Cierto, los de abajo eran ladrillos de la arcilla más inferior, pero si aquellos ladrillos corrientes se rompían, la torre caía. Eso era algo que Arymilla parecía haber olvidado, si es que lo había sabido alguna vez. Elenia dudaba que Arymilla hablara con alguien que estuviera por debajo de un mayordomo o un sirviente personal. De haber sido… prudente, ella misma habría intercambiado unas palabras en cada hoguera, quizás habría asido una mano mugrienta de vez en cuando, recordándole a la gente que se habían visto antes o al menos fingiendo lo bastante para que pareciera así. Pura y simplemente, Arymilla carecía de inteligencia para ser reina.

El campamento cubría más terreno que muchas ciudades; más que un campamento era una agrupación de un centenar de ellos de distintos tamaños, así que era libre de deambular sin preocuparse demasiado por desviarse cerca de los límites exteriores, pero de todos modos llevaba cuidado. Los centinelas se mostrarían corteses, a menos que fueran completamente idiotas, pero sin duda tendrían sus órdenes. Por principio, aprobaba que la gente hiciera lo que se le ordenaba, pero sería mejor evitar cualquier incidente embarazoso. Sobre todo dadas las probables consecuencias si Arymilla creía que había intentado fugarse. Ya se había visto obligada a soportar una gélida noche durmiendo en la asquerosa tienda de un soldado, un refugio que no merecía tal nombre, plagado de bichos y con agujeros mal remendados, por no mencionar la falta de Janny para ayudarla con el vestido y añadir un poco de calor bajo la penosa imitación de mantas, y eso había sido sólo por un supuesto desaire. Vale, había sido un desaire de verdad, pero dudaba que Arymilla fuera lo bastante lista para pillarlo. Luz, pensar que tenía que llevar cuidado con esa… ¡esa boba con cerebro de mosquito! Se ajustó más la capa en un intento de fingir que el escalofrío se debía a una reacción al helado viento. Había cosas mejores en las que pensar. Cosas más importantes. Hizo un gesto con la cabeza a un joven que llevaba un pañuelo oscuro envuelto en la cabeza; el chico abrió mucho los ojos y reculó como si lo hubiese mirado de mala manera. ¡Estúpido palurdo!

Era irritante pensar que, a sólo unos kilómetros, esa mocosa, Elayne, estaría sentada cómoda y caliente en el Palacio Real, atendida por docenas de sirvientes bien entrenados y seguramente sin más que un par de pensamientos en la cabeza que no llegarían más allá de qué ponerse esa noche para la cena que prepararían las cocineras de palacio. Corría el rumor de que estaba preñada, posiblemente de alguno de los guardias. Quizás era así. Elayne nunca había tenido más sentido de la decencia que su madre. Dyelin era el cerebro allí, una mente aguda y peligrosa pese a su patética falta de ambición, quizás aconsejada por una Aes Sedai. Al menos tenía que haber una verdadera Aes Sedai entre todos esos absurdos rumores.

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