La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
—¿Habrán hecho las paces? —murmura el cura, a su lado—. ¿Un armisticio, tal vez? La idea de una reconciliación le resulta extravagante, pero es verdad que algo extraño sucede allá abajo: no hay pelea. Y, sin embargo, soldados y yagunzos están cerca, cada momento más cerca. Los ojos miopes, ávidos, alucinados, saltan entre los grupos de yagunzos, esa indescriptible humanidad de atuendos estrafalarios, armada de escopetas, de carabinas, de palos, de machetes, de rastrillos, de ballestas, de piedras, con trapos en las cabezas, que parece encarnar el desorden, la confusión, como aquellos a quienes persiguen, o, más bien, escoltan, acompañan.
—¿Se habrán rendido los soldados? —dice el Padre Joaquim—. ¿Los llevarán prisioneros?
Los grandes grupos de yagunzos van por las faldas de los cerros, a uno y otro lado de la corriente ebria y dislocada de soldados, acercándoseles y constriñéndolos cada vez más. Pero no hay tiros. No, por lo menos, lo que había ayer en Canudos, esas ráfagas y explosiones, aunque a sus oídos llegan a veces tiros aislados. Y ecos de insultos e injurias: ¿qué otra cosa pueden ser esas hilachas de voces? A la retaguardia de la desastrada Columna el periodista miope reconoce de pronto al Capitán Salomáo da Rocha. El grupito de soldados que va a la cola, distanciado de los demás, con cuatro cañones tirados por mulas a las que azotan sin misericordia, queda completamente aislado cuando un grupo de yagunzos de los flancos echa a correr y se interpone entre ellos y el resto de los soldados. Los cañones ya no se mueven y el periodista miope está seguro que ese oficial —tiene un sable y una pistola, va de uno a otro de los soldados aplastados contra los mulares y cañones, dándoles sin duda órdenes, aliento, a medida que los yagunzos se cierran sobre ellos — es Salomáo da Rocha. Recuerda sus bigotitos recortados —sus compañeros le decían el Figurín — y su manía de hablar siempre de los adelantos anunciados en el catálogo de los Comblain, de la precisión de los Krupp y de esos cañones a los que puso nombre y apellido. Al ver pequeños brotes de humo comprende que se están disparando, a bocajarro, sólo que él, ellos, no oyen los disparos porque el viento corre en otra dirección. «Todo este tiempo han estado disparándose, matándose, insultándose, sin que nosotros oyéramos», piensa y deja de pensar, pues el grupo de soldados y cañones es bruscamente sumergido por los yagunzos que lo cercaban. Parpadeando, pestañeando, abriendo la boca el periodista miope ve que el oficial del sable resiste unos segundos la andanada de palos, picas, azadas, hoces,
machetes, bayonetas o lo que sean esos objetos oscuros, antes de desaparecer igual que los soldados, bajo la masa de asaltantes que ahora da saltos y sin duda gritos que no llega a oír. Oye, en cambio, relinchar a las mulas a las que tampoco ve. Se da cuenta que se ha quedado solo en ese parapeto desde el que ha visto la captura de la artillería del Séptimo Regimiento y la segura muerte de los soldados y el oficial que la servían. El párroco de Cumbe trota pendiente abajo, a veinte o treinta metros, seguido por la mujer y el Enano, derecho hacia los yagunzos. Todo su ser duda. Pero el miedo a quedarse solo allí es peor y se pone de pie y echa a correr también, pendiente abajo. Tropieza, resbala, cae, se levanta, hace equilibrio. Muchos yagunzos los han visto, hay caras que se ladean, levantan, hacia la pendiente por donde él baja, con una sensación de ridículo por su torpeza para pisar y mantenerse derecho. El cura de Cumbe, ahora diez metros delante, dice algo, grita y hace señas, gestos a los yagunzos. ¿Lo está denunciando, delatando? ¿Para congraciarse con ellos les dirá que es soldado, hará que…? y vuelve a rodar, aparatosamente. Da volteretas, gira como un tonel, sin sentir dolor, vergüenza, únicamente pensando en sus anteojos que de milagro siguen firmes en sus orejas cuando por fin se detiene y trata de incorporarse. Pero está tan magullado, aturdido y aterrado que no consigue hacerlo hasta que unos brazos lo levantan en peso. «Gracias», murmura y ve al Padre Joaquim palmeado, abrazado, besado en la mano por yagunzos que sonríen y muestran sorpresa, excitación. «Lo conocen —piensa—, si él se los pide no me matarán.»
—Yo mismo, yo mismo, Joáo, en cuerpo y alma —dice el Padre Joaquim a un hombre alto, fuerte, de piel curtida, embarrado, en medio de un corro de gente con sartas de balas en el cuello—, ningún espíritu, no me mataron, me escapé. Quiero volver a Cumbe, Joáo Abade, salir de aquí, ayúdame…
—Imposible, Padre, es peligroso, ¿no ve que hay tiros por todas partes? —dice el hombre—. Vaya a Belo Monte, hasta que la guerra pase.
«¿Joáo Abade?», piensa el periodista miope. «¿Joáo Abade también en Canudos?» Oye descargas de fusilería, súbitas, fuertes, ubicuas, y se le hiela la sangre: «¿Quién es el cabra cuatro ojos?», oye decir a Joáo Abade, señalándolo. «Ah, sí, un periodista, me ayudó a escapar, no es soldado. Y esa mujer y ese…», pero no puede concluir la frase por el tiroteo. «Regrese a Belo Monte, Padre, allá está despejado», dice Joáo Abade a la vez que corre pendiente abajo, seguido por los yagunzos que lo rodeaban. Desde el suelo, el periodista miope divisa de pronto, a lo lejos, al Coronel Tamarindo cogiéndose la cabeza en medio de una estampida de soldados. Hay un desorden y confusión totales; la Columna parece diseminada, pulverizada. Los soldados corren, desalados, despavoridos, perseguidos y, desde el suelo, la boca llena de tierra, el periodista miope ve la mancha de gente que se va esparciendo, repartiendo, mezclando, figuras que caen, que forcejean, y sus ojos vuelven una y otra vez al lugar donde ha caído el viejo Tamarindo. Unos yagunzos están inclinados, ¿rematándolo? Pero se demoran demasiado, acuclillados ahí, y los ojos del periodista miope, ardiendo de tanto forzarse, advierten al fin que lo están desnudando.
Siente un sabor acre, un comienzo de atoro y se da cuenta que, como autómata, está masticando la tierra que le entró a la boca al tirarse al suelo. Escupe, sin dejar de mirar, en el gigantesco terral que se ha levantado, la desbandada de los soldados. Corren en todas direcciones, algunos disparando, otros arrojando al suelo, al aire, armas, cajas, camillas, y aunque están ya lejos alcanza a ver que van también, en su carrera frenética, aturdida, arrojando los quepis, las polacas, los correajes, las cartucheras. ¿Por qué se desnudan ellos también, qué locura es esta que está viendo? Intuye que se despojan de todo lo que pueda identificarlos como soldados, que quieren hacerse pasar por yagunzos en el desbarajuste. El Padre Joaquim se pone de pie y, como hace un momento, vuelve a correr. Esta vez de manera extraña, moviendo la cabeza, las manos, hablando y gritando a fugitivos y perseguidores. «Está yendo a meterse en medio de las balas, donde se están acuchillando, destrozando», piensa. Sus ojos encuentran los de la mujer, que lo mira asustada, pidiéndole consejo. Y entonces él, siguiendo un impulso, también se pone de pie, gritándole: «Hay que estar con él, es el único que puede salvarnos». Ella se incorpora y echa a correr, arrastrando al Enano que, desorbitado, con la cara llena de tierra, chilla mientras corre. El periodista miope deja de verlos pronto, pues sus largas