Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 174
Перейти на страницу:

Cuando, removida por el Enano, oyó que éste le pedía disculpas por despertarla, le costó moverse. Los huesos le dolían y tuvo que frotarse el cuello. Era ya tarde, por las sombras en sesgo y lo amortiguada que caía la luz. Ese ruido atronador no era del sueño. «¿Qué pasa?», preguntó, sintiendo la lengua reseca e hinchada. «Se acercan, ¿no los oyes?», murmuró el Enano, señalando la pendiente. «Hay que ir a ver», dijo Jurema. El Enano se le prendió, tratando de atajarla, pero cuando ella salió del foso, la siguió gateando. Bajó hasta las rocas y zarzas donde había visto a Pejeú y se acuclilló. Pese a la polvareda, divisó en las faldas de los cerros del frente un hervidero de hormigas oscuras, y pensó que más soldados bajaban hacia el río, pero pronto comprendió que no bajaban sino subían, que huían de Canudos. Sí, no había duda, salían del río, corrían, trataban de ganar las cumbres y vio, en la otra margen, a grupos de hombres que disparaban y correteaban a soldados aislados que surgían de entre las casuchas, tratando de ganar la orilla. Sí, los soldados se estaban escapando y eran los yagunzos quienes ahora los perseguían. «Vienen para acá», gimoteó el Enano y a ella se le heló el cuerpo al advertir que, por observar los cerros del frente, no se había dado cuenta que la guerra tenía lugar también a sus pies, a ambas orillas del Vassa Barris. De ahí venía el bullicio con el que creyó soñar.

Medio borrados por el terral y el humo que deformaba cuerpos, rostros, vislumbró, en una confusión de vértigo, caballos tumbados y varados en las orillas del río, algunos agonizando, pues movían sus largos pescuezos como pidiendo ayuda para salir de esa agua fangosa donde iban a morir ahogados o desangrados. Un caballo sin jinete, de sólo tres patas, brincaba enloquecido queriendo morderse la cola, entre soldados que vadeaban el río con los fusiles sobre las cabezas, y otros aparecían corriendo, gritando, de entre las paredes de Canudos. Irrumpían de a dos y de a tres, a la carrera, a veces de espaldas como alacranes, y se tiraban al agua con la intención de ganar la pendiente donde estaban ella y el Enano. Les disparaban de alguna parte porque algunos caían rugiendo, aullando, y había uniformados que comenzaban a trepar las rocas.

—Nos van a matar, Jurema —lloriqueó el Enano.

Sí, pensó ella, nos van a matar. Se puso de pie, cogió al Enano, y gritó: «Corre, corre». Se lanzó cuesta arriba, por la parte más tupida de la caatinga. Muy pronto se fatigó pero encontró ánimos para seguir en el recuerdo del soldado que había caído sobre ella en la mañana. Cuando ya no pudo correr, siguió andando. Pensaba, compadecida, en lo extenuado que debía estar el Enano, con sus piernas cortitas, a quien, sin embargo, no había sentido quejarse y que había corrido prendido con firmeza de su mano. Cuando se detuvieron, oscurecía. Se hallaban en la otra vertiente, el terreno era plano a ratos y la vegetación se había enredado. El ruido de la guerra se oía lejos. Se dejó caer en el suelo y a ciegas cogió yerbas y se las llevó a la boca y las masticó, despacio, hasta sentir su juguito ácido en el paladar. Escupió, cogió otro puñado y así fue burlando la sed. El Enano, un bulto inmóvil, hacía lo mismo. «Hemos corrido horas», le dijo, pero no oyó su voz y pensó que seguramente él tampoco tenía fuerzas para hablarle. Lo tocó en el brazo y él le apretó la mano, con gratitud. Así estuvieron, respirando, masticando y escupiendo briznas, hasta que entre el ramaje raleado de la favela se encendieron las estrellas. Viéndolas, Jurema se acordó de Rufino, de Gall. A lo largo del día los habrían picoteado los urubús, las hormigas y las lagartijas y ya habrían comenzado a pudrirse. Nunca más vería esos restos que, a lo mejor, estaban ahí a pocos metros, abrazados. Las lágrimas le mojaron la cara. En eso oyó voces, muy cerca, y buscó y encontró la mano aterrada del

Enano, contra el que una de las dos siluetas acababa de chocar. El Enano chilló como si lo hubieran acuchillado.

—No disparen, no nos maten —ululó una voz muy próxima—. Soy el Padre Joaquim, soy el párroco de Cumbe. ¡Somos gente de paz!

—Nosotros somos una mujer y un enano. Padre —dijo Jurema, sin moverse—. También somos gente de paz. Esta vez sí le salió la voz.

Al estallar el primer cañonazo de esa noche, la reacción de Antonio Vilanova, pasado el atolondramiento, fue proteger al santo con su cuerpo. Igual cosa hicieron Joáo Abade y Joáo Grande, el Beatito y Joaquim Macambira y su hermano Honorio, de modo que se encontró cogido con ellos de los brazos, rodeando al Consejero, y calculando la trayectoria de la granada, que debía haber caído por San Cipriano, la callejuela de los curanderos, brujos, yerbateros y ahumadores de Belo Monte. ¿Cuál o cuáles de esas cabañas de viejas que curaban el mal de ojo con bebedizos de jurema y manacá, o de esos hueseros que componían el cuerpo a jalones, habían volado por los aires? El Consejero los sacó de la parálisis: «Vamos al Templo». Mientras, tomados de los brazos, se internaban por Campo Grande en dirección a las iglesias, Joáo Abade comenzó a gritar que apagaran la lumbre de las casas, pues mecheros y fogatas era señuelos para el enemigo. Sus órdenes eran repetidas, extendidas y obedecidas: a medida que dejaban atrás los callejones y barracas del Espíritu Santo, de San Agustín, del Santo Cristo, de los Papas y de María Magdalena, que se ramificaban a las márgenes de Campo Grande, las viviendas desaparecían en las sombras. Frente a la pendiente de los Mártires, Antonio Vilanova oyó a Joáo Grande decir al Comandante de la Calle: «Anda a dirigir la guerra, nosotros lo llevaremos sano y salvo». Pero el ex–cangaceiro estaba aún con ellos cuando estalló el segundo cañonazo que los hizo soltarse y ver tablas y cascotes, tejas y restos de animales o personas suspendidos en el aire, en medio de la llamarada que iluminó Canudos. Las granadas parecían haber estallado en Santa Inés, donde los campesinos que trabajaban las huertas de frutales, o en esa aglomeración continua en la que coincidían tantos cafusos, mulatos y negros que llamaban el Mocambo. El Consejero se separó del grupo en la puerta del Templo del Buen Jesús, al que entró seguido por una multitud. En las tinieblas, Antonio Vilanova sintió que el descampado se atestaba con la gente que había seguido la procesión y que ya no cabía en las iglesias. «¿Tengo miedo?», pensó, sorprendido de su inanición, ese deseo de acuclillarse allí con los hombres y mujeres que lo rodeaban. No, no era miedo. En sus años de comerciante, cruzando los sertones con mercaderías y dinero, había corrido muchos riesgos sin asustarse. Y aquí, en Canudos, como le recordaba el Consejero, había aprendido a sumar, a encontrar sentido a las cosas, una razón última para todo lo que hacía y eso lo había liberado de ese temor que, antes, en ciertas noches de desvelo, llenaba su espalda de sudor helado. No era miedo sino tristeza. Una mano recia lo sacudió: —¿No oyes, Antonio Vilanova? —oyó que le decía Joáo Abade—. ¿No ves que están aquí? ¿No hemos estado preparándonos para recibirlos? ¿Qué esperas? —Perdóname —murmuró pasándose la mano por el cráneo semipelado—. Estoy aturdido. Sí, sí, voy.

—Hay que sacar a la gente de aquí —dijo el ex–cangaceiro, remeciéndolo—. Si no, morirán despedazados.

—Voy, voy, no te preocupes, todo funcionará —dijo Antonio—. No fallaré. Llamó a gritos a su hermano, tropezando entre la muchedumbre, y al poco rato lo sintió: «Aquí estoy, compadre». Pero, mientras él y Honorio se ponían en acción, exhortando a la gente a ir a los refugios cavados en las casas y llamaban a los aguateros para que recogieran las parihuelas y desandaban Campo Grande rumbo al almacén, Antonio seguía luchando contra una tristeza que le laceraba el alma. Había ya muchos aguateros, esperándolo. Les repartió las camillas de pitas y cortezas y envió a unos en dirección de las explosiones y ordenó a otros que aguardaran. Su mujer y su cuñada habían partido a las Casas de Salud y los hijos de Honorio se hallaban en la trinchera de Umburanas. Abrió el depósito que había sido antaño caballeriza y era ahora la armería de Canudos y

1 ... 96 97 98 99 100 101 102 103 104 ... 174
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)