La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
—La única explicación es que a la banda de Sebastianistas se hayan sumado miles de campesinos, incluso de otras regiones —dijo el Barón—. Movidos por la ignorancia, por la superstición, por el hambre. Porque ya no existen los frenos que mitigaban la locura, como antes. Esto significa la guerra, el Ejército del Brasil instalándose aquí, la ruina de Bahía. —Cogió a Epaminondas Gonce del brazo—. Por eso debe reemplazarme. En esta situación, se necesita a alguien de sus condiciones para unificar a los elementos valiosos y defender los intereses bahianos, en medio del cataclismo. En el resto del Brasil hay resentimiento contra Bahía, por lo de Moreira César. Dicen que las turbas que asaltaron los diarios monárquicos en Río gritaban «¡Muera Bahía!». Hizo una larga pausa, removiendo su copa de cognac con apresuramiento. —Muchos se han arruinado ya, allá en el interior —dijo—. Yo he perdido dos haciendas. Esta guerra civil va a hundir y matar a muchísima gente. Si nosotros seguimos destruyéndonos, ¿cuál será el resultado? Lo perderemos todo. Aumentará el éxodo hacia
el Sur y hacia el Marañón. ¿En qué quedará convertida Bahía? Hay que hacer las paces, Epaminondas. Olvídese de las estridencias jacobinas, deje de atacar a los pobres portugueses, de pedir la nacionalización de los comercios y sea práctico. El jacobinismo murió con Moreira César. Asuma la Gobernación y defendamos juntos, en esta hecatombe, el orden civil. Evitemos que la República se convierta aquí, como en tantos países latinoamericanos, en un grotesco aquelarre donde todo es caos, cuartelazo, corrupción, demagogia…
Permanecieron en silencio un buen rato, con las copas en las manos, pensando o escuchando. A veces, en el interior de la casa se oían pasos, voces. Un reloj dio nueve campanadas.
—Le agradezco que me invitara —dijo Epaminondas, levantándose—. Todo lo que ha dicho me lo llevo en la cabeza, para darle vueltas. No puedo contestarle ahora. —Desde luego que no —dijo el Barón, poniéndose también de pie—. Reflexione y conversaremos. Me gustaría verlo antes de mi partida, claro está. —Tendrá mi respuesta pasado mañana —dijo Epaminondas, caminando hacia la puerta. Cuando cruzaban los salones, apareció el criado negro con el candil. El Barón acompañó a Epaminondas hasta la calle. En la reja, le preguntó: —¿Ha tenido noticias de su periodista, el que acompañaba a Moreira César? —¿El excéntrico? —dijo Epaminondas—. No ha aparecido. Lo matarían, supongo. Como sabe, no era un hombre de acción. Se despidieron con una venia.
CUATRO I
Cuando un sirviente le informó quién lo buscaba, el Barón de Cañabrava, en vez de mandarle decir, como a todos los que se acercaban al solar, que él no hacía ni aceptaba visitas, se echó escaleras abajo, cruzó las amplias estancias que el sol de la mañana iluminaba y fue hasta la puerta de calle a ver si no había oído maclass="underline" era el mismísimo él. Le dio la mano, sin decir palabra, y lo hizo entrar. La memoria le devolvió, a quemarropa, aquello que hacía meses trataba de olvidar: el incendio de Calumbí, Canudos, la crisis de Estela, su retiro de la vida pública.
Callado, sobreponiéndose a la sorpresa de la visita y a la resurrección de ese pasado, guió al recién venido hasta el cuarto en el que celebraba todas las entrevistas importantes: el escritorio. Pese a ser temprano, hacía calor. A lo lejos, por sobre los crotos y el ramaje de los mangos, los ficus, las guayabas y las pitangas de la huerta, el sol blanqueaba el mar como una lámina de acero. El Barón corrió la cortina y la habitación quedó en sombra.
—Sabía que le sorprendería mi visita —dijo el visitante y el Barón reconoció la vocecita de cómico que habla en falsete—. Me enteré que había vuelto usted de Europa y tuve… este impulso. Se lo digo sin rodeos. He venido a pedirle trabajo. —Tome asiento —dijo el Barón.
Lo había oído como en sueños, sin prestar atención a sus palabras, ocupado en examinar su físico y en confrontarlo con el de la última vez, el espantapájaros que aquella mañana vio partir de Calumbí junto con el Coronel Moreira César y su pequeña escolta. «Es y no es él», pensó. Porque el periodista que había trabajado para el Diario de Bahía y luego para el Jornal de Noticias era un mozo y este hombre de gruesos anteojos, que al sentarse parecía dividirse en cuatro o seis partes, era un viejo. Su cara hervía de estrías, mechones grises salpicaban sus cabellos, su cuerpo daba una impresión quebradiza. Vestía una camisa desabotonada, un chaleco sin mangas, con lamparones de vejez o de grasa, un pantalón deshilachado en la basta y zapatos de vaquero. —Ahora recuerdo —dijo el Barón—. Alguien me escribió que estaba usted vivo. Lo supe en Europa. «Apareció un fantasma.» Me escribieron eso. Pese a ello, lo seguía creyendo desaparecido, muerto.
—No morí ni desaparecí —dijo, sin rastro de humor, la vocecita nasal—. Luego de oír diez veces en el día lo que usted ha dicho, me di cuenta que la gente estaba defraudada de que siguiera en este mundo.
—Si quiere que le sea franco, me importa un bledo que esté vivo o muerto —se oyó decir, sobreponiéndose de su crudeza—. Tal vez preferiría que esté muerto. Odio todo lo que me recuerda a Canudos.
—Supe lo de su esposa —dijo el periodista miope y el Barón adivinó la impertinencia inevitable—. Que perdió la razón, que es una gran desgracia en su vida. Lo miró de tal manera que lo hizo callar, asustarse. Carraspeó, parpadeó y se sacó los anteojos para desempañarlos con el filo de su camisa. El Barón se alegró de haber
reprimido el impulso de echarlo.
—Ahora vuelve todo —dijo, con amabilidad—. Fue una carta de Epaminondas Gonce, hará un par de meses. Por él me enteré que había vuelto a Salvador. —¿Se cartea con ese miserable? —vibró la vocecita nasal—. Es cierto, ahora son aliados.
—¿Habla así del Gobernador de Bahía? —sonrió el Barón—. ¿No quiso reponerlo en el Jornal de Noticias?
—Me ofreció aumentarme el sueldo, más bien —replicó el periodista miope—. Pero a condición de que me olvidara de la historia de Canudos.
Se rió, con una risa de pájaro exótico, y el Barón vio que su risa se transformaba en una racha de estornudos que lo hacían rebotar en el asiento.
—O sea que Canudos hizo de usted un periodista íntegro —dijo, burlándose—. O sea que cambió. Porque mi aliado Epaminondas es como fue siempre, él no ha cambiado un ápice.
Esperó que el periodista se sonara la nariz con un trapo azul que sacó a jalones del bolsillo.
—En esa carta, Epaminondas decía que apareció usted junto con un personaje extraño. ¿Un enano o algo así?
—Es mi amigo —asintió el periodista miope—. Tengo una deuda con él. Me salvó la vida. ¿Quiere saber cómo? Hablando de Carlomagno, de los Doce Pares de Francia, de la Reina Magalona. Cantando la Terrible y Ejemplar Historia de Roberto el Diablo. Hablaba con premura, frotándose las manos, torciéndose en el asiento. El Barón recordó al profesor Thales de Azevedo, un académico amigo que lo visitó en Calumbí, años atrás: se quedaba horas fascinado oyendo a los troveros de las ferias, se hacía dictar las letras que oía cantar y contar y aseguraba que eran romances medievales, traídos por los primeros portugueses y conservados por la tradición sertanera. Advirtió la expresión de angustia de su visitante.
—Todavía se puede salvar —lo oyó decir, implorar con sus ojos ambiguos—. Está tuberculoso, pero la operación es posible. El Doctor Magalháes, el del Hospital Portugués, ha salvado a muchos. Quiero hacer eso por él. También para eso necesito trabajo. Pero, sobre todo… para comer.